Capítulo diecinueve #2
—La mujer que amo es fuerte y capaz de alzar la voz para defender a los débiles. Apacigua las disputas de los orgullosos.
Vio duda en su expresión. No creía que él estuviera hablando de ella; él apretó su mano cuando volvieron a reunirse.
—Es graciosa y elegante, y ninguna otra mortal puede compararse a ella en belleza.
Todavía había incertidumbre en sus ojos cuando la música los reunió para el acorde final. Él se quedó tan cerca como se atrevió, lo bastante cerca como para atraerla hacia un abrazo, aunque se abstuvo. Sostuvo sus ojos durante un largo instante, y cuando habló, su voz se había vuelto ronca.
—La mujer que amo ha herido mi corazón y me ha dejado incapaz de pertenecer a ninguna otra.
El baile había terminado, y las parejas hicieron sus reverencias. Felix se inclinó profundamente, y al erguirse vio que ella había permanecido inmóvil. Respiró hondo, con cierto temblor.
Había sido audaz. Ella podía elegir fingir que él había hablado únicamente dentro de su personaje, si no correspondía a su sentimiento.
O… podía revelar que lo había comprendido y permitirle hablar con toda seriedad.
Le bastó mirarla una vez para temer que no estuviera preparada.
Para ahorrarle la incomodidad de decidir, le ofreció el brazo y la condujo fuera de la rotonda, mientras la gente invadía la pista para una contradanza.
No deseaba poner fin a aquel tiempo juntos, pero sí quería evitar la tentación muy real de invitarla a sentarse en un banco de algún callejón oscuro, donde tal vez la besaría.
La atracción era intensa, particularmente después de las palabras que había derramado a su oído.
Vio a Grantly conducir a la señorita Edwards hacia la rotonda y temió que Robert se dirigiera hacia donde ellos estaban.
No quería que él estropeara lo que para Felix era un momento de perfección.
—¿Quiere que la lleve junto a sus amigos?
Lady Sophia seguía callada; quizá ella también estaba intentando discernir si soñaban o estaban despiertos. Inspiró hondo y negó con la cabeza.
—No, no será necesario.
Él sabía que debía devolverla al lado de su familia, pero cualquier resistencia que su conciencia hubiera podido ofrecer ya había desaparecido, y abandonó todo intento de hacerlo.
—Temía monopolizar las horas de la dama más hermosa del baile, pero en conciencia no puedo soltaros sin protección en medio de esta multitud. Parece que mi sueño va a prolongarse un poco más —le sonrió, sintiendo la verdad de sus propias palabras.
Aparecieron hoyuelos en sus mejillas, y la forma en que ella se inclinó hacia él le dio esperanzas de que sintiera, cuando menos, algo de lo que él sentía.
Un fuerte estampido los hizo sobresaltarse a ambos, y él miró alrededor antes de reconocer el olor a pólvora, seguido de otro estallido.
Un destello y un chisporroteo en el aire los obligaron a alzar la vista, donde el cielo se llenó de luces brillantes como una explosión de estrellas que se desvanecía luego en la oscuridad.
—Oh —dijo ella, con los labios entreabiertos de asombro.
—Fuegos artificiales. ¿Es la primera vez que los ve? —preguntó él, inclinándose para que pudiera oírlo y percibiendo el aroma de bergamota en su cabello.
Ella asintió, y otro estallido sonó, seguido de otro destello de luz. Él sintió que se estremecía y cogió su mano para colocarla sobre su brazo y sostenerla. Contempló su rostro mientras los tonos blancos y dorados de su antifaz y el polvo de su cabello resplandecían bajo la luz.
—Es una vista preciosa —dijo, mirándola a ella.
Ella se volvió, y sus rostros quedaron cerca, lo bastante cerca para besarse.
Después de un breve instante cargado de tensión, ella retiró suavemente la mano de su brazo y alzó de nuevo la vista.
Él anheló recuperar aquel momento, pero sabía que eso sería tentar demasiado a la suerte.
Había sido injusto decir tanto bajo el personaje de otro hombre y no bajo el propio.
