Un amor secreto (Las Hermanas del Conde 2) Capítulo catorce #2
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Capítulo catorce #2

Antes de la cena, Sophia entró en el comedor y recorrió con la vista la mesa para comprobar que todo estuviera en orden.

Estaba puesta para toda la familia por primera vez desde la temporada pasada.

Las decoraciones de papel de Tilly estaban colocadas delante de cada plato, y había violetas escarchadas en pequeños platillos junto a cada copa, para añadir color y dulzura.

Sus cenas solían ser apagadas sin dos miembros de la familia -tres, si se contaba a su padre-. Pero aquella noche estarían todos allí, incluidos Dorothea y Miles. Alzó la vista cuando se abrió la puerta y entró Tilly con más adornos, esta vez ramitas de romero atadas con cinta.

—Has decorado muy bien la mesa —dijo Sophia—. Las flores escarchadas son exquisitas. Era justo lo que le hacía falta a nuestra cena.

Tilly se iluminó ante el elogio y se volvió justo cuando su madre entraba en la estancia, seguida por Joanna.

—Mamá, deja que te ayude a llegar a tu sitio —dijo Sophia, acercándose para ofrecer su brazo a la condesa.

Había pasado todas las mañanas con su madre durante la convalecencia, leyéndole y velando por ella con ansiedad.

No deseaba perder también a su madre, además de a su padre—. ¿Te encuentras bien esta noche?

—Sí, bastante bien. Un dolor de garganta seguido de una infección en los pulmones necesita tiempo para curarse por completo, pero creo que de veras estoy mejorando —suspiró—. Puedes imaginar cómo me afectó caer enferma de este modo, habiendo sido tu padre arrebatado casi de la misma manera.

Sophia murmuró palabras de ánimo, sin hacer caso del hecho de que él había montado con el ánimo alterado cuando cayó del caballo.

Lady Poole recordaba que él había tenido un resfriado antes de la partida de caza y estaba resuelta a pensar que aquella había sido la causa.

No deseando ver a su madre sumida otra vez en un estado de abatimiento por insistir en ello, Sophia procuró desviar sus pensamientos hacia cosas más alegres, y se sintió aliviada cuando una llamada en la entrada anunció la llegada de Dorothea y Miles.

Antes incluso de que el mayordomo pudiera haberles dado paso, la puerta del comedor se abrió de golpe y entró Evo.

—¿Cómo estás, mamá? —se acercó y le dio un beso en la mejilla con aquel aire despreocupado que nadie parecía capaz de quitarle.

—Evo —lo saludó Lady Poole con ternura—. Estoy bien, ahora que has vuelto a casa.

Sophia se alegró de ver el tono rosado en las mejillas de su madre, que esperaba que fuera señal de salud y de la dicha de tener reunida a su familia. El reencuentro fue feliz para todos. Joanna alargó la mano para probar una de las violetas escarchadas justo cuando volvió a abrirse la puerta.

—Buenas noches. Everard, bienvenido a casa —Dorothea caminó hacia él. Cuando él intentó esquivar su abrazo, ella lo cogió de la oreja y le plantó un beso en la mejilla—. No tan deprisa.

Él se volvió con una exagerada expresión de sorpresa.

—¿Dorry, eres tú? Estás empezando a parecer una barcaza. Creí que solo debía crecerte el vientre, pero diríase que también te están creciendo los labios.

Miles dio un paso al frente y apoyó una mano sobre el hombro de Evo, fijándolo con una mirada acerada.

—Me alegro de verte, Evo. Sé que nos debemos otra sesión en el gimnasio, y no me gustaría estropear por accidente tu apuesto rostro con un golpe directo.

A Evo se le iluminó la cara, encantado con la idea.

—Entonces iremos. ¿Vendrá Rock con nosotros?

—Hasta que seas adulto -y probablemente también después-, es lord Pembroke para ti.

El conde se limitó a sonreír.

—Sentémonos todos —dijo Sophia, señalando la mesa.

Cada uno eligió el asiento que le quedaba más cerca, y Evo, al verse colocado hacia el centro, miró alrededor con el ceño fruncido.

—¿No debería yo, como cabeza de esta familia, sentarme en la cabecera de la mesa?

—Cuando te comportes como la cabeza de la familia, podrás hacerlo —replicó Dorothea, mientras colocaba la servilleta sobre su regazo. Luego le dirigió una mirada afectuosa—. Te he echado de menos, Evo.

—¡Bah! No te pongas sentimental conmigo —miró a Miles—. ¿Es esto lo que les ocurre a las mujeres cuando están encinta? Mis condolencias.

Miles soltó una carcajada.

Cuando los criados trajeron el primer plato, Sophia pensó que era el momento oportuno para sacar a relucir el baile de máscaras.

Había pasado toda la tarde preocupada, pensando que si no acudía al baile, sería otra oportunidad para que Marie y el señor Harwood se trataran con mayor intimidad.

Si eso llegaba a ocurrir, ella no intentaría impedirlo, pero le resultaba difícil resistirse a tratar de dirigir el destino cuando nada estaba aún decidido.

