Capítulo dieciocho
Marie estaba de pie en medio de su salita, con telas extendidas sobre todos los asientos disponibles.
—He dispuesto las opciones que me parecieron más adecuadas para vuestros disfraces —dijo, señalando los trajes de inspiración griega a juego, adaptados para guardar el decoro—. Mi madre ha reunido uno de cada baile de máscaras al que ella y mi padre han asistido.
Camilla se sintió atraída por un traje lleno de color, pero la vista de un carcaj con flechas colocado sobre uno de los vestidos llamó la atención de Sophia, y se acercó a él.
—Ese es Diana, por supuesto —dijo Marie a Sophia con una sonrisa—. Mi padre desea que lo lleve yo, pero a mí me interesa más ir vestida de Juno.
Sophia alzó el carcaj y sacó una de las flechas. Aunque el carcaj era un adorno y resultaría fácil de llevar, la flecha parecía auténtica. La idea de ir de Diana le atraía. La diosa de la caza era intrépida, algo que Sophia jamás había sido.
—Creo que yo seré Minerva —dijo Camilla, alzando un antifaz decorado como un búho con plumas verdaderas.
—¿Habrá desenmascaramiento al final de la velada? —preguntó Sophia—. ¿Podríamos permanecer anónimas, si así lo deseáramos?
Distraída, Marie dejó caer el vestido que sostenía y volvió la vista hacia una túnica sencilla con alas cosidas.
—O quizá podría ser Psique. Me agradaría desconcertar a Cupido —se volvió hacia Sophia, como si la pregunta acabara de cobrar sentido para ella—.
Habrá desenmascaramiento, pero no hay motivo para que tengas que quitarte la máscara.
Puedes desaparecer sencillamente cuando empiecen los fuegos artificiales.
—Si eso te anima a moverte y hablar con más osadía —añadió Camilla por encima del hombro—, entonces te aconsejo que no reveles tu identidad. Saber que estás de verdad oculta te dará una libertad que no sueles tener.
El comentario de su hermana era perspicaz, pues era precisamente eso lo que Sophia anhelaba. Quizá podría averiguar qué disfraz llevaba el señor Harwood, y se permitiría elogiarlo con atrevimiento. Sería libre de hacerlo si él no la conocía.
En el picnic él le había dado señales de estar interesado…
o al menos eso creía ella. Había dicho que se alegraba de que ella y su hermana se hubieran conocido, dando a entender que aquella presentación tenía algún significado.
Pero quizá no había sido más que cortesía.
Ojalá entendiera mejor al sexo masculino.
—O puedes llevar a un caballero a la desesperación permaneciendo anónima —replicó Marie—.
Tal vez desee saber quién es la misteriosa cazadora que lo ha hechizado y perezca por no averiguarlo —un criado entró en la estancia llevando una bandeja—.
Ya está el té. Tomemos un poco, y luego veremos cómo completar cada uno de los personajes.
Se preparó el té y se sirvió, y cada una cogió un poco de pastel. La mente de Sophia seguía girando en torno a la idea de permanecer oculta, lo que tendría además la ventaja de asegurar que Robert, que con toda probabilidad asistiría al baile de máscaras, no la encontrase.
—Supongo que si llevase también un dominó, eso mantendría oculto mi cabello —dijo.
—Sí, pero ocultaría un traje elaborado con esmero —Marie miró hacia el vestido de la cazadora—. Entonces, ¿piensas ir de Diana?
Sophia hizo una pausa antes de responder.
—Tú dijiste que tu padre deseaba que fueras así. ¿No querrías considerarlo?
Marie negó con la cabeza.
—Si lo llevas tú -y creo que deberías hacerlo-, me parece que deberías pedir a tu doncella que te peine a la antigua usanza, como lo hacían nuestras madres. Podría darle altura y añadir polvos, rizos, incluso hojas. Estarás encantadora.
—El antifaz a juego baja lo suficiente y solo dejará ver tus labios —añadió Camilla—. Apenas creo que nadie vaya a reconocerte. Y luego podrás decidir si deseas revelarte al final de la velada. Yo, en cambio, ya he decidido quedarme hasta el desenmascaramiento.
Sophia reflexionó sobre ello y volvió a mirar el traje. Era el único que realmente la había atraído y, aunque la idea de llevarlo le parecía atrevida, el impulso era fuerte.
—Iré de Diana, entonces, y aunque no sé si participaré o no en el desenmascaramiento, haré lo que dices y me peinaré en vez de cubrirme el cabello.
***
El carruaje con escudo dejó a la familia del conde en Whitehall, donde una multitud se había reunido para tomar los botes de remos que los cruzarían.
Dorothea y su esposo se reunieron pronto con ellos allí, y Miles llamó a dos barqueros para que los llevaran al otro lado.
Cuando Sophia puso el pie en la embarcación, acudieron a su memoria los recuerdos de su picnic con el señor Harwood.