Ella necesitaba saber que era él, Felix Harwood, quien le decía aquellas palabras de amor a ella, Sophia Rowlandson, y que las decía con toda seriedad.
En cuanto las luces de otra explosión de estrellas se apagaron, él se volvió hacia ella, aceptando la distancia añadida y recuperando su tono ligero.
—Pronto llegará el desenmascaramiento. ¿Me será permitido ver su verdadero rostro, Diana?
La expresión de ella era una mezcla de pánico, atrevimiento y ese tono juguetón que había asumido dentro de su personaje.
—Tal vez —sus labios se curvaron hacia arriba—. Si no está dormido.
Él le devolvió la sonrisa, pero su atención se vio desviada por el almirante, que conducía a su esposa hacia la rotonda, y dio un paso atrás para dejarle paso.
Al verlo, el almirante se volvió con una radiante sonrisa.
—¡Vaya, si no es nuestro querido Endimión! ¿No hice bien en conservar todos estos trajes? Ciertamente han venido de maravilla.
La respuesta de la señora Mowbray quedó ahogada por otro estallido, seguido de un fogonazo de luz.
Él se volvió para ver si el almirante había reconocido a su compañera de baile, pero se encontró con un espacio vacío.
Miró a su alrededor, y no había rastro de ella. Era como si se hubiera desvanecido.
—Oh —murmuró para sí, decepcionado—. Al parecer, después de todo sí estaba soñando.
—¡Felix!
Robert avanzó hacia él con paso resuelto, el desagrado claramente pintado en el rostro.
—¿Adónde fue lady Sophia? La vi contigo hace un momento.
Felix se volvió para encararlo, irritado por la manera posesiva en que Robert hablaba de ella.
—No lo sé. No me informó de sus movimientos.
—Pero sí sabías que la figura de Diana era ella.
¿Cómo? No guarda ningún parecido con el aspecto que suele tener.
Yo no lo habría sabido de no haberlo mencionado la señorita Edwards —sus manos enguantadas estaban cerradas en puños, y un músculo palpitaba en su mandíbula, revelando cuán apretada la tenía.
De pronto, Felix se vio asaltado por la duda. ¿ Tenía Robert motivos para mostrarse celoso?
—¿Tienes un entendimiento con lady Sophia? —preguntó, cuidando que su voz permaneciera bajo control.
Robert apartó la vista, frunciendo el ceño.
—No es un entendimiento en el sentido clásico, pues aún no se ha acordado nada entre su hombre de negocios y el mío. Pero desde hace mucho tiempo se ha dado por supuesto que habríamos de ser emparejados.
—¿Por quién? —preguntó Felix. Cuando Robert no respondió de inmediato, insistió—. ¿Acepta lady Sophia ese entendimiento?
Una pareja risueña, disfrazada él de sátiro y ella de cortesana llena de cintas, tropezó por detrás con Robert antes de entrar en la rotonda. Él se volvió y les lanzó una mirada sombría.
—Mi asunto con Sophia no es cosa tuya. Ya te lo he dicho antes, pero más vale que la dejes en paz. Hay miles de otras mujeres en tu esfera entre las que puedes escoger. No pongas tus ojos en ella.
—No voy a arrebatarle a lady Sophia el derecho de elegir a su propio esposo —replicó él con aspereza.
Felix apenas podía contener su furia. Aunque en otro tiempo quizá habría dado la razón a Robert -consciente de lo que su propio padre no dejaba de recordarle acerca de todo lo que debían a lord Chawleigh-, la continua insinuación de que él pertenecía a una esfera inferior empezaba a irritarlo profundamente.
No era como si fuese un trabajador cualquiera.
Era un caballero, ayudante subalterno en el Almirantazgo y miembro del Parlamento.
Había concertado una cita para comprar una casa en una zona de Londres nada desdeñable.
Y, además, estaba luchando por la reforma, por que se reconociera a las personas por su mérito y no por su nacimiento; ¿acaso no se aplicaba eso también a él?
Otro cohete de fuegos artificiales estalló, como si compartiera su estado de ánimo, y Felix aprovechó la distracción para darse la vuelta. No iba a prolongar la disputa con Robert. Pero tampoco iba a dejar de cortejar a lady Sophia.