Capítulo dieciséis #2
Ella dedicó a su hermano una fugaz sonrisa, luego miró a Evo y a las tres hermanas antes de volver la cara, con las mejillas teñidas de rubor.
Sophia comprendía tan bien aquellos movimientos y aquellas reacciones.
Jamás se le había ocurrido que el señor Harwood pudiera tener un familiar tan parecido a ella.
Volvió a posar la mirada en él ahora que él miraba al frente.
—¿Ha vuelto al asilo naval? —preguntó, asombrándose del valor que había tenido para iniciar la conversación.
—No he tenido ocasión, pero haberlo visitado una vez me permite hablar del asunto con más elocuencia.
Formo parte de un comité en el que defendemos que se concedan pensiones a las familias de los soldados caídos —sus ojos se posaron en los de ella durante un largo instante, y Sophia sintió el interés que había en ellos—. ¿Y usted? ¿Ha vuelto?
Antes de que pudiera responder, él se llevó la mano a la frente.
—He olvidado por completo que le prometí preguntar, en su nombre, por las esposas de miembros que pudieran desear hacer una donación… y ayudarla a concertar las visitas.
Sophia no lo había olvidado. Había aceptado noblemente cuando la señorita Edwards se lo pidió, porque le pareció lo correcto, pero aún no había reunido el valor necesario para empezar a visitar a nadie.
—Sí, aún no he cumplido esa promesa.
—No volveré a olvidarlo —prometió él; luego se volvió en su asiento para señalar—. Ese es el prado que tenía pensado para nosotros.
Sophia dirigió la mirada hacia aquella hermosa extensión de hierba.
Había un paseo de piedra en la orilla con un gancho de hierro que facilitaba que la chalupa atracase junto a él.
El césped ascendía suavemente en pendiente, donde podrían instalar el picnic.
Más adelante se extendía un verdadero prado, y si una seguía el curso del río, el sendero desaparecía dentro de una zona boscosa.
Un roble de copa ancha ofrecía sombra en las cercanías, y el lugar estaba desierto de paseantes.
Uno de los barqueros empujó la embarcación hasta la orilla y lanzó la cuerda por encima.
El otro saltó fuera, pero antes de que pudiera asegurarla, Evo aterrizó en el muelle de piedra, dejó caer el gran palo que había llevado consigo y enrolló la cuerda en el anillo de hierro.
—¿Puedo pasarle esto? —el señor Harwood levantó una cesta, que Evo cogió para dejarla a un lado, y repitieron la operación hasta que todas las cestas hubieron sido trasladadas a tierra.
Después el señor Harwood ayudó a Sophia, a sus hermanas y a la señorita Harwood a bajar de la barca.
No soltó a Sophia de su firme mano hasta que ella se hubo afirmado sobre suelo firme y le sonrió en agradecimiento.
Mientras cada cual llevaba algún objeto hasta el lugar sombrío, el señor Harwood habló con los barqueros acerca de la hora del regreso y luego cogió la cesta más grande y siguió sus pasos.
A pesar de algunas raíces salientes bajo el árbol, había espacio suficiente en la zona de sombra para acomodarse sobre la hierba blanda, y tenían una vista perfecta del río.
Una familia de patos pasó nadando frente a ellos, sin que la marcha de una barcaza de pasajeros pareciera alterarlos.
El lugar era idílico, con el sonido del agua lamiendo la orilla y el gorjeo de una lavandera, y Sophia pensó que nunca había sido tan feliz en toda su vida.
Cuando todo estuvo dispuesto, se sentó, y el señor Harwood ocupó de inmediato el sitio a su lado.
Procuró no dar demasiado significado al gesto y se entretuvo en disponer la comida y admirar los emparedados, que la señorita Harwood confesó en voz baja haber preparado.
—Excelente —dijo Evo, cogiendo uno—. Fiat lux.
Cuando Tilly lo miró confundida, él dio un mordisco a su emparedado.
—Es latín y significa “Hágase el almuerzo”.
La señorita Harwood sofocó una risa, y la comisura del labio del señor Harwood se alzó.
—Para cualquier ciudadano romano de la Antigüedad habría significado “Hágase la luz”, pero creo que me gusta más su definición.
Evo le devolvió una sonrisa genuina, y a Sophia le conmovió verlo. Los únicos otros caballeros que parecían haberle agradado eran Miles y su primo, lord Pembroke. La facilidad de Evo con el señor Harwood contrastaba vivamente con su antagonismo hacia el señor Cunningworth.
—¿Quiere un poco de limonada? —preguntó el señor Harwood, y Sophia sonrió y asintió.
Él sirvió un vaso a cada uno, mientras Camilla repartía los platos.
Evo llenó el suyo con rapidez y empezó enseguida a comer, lo que llevó a Camilla a reprenderlo.
— Procura comer como un caballero y no como un chucho.
—Lo haré si me permites usar tu manga —sin alzar la vista de su jamón añadió—. Más parece una servilleta, ese vestido que llevas.
Avergonzada por su comportamiento, Sophia meneó la cabeza hacia él.
—Un caballero no deja de lado sus modales ni siquiera en compañía informal.
—Mis disculpas —murmuró él sin mirar a nadie.
Sophia hizo preguntas a la señorita Harwood acerca de su vida en casa, mientras el señor Harwood examinaba uno a uno los dibujos que ya había en el cuaderno de Tilly. Dos cisnes se deslizaron frente a ellos, y Sophia estaba casi demasiado feliz para comer.
Apenas había probado su limonada, de modo que cuando alzó el vaso para beber se sorprendió al encontrarlo casi vacío. Al mismo tiempo, el señor Harwood levantó el suyo, derramando un poco al llevárselo a los labios. Se apartó con sorpresa.
—No estoy seguro de que este sea mi vaso. Habría jurado que había bebido más del mío.
Evo se sujetaba los costados de la risa.
—Los cambié. Estoy seguro de que no os importará compartir un vaso, puesto que parece que compartís también una inclinación.
Aquella broma grosera fue recibida con un silencio incómodo, y Sophia sintió que el rostro se le ponía rojo como la grana.
—En absoluto —dijo el señor Harwood con suavidad, recuperando la situación. Cogió con delicadeza su vaso de las manos de Sophia y le devolvió el suyo—. Pero no quisiera privar a su hermana del suyo.
Era inevitable que Evo la avergonzara, pero el hecho de que él hubiera pensado que ambos se profesaban alguna preferencia hizo que Sophia se detuviera en ello. ¿De verdad lo creía?
¿Lo cree el señor Harwood?
Si el señor Harwood sintió alguna incomodidad por la burla de Evo, no lo mostró.
Permaneció sereno, incluso devolviéndole la pulla al muchacho antes de volverse para animar a Tilly y a su propia hermana.
Era como si ya formara parte de la familia.
Casi podría decirse que como un hermano, salvo porque los sentimientos que ella albergaba por él no tenían nada de fraternos.