Un amor secreto (Las Hermanas del Conde 2) Capítulo dieciocho #2
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Capítulo dieciocho #2

Marie apareció por el sendero ante ella acompañada por una mujer más baja, con un sencillo dominó, en quien reconoció a la señorita Edwards, y supuso que la pareja de mayor edad que iba con ellas sería el almirante y su esposa.

Inmediatamente advirtió a un caballero de la estatura del señor Harwood siguiéndolos de cerca, con una capa roja brillante y un casco con penacho sobre el dominó.

Estuvo segura de que debía de ser él. Al pasar junto a su palco se volvió, pero apartó la mirada con la misma rapidez, lo que demostraba que su disfraz era eficaz.

A menos que fuese él quien no quisiera ser reconocido… o no deseara estar con ella aquella noche con Marie presente. No como en el picnic. Aquel pensamiento la abatió.

Marie se volvió y distinguió a su grupo. Dijo algo a su padre y dejó que los demás siguieran adelante antes de correr hasta el palco de Miles y ponerse de puntillas donde Sophia se mantenía oculta.

—Estás deslumbrante, Diana —le guiñó un ojo—. Este traje parece hecho para ti.

El elogio de su amiga le dio calor al corazón.

—Y tú también. Debo agradecer a tus padres que nos hayan prestado atuendos tan elaborados.

—Encontrémonos en la rotonda cuando empiece el baile. El señor Edwards ha venido, pero aún no he visto al señor Harwood.

—Muy bien —dijo Sophia, apretándole la mano y sintiéndose más ligera.

Así que había sido el señor Edwards quien la había mirado y luego había apartado la vista, y no el señor Harwood. Aquello fue seguido de inmediato por el sobrio recordatorio de que Marie había comentado la ausencia del señor Harwood, lo que significaba que lo estaba esperando.

Su palco estaba junto al de lady Berkley, y desde allí tenían a la duquesa de Wexcombe a la vista.

Sophia supuso que Miles lo había dispuesto de ese modo para que su madre se sintiera tranquila.

Lady Berkley invitó a lady Poole a sentarse con su grupo hasta que sirvieran la cena, y Camilla se volvió hacia Dorothea.

—No te importará si Sophia y yo vamos a ver la rotonda. Solo queremos mirar un poco lo que hay allí. Te prometo que no nos internaremos por ningún callejón oscuro —esto último fue dicho con un humor seco y tranquilo.

Dorothea le sonrió.

—Sé que no lo haréis —luego se volvió hacia Evo—. Esta es también tu ocasión de salir a pasear, si vas con ellas. Yo no pienso moverme, y dudo mucho que vayamos a perderte de vista esta noche.

—Qué velada tan tediosa va a ser esta —replicó él—. Si me hubieran dicho que tendría que ir detrás de mis hermanas toda la noche, quizá me lo habría pensado dos veces antes de venir.

Miles sacó una baraja.

—Por eso he encargado abundante comida y he traído cartas, para que no te aburras, si es que tal cosa es posible. Lord Pembroke también vendrá a reunirse con nosotros.

—¿Sí? —Evo pareció más animado ante aquella idea, y hasta Camilla volvió la cabeza un instante antes de enlazar el brazo con el de Sophia.

—Vamos —dijo Camilla—. Solo echaremos un vistazo, porque los criados ya están empezando a traer la comida.

En efecto, algunos ya habían comenzado a depositar platos en los palcos para la cena que bordeaban el sendero.

—De verdad estás perfecta. No habría pensado que te pondrías un traje tan atrevido, pero me siento orgullosa de ti —Camilla, en vez de elegir un peinado complicado, llevaba un dominó rojo para cubrirse el cabello y el antifaz pardo y gris de búho para ocultar el rostro.

—Hay algo liberador en que nadie sepa quién soy —Sophia soltó una risa y se aferró con más fuerza al brazo de Camilla—. He visto a Robert, y me he librado.

No le había contado a Camilla lo de la proposición, y aunque esperaba que él hubiese abandonado definitivamente su persecución, no podía estar segura.

Cuando se acercaban a la rotonda, pasaron junto al palco del almirante, donde Marie y la señorita Edwards permanecían de pie hablando con el señor Edwards.

Mientras miraba, otro caballero de estatura semejante entró en el palco con ellas, llevando un antifaz plateado, una túnica blanca y un chal azul oscuro cruzado sobre el pecho.

Aquellos inconfundibles rizos claros eran los del señor Harwood, y cuando Sophia reparó en el bastón de madera que Evo había llevado al picnic, el corazón le dio un pequeño salto.

Se permitió mirarlo más de lo que quizá habría debido y sonreír en su dirección.

Él se volvió y se quedó inmóvil al verla, y Marie también se giró.

Con un sobresalto culpable, Sophia siguió andando, aunque no antes de advertir que Robert y su padre habían alquilado un palco muy cerca del de Marie.

Se pasó al otro lado de Camilla antes de que él pudiera verla.

—No hay tanto espacio para bailar como yo esperaba —dijo Camilla, mirando la zona circular cercada por barandillas curvas, interrumpidas a intervalos regulares para permitir el acceso—. Será un gentío.

—¿Piensas bailar?

Camilla vaciló un instante antes de negar con la cabeza.

—No voy a ponerme en evidencia. Estoy segura de que no faltarán mujeres hermosas deseosas de tener su oportunidad.

Sophia se volvió a mirar el rostro de su hermana.

—¿Y por qué no tú? Eres hermosa.

Los labios de Camilla se curvaron con ironía.

—Es muy bondadoso por tu parte decirlo, pero sabes perfectamente que soy la menos favorecida de la familia en lo tocante al aspecto.

Sophia la miró confundida.

—¿De dónde has sacado semejante idea?

Pasó un tiempo antes de que Camilla respondiera, y el silencio intermedio se llenó con el bullicio de conversaciones alegres. Ella miraba al frente, observando a un grupo de juerguistas entregados a los movimientos exagerados de un minueto.

—Oh, no lo sé. Tal vez porque papá dijo que yo debía procurar aprender algunas de las artes femeninas, ya que no cabía pensar en mí como en una belleza.

Sophia dejó que aquella revelación se asentara, mientras una oleada de indignación en favor de su hermana se alzaba en su interior. Antes de que pudiera decir que aquello no era cierto, Camilla prosiguió.

—Y mamá siempre me está diciendo que vigile más lo que me llevo a la boca, porque tengo tendencia a redondearme.

Joanna lanza observaciones maliciosas que dejan ver lo que opina de mi figura, e incluso Dorothea no parece verme como alguien que pueda conseguir marido…

rasgo que, al parecer, es el único que determina debidamente el valor de una mujer.

No era poco lo que la obligaba a responder de una vez, pero sí protestó por lo referente a su hermana.

—Dorry ha cambiado. Tienes que ver que ha cambiado. Miles le hace bien. Y el otro día, precisamente, elogió tu figura delante de mí. Dijo que te estás volviendo muy bonita.