Sus pensamientos se volvían inestables siempre que pensaba en él.
En un instante estaba segura de que él sostenía un cortejo sutil y sentía todos los deliciosos estremecimientos del corazón que lo acompañaban.
Al siguiente, estaba convencida de que debía de estar destinado a Marie.
Cuanto más tiempo pasaba lejos de él, más se persuadía de que no podía estar considerando seriamente la idea de cortejarla.
Incluso si estuviera interesado en ella -y ¿por qué habría de estarlo, siendo ella tan deficiente en tantos aspectos?
-, no daría un paso tan perjudicial para su porvenir político como el de pedir su mano.
La luz del día aún se mantenía cuando entraron en Vauxhall Gardens, pero en el interior, farolillos de papel salpicaban el sendero que llevaba al centro, donde una gran explanada albergaba mesas y sillas para la cena pública.
Todavía era lo bastante temprano como para admirar con facilidad las decoraciones, incluida la elaborada escena griega pintada en la rotonda destinada al baile.
Una emoción muda, hecha de noche, disfraz y anonimato, parecía impregnar el aire.
Miles caminaba delante con aplomo, vestido con un sencillo dominó y un antifaz de media cara, y Dorothea lucía un antifaz y una corona de espigas trenzadas como Ceres, aunque por lo demás llevaba un vestido sencillo.
“Ha sido un arreglo bastante poco esmerado”, había dicho entre risas.
Sophia era quien se había vestido con mayor magnificencia, para asombro de todos. Era enteramente influencia de Marie, pero se alegraba de haberlo hecho. Sentía que había asumido el carácter de fuerza y altivez en cuanto se puso el traje.
Tras decirle a su doncella que no deseaba ser reconocida, Margery le había cardado y empolvado el cabello en un peinado elaborado, con rizos y hojas.
Su antifaz era de plata, y había permitido que le pintaran los labios de un rojo oscuro.
Cuando se miró al espejo al final, soltó un jadeo.
Nadie la tomaría por lady Sophia Rowlandson.
Ahora, mientras caminaban hacia su palco para la cena, hombres y mujeres se volvían para mirarla, y solo el hecho de saber que iba disfrazada le permitía sostener aquel escrutinio sin temor.
—El palco que he reservado está aquí, esperándonos —Miles los condujo por la parte de atrás, donde en la puerta se veía un letrero con el nombre: “Señor Miles Shaw”.
—¡Qué celebridad! —declaró Evo—. Joanna y Tilly, vosotras deberíais sentaros a los lados, puesto que sois las menos metidas en vuestro personaje.
Joanna le lanzó una mirada hosca, pero Tilly obedeció sin protestar.
No fue hasta que hubieron entrado cuando Sophia comprendió lo visibles que resultaban dentro del palco iluminado.
Era como estar expuestos en un escaparate.
Una de las sillas del frente quedaba medio oculta tras una columna, y ella se deslizó hasta ella.
No importaba que estuviera resuelta a mostrarse valerosa; de nada serviría si todos los asistentes la veían con su familia y la reconocían.
Lady Poole se había recobrado por completo del mal que la había tenido en cama varias semanas y parecía animada, dispuesta a disfrutar de la velada.
—Debéis permanecer en las avenidas centrales, las que están bien iluminadas —luego señaló uno de los callejones más estrechos y sombríos—. Evitad esos a toda costa, porque aquí hay compañía mezclada, y no todo el mundo alberga buenas intenciones.
—No tenemos la menor inclinación a apartarnos de las zonas bien iluminadas —aseguró Sophia a su madre.
Evo había acudido vestido de senador romano, y sus ojos se movían con viveza mientras observaba a su alrededor.
Miles apoyó una mano sobre su hombro y le dijo unas palabras, lo que tranquilizó a Sophia.
El esposo de Dorothea sabría mantenerlo a raya aquella noche.
Seguían entrando más invitados en los jardines, mientras los farolillos, meciéndose suavemente con la brisa, brillaban con mayor claridad a medida que caía la noche.
Robert, fácilmente reconocible con una simple máscara, pasó delante de su palco, y Sophia se encogió hacia atrás, fuera de la vista.
La rotonda destinada al baile se veía perfectamente desde su palco.
La orquesta había empezado temprano, y sus notas animadas llenaban el aire.
Aunque el baile no había comenzado oficialmente, algunos invitados se entregaban ya a improvisadas contradanzas.
El olor de la carne asada y del ponche prometía que la cena no tardaría en servirse, y, con las risas y el murmullo de conversaciones llegando desde todas partes, Sophia se sintió envuelta en aquella atmósfera festiva.
Sin embargo, podía comprender por qué convenía ser cautelosa al acudir a Vauxhall. Algunos asistentes habían bebido ya demasiado, y era igualmente evidente que no todos los presentes pertenecían a la alta sociedad.