Un amor secreto (Las Hermanas del Conde 2) Capítulo veinte #2
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Capítulo veinte #2

—Sí, me gustaba. Pero en Primrose Hill recibí la clara impresión de que su corazón estaba comprometido en otra parte. No encontré el menor aliento en mis intentos de atraerlo a la conversación. Me dolió —admitió—, pero no soy de las que persiguen una causa perdida.

Sophia entrelazó los dedos, tratando de encontrar las palabras perfectas.

—Siento que te haya herido y que no haya correspondido a tu inclinación.

Ante esto, su amiga se volvió en el asiento y la miró con escepticismo.

—¿De veras lo sientes? ¿De verdad? Porque a mí me parece que tú sientes por el señor Harwood una inclinación muy decidida y que te pondrías tristísima si él no la correspondiera. Por fortuna para los dos, parece que sí lo hace.

Por sorprendente que resultara oírlo, las palabras de su amiga fueron como la apertura de una compuerta, y la esperanza se precipitó dentro de ella. Sophia tragó saliva. Era hora de que saliera la verdad.

—Siento por él una inclinación muy decidida desde hace ya varios años.

Cuatro, para ser exacta —se atrevió a alzar los ojos y sostener la mirada de Marie—.

Me rescató hace cuatro años, en el salón de la mansión Chawleig.

Robert me dijo algo… —apretó los labios y meneó la cabeza—.

Algo que no merece repetirse, y yo me sentí morir de vergüenza.

El señor Harwood vino y desvió de mí la atención de todos.

No sé cómo lo hizo, pero logró defenderme, llamar grosero a Robert y no erizarle el orgullo al hacerlo —frunció el ceño, desconcertada, y repitió—. No sé cómo lo hizo.

La boca de Marie se abrió con indignación.

—Lady Sophia Rowlandson. ¡Todo este tiempo te ha gustado y no me has dicho ni una palabra!

¡Ni siquiera cuando dije que era apuesto y que esperaba que volviera sus ojos hacia mí!

—apoyó la mano en el brazo de Sophia, obligándola a mirarla de frente—.

Tienes que contarme estas cosas. Creo ser tu amiga más íntima.

Me atrevo a esperar que así sea después de tantos años, y sé que tú eres la mía.

No espero conocer todo lo que hay en tu corazón, porque nunca has sido de hablar antes de estar preparada.

¿Pero algo tan grande como esto? Debí haberlo sabido.

Me habría hecho a un lado desde el principio —frunció el ceño—. Eso es lo que hacen las amigas.

Sophia sabía que Marie tenía razón, y de pronto su negativa a revelar algo tan importante le pareció vergonzosa. Se cubrió el rostro con las manos y se inclinó hacia adelante.

—Lo sé, debí habértelo dicho, y aun así no pude obligarme a hacerlo. Estaba segura de que le gustarías más tú que yo.

—Eso es absurdo —protestó Marie—. ¿Cómo puedes pensar semejante cosa?

Sophia levantó la cabeza para mirarla.

—Las únicas cualidades que tengo a mi favor son mi rostro y mi rango. Algunos podrían considerar que esas son las mayores credenciales, pero un hombre lo bastante digno como para atraer mi inclinación no lo haría. Esperaría algo mucho más profundo.

Marie no parecía en absoluto convencida.

—Pero sí tienes algo mucho más profundo. No eres simplemente la suma de tu rostro más tu rango. Tu corazón es digno y noble; ya es hora de que empieces a valorarte con justicia.

Aquellas palabras conmovieron a Sophia, pero no lograron convencerla.

—Él es miembro del Parlamento y necesitará una mujer capaz de organizar reuniones sociales, de hablar con la gente. Esa no soy yo.

—No todo miembro del Parlamento necesita una esposa así —replicó Marie—. Y no estoy del todo segura de que seas tan incapaz de organizar actos o de hablar con la gente como tú misma te crees. Date la oportunidad de que esas habilidades sean cultivadas. Entonces verás de lo que eres capaz.

Cayó un silencio entre ambas, y Sophia la miró con aire compungido.

—Siento no habértelo dicho.

Marie soltó una especie de resoplido. Después de un instante, rodeó a Sophia con un brazo y la estrechó en un abrazo.

—Está bien.

Luego soltó una risa repentina.

—Y quizá no todo haya sido en vano, porque, al haber sido desdeñada por el señor Harwood, me he visto obligada a tratar al señor Edwards —sus ojos brillaron cuando Sophia se volvió a mirarla—. Y no lo estoy encontrando tan poco interesante como antes.

***

Marie no permaneció mucho más tiempo en Grosvenor Square, y Sophia la despidió para luego refugiarse en su habitación.

Permaneció junto a la ventana, contemplando las casas de enfrente, en Brook Street, profundamente absorta en todo lo que su amiga le había revelado.

Marie había sospechado su secreto, y le había dicho al señor Harwood quién era ella.

Las implicaciones eran asombrosas. Significaba que, cuando él le había dicho aquellas cosas bajo la magia de aquella noche, sabía… sabía que era ella.

La mujer que amo es fuerte y capaz de alzar la voz para defender a los débiles.

…es pura de corazón.

Es la mujer a quien estoy destinado a amar.

Y luego…

La mujer que amo ha herido mi corazón y me ha dejado incapaz de pertenecer a ninguna otra.

Hasta entonces, no se había permitido detenerse en aquellas palabras porque se había convencido de que habían sido dichas para alguien más.

Pero ahora sabía que él se las había dicho a ella.

¿Qué significaba aquello? ¿Volvería todo a ser como antes?

Él nunca le había hablado directamente de cortejo.

¿Qué haría ahora? Anhelaba palabras directas.

¡Ah, si tan solo viniera a sacarme de esta incertidumbre y a disipar toda duda!

Fue hasta su escritorio y sacó su libro de recuerdos.

Se sentó, pasó a una página nueva y cogió un lápiz.

Iba a dibujar una hilera de farolillos chinos, pero en vez de ello dibujó una chalupa arrimada a una orilla.

En el prado cercano, un picnic descansaba sobre una manta.

Cuando quedó satisfecha con aquello, pasó la página y dibujó los farolillos, luego dos antifaces.

Añadió una luna, estrellas y una flecha en pleno vuelo.

Un nervioso y feliz aleteo se había levantado dentro de ella.

Jamás había sentido algo semejante y casi no podía creer que fuera real.

Le resultaba casi imposible estarse quieta.

Ojalá viniera a visitarme . O podría ir a Hyde Park con la esperanza de verlo allí.

Pero ¿y si él venía a verla y ella se perdía su visita?

Gimiendo apenas, dejó caer la cabeza sobre los brazos.

No saberlo era tan torturante como lo había sido la situación de Diana y Endimión.