Capítulo quince #3
—Nunca me dijiste que conocías a un conde. Debes de ser verdaderamente importante.
Él sonrió ante su ingenuidad.
—No conozco exactamente a un conde. Aún no he conocido al heredero. Pero prometí a la hermana menor que organizaría un pequeño picnic, porque se sintió decepcionada al quedar excluida de otro más grande. Pensé que podríamos ir a ver si nos reciben para fijar un día.
Su hermana lo miró con los ojos muy abiertos y preocupados, sentimiento que a él no le quedaba demasiado lejos.
Parecía una cosa audaz, de no ser porque creía que la invitación constituía una excusa justificable para hacer la visita.
Cogiendo a su hermana del brazo, fue a pie hasta Grosvenor Square, donde llamó a la puerta principal.
Margaret alzó la vista hacia la fachada y luego lo miró a él en silencio.
La larga hilera de casas impecables frente a una amplia vía de carruajes era más grandiosa que nada a lo que estuvieran acostumbrados.
Un lacayo abrió la puerta, y Felix reunió una confianza que no sentía.
—Buenos días. Si tuviera la bondad de entregar mi tarjeta a lady Sophia, o a cualquiera de las jóvenes damas de la casa, esperaré a saber si se hallan en casa y reciben visitas. He venido con mi hermana, la señorita Harwood.
En ese momento, el mayordomo dio un paso al frente y pareció reconocerlo, pues no mostró señal alguna de sorpresa ante la presunción de una visita sin anunciar. Después de desaparecer con la tarjeta, regresó.
—Lady Sophia os recibirá, si tenéis la bondad de esperar. Regresaré en un momento.
—Gracias.
Felix trató de aquietar los latidos acelerados de su corazón, mientras Margaret contemplaba con abierto asombro el luminoso corredor que se extendía desde el vestíbulo de entrada. Esperaron en silencio, y cuando el mayordomo regresó, los condujo hacia el salón.
—Seguidme, por favor.
Abrió la puerta y anunció:
—El señor Felix Harwood. La señorita Harwood.
Lady Sophia era la única que se hallaba en el salón, y se puso en pie al verlos entrar.
Había señales de turbación visibles en su rostro, pero Felix no creyó que su visita fuera la causa, porque estaba sonriendo.
Mientras avanzaba para saludarla, la puerta privada del salón se abrió, y lady Camilla entró en la estancia.
Él hizo una reverencia primero ante lady Sophia y luego ante su hermana.
—Buenos días. Espero que no hayamos venido en un momento inoportuno. No pretendemos quedarnos mucho. Permitidme presentaros a mi hermana, la señorita Margaret Harwood.
El rostro de lady Sophia se transformó en una sonrisa acogedora y avanzó, tendiendo la mano.
—¿Cómo se encuentra, señorita Harwood? Yo soy lady Sophia, y ella es mi hermana, lady Camilla.
Meg parecía dispuesta a hundirse en el suelo y, ruborizándose vivamente, logró hacer una reverencia.
Felix vio cómo la comprensión afloraba en los rasgos de lady Sophia, como si advirtiera que su hermana era aún más tímida que ella misma.
Sophia estrechó la mano de Meg y luego señaló el sofá.
—¿Queréis sentaros los dos?
—De veras no deseamos robaros vuestro tiempo —aseguró él una vez más—, pero recuerdo mi promesa de organizar un picnic para lady Matilda.
Como mi hermana y yo nos hallábamos cerca, me he tomado la libertad de venir a proponer un día.
También deseaba presentaros a mi hermana, con la esperanza de que pudiera acompañarnos.
Sophia volvió el rostro hacia Meg, sin perder la sonrisa.
—Será muy bienvenida, si así lo desea. Será un placer tenerla con nosotros —volvió entonces los ojos hacia Felix, y su expresión se había serenado, como si lo que momentos antes la había alterado hubiese quedado atrás—. ¿Qué día propone?
Felix no había pensado tan lejos. Pero el deseo de celebrar el picnic cuanto antes lo llevó a decir:
—Pensé que el sábado sería ideal, si os acomoda.
Lady Sophia miró a su hermana antes de responder:
—Creo que puedo hablar por todas al decir que estamos libres.
—Excelente. Propongo contratar a un barquero en Richmond.
Nos llevará a un prado que conozco a orillas del río, y al final del picnic nos llevará de vuelta remando —vaciló—.
Lo único que debemos tener en cuenta es que el trayecto en carruaje hasta Richmond podría durar hasta dos horas, de modo que sería una excursión de día entero.
¿Le parece algo que us… su hermana querría hacer?
Si había albergado algún temor de que aquella circunstancia hiciera el plan poco atractivo, la expresión de ella lo disipó.
—Me parece una manera perfecta de pasar el día. Creo que puedo hablar por Tilly y decir que sí.
Lady Camilla intercambió una mirada con su hermana.
—Mi hermano está en casa por las vacaciones, y estoy segura de que le agradará unirse a nosotros.
—Maravilloso.
Sintió que la sonrisa podía partirle el rostro, y si alguien hubiese querido leer el sentido de sus pensamientos, habría podido hacerlo fácilmente. Cuando se marcharon, sin embargo, Meg tenía en la mente un asunto completamente distinto.
—¡Oh, Felix! Vamos a hacer un picnic con un conde. ¿Cómo encontraré algo que decir?