Además, había algo liberador en la idea de un baile de máscaras que le atraía profundamente.

Disfrazada como estaría, no sería reconocida como la hija tímida de lord Poole.

Se podía ser cualquier cosa cuando la identidad de una estaba oculta. Esa idea le dio valor para hablar.

—Mamá, esta tarde Marie nos ha dicho que habrá un baile de máscaras en Vauxhall.

—No creo que un baile de máscaras público sea en absoluto adecuado —dijo Dorothea. Sin embargo, lo dijo con menos firmeza de la que habría mostrado en otro tiempo. Su expresión le dijo a Sophia que no pretendía arruinarle la diversión, sino que se hallaba sinceramente preocupada.

—Marie dijo que la duquesa de Wexcombe ha reservado un palco para la cena —añadió Camilla—. Se está haciendo público para que la alta sociedad sepa que es respetable. Si Su Gracia va, seguramente podríamos reservar un palco e ir también.

Sophia miró en silenciosa súplica primero a su madre y luego a Dorothea, esperando que aprobaran la idea. Se produjo un momento de silencio tras la observación de Camilla, aparte del leve sonido de los cubiertos. Finalmente, lady Poole se dirigió a Miles.

—Si eres capaz de reservarnos el palco para la cena y además venir como nuestro acompañante, creo que podríamos asistir. Si Su Gracia lo considera correcto, no veo por qué no habríamos de disfrutar también nosotras del baile de máscaras.

—Puede darlo por hecho —respondió Miles con facilidad, y luego se volvió hacia Dorothea—. Querida, puedes decidir si quieres venir o no. Tal vez invite a mi primo a unirse a nosotros, por si necesitara regresar temprano —se volvió hacia lady Poole y añadió—. Si eso le parece aceptable.

¡Así pues, estaba decidido! Sophia lanzó a Camilla una rápida sonrisa. Casi no podía creer que hubieran convencido a su madre y a su hermana con tanta facilidad.

—¿Puedo ir yo también? —preguntó Tilly.

Su madre pareció considerar la cuestión, y hasta Joanna se mostró esperanzada, aguardando la respuesta. Aunque ella había dicho que no esperaba con entusiasmo su debut en reuniones sociales, un baile de máscaras al aire libre con fuegos artificiales era asunto muy distinto.

—Creo que podríamos ir todos. Pero, Matilda, no saldrás del palco. Y tú, Joanna, tampoco. Permitiré que Sophia y Camilla bailen, pero todos mis otros hijos deberán permanecer en el palco para la cena que hayamos reservado, salvo cuando vayan acompañados por Miles o por lord Pembroke.

Evo alzó el tenedor, con un bocado de pichón ensartado en él.

—Madre, no me dirás que la cabeza de esta familia ha de quedarse en el palco.

Su madre bebió un sorbo de vino y dejó la copa sobre la mesa.

—Oh, no —una rara expresión traviesa apareció en su rostro al añadir—. Tú también podrás bailar.

Camilla ahogó una carcajada en la servilleta.

—Podéis reíros —dijo él, fulminando a su hermana con la mirada—, pero sabed que sobresalgo en el baile. Es solo que… elijo no hacerlo.

—Estoy segura de ello —lo tranquilizó Sophia.

—¿Qué estás aprendiendo en la escuela? —preguntó Joanna, atrayendo su atención hacia un tema de conversación más digno. Ella toleraba el baile, pero no lo disfrutaba.

—Oh, lo de siempre. Latín, geografía…

—A mí me gustaría aprender geografía. He estado leyendo los diarios de las aventuras del capitán Cook —sus ojos brillaban mientras miraba alrededor, a su familia—.

¿Sabíais que en Nueva Holanda hay una criatura del tamaño de un galgo, del color de un ratón…

y que salta sobre las patas traseras como un conejo?

—Eso no es verdad —dijo Tilly, decidida a no ser crédula.

— Sí que lo es —replicó Evo—. Y tiene una bolsa donde mete a sus crías… aquí . —se señaló la mitad del cuerpo—. Imagina que pudiéramos meterte ahí. Yo lo haría.

Tilly se puso colorada.

—No te atreverías.

—Niños —intervino su madre con suavidad—. No estoy segura de que animales tan extraños sean un tema apropiado para la conversación durante la cena.

—¿Y de qué se supone que hemos de hablar? —protestó Joanna—. Ya me has dicho que no puedo hablar de caballos todo el tiempo. Yo misma quisiera poder ir a una aventura como la del capitán Cook. ¿Por qué a las mujeres no se les permite vivir grandes aventuras?

—Porque las niñas lloran a cada momento.

Ella se volvió hacia Evo, indignada.

—Yo nunca lloro.

Él alzó una ceja con escepticismo y luego miró a su hermana menor.

—O quizá esa sea Tilly.

Dorothea suspiró y lanzó a su madre una mirada afectuosa. En el último año se habían acercado mucho más, especialmente desde que Dorry había quedado encinta.

—Bien, mamá, ¿contenta de tener otra vez a todos tus hijos alrededor de la mesa? —sus labios se curvaron apenas.

La sonrisa de su madre los abarcó a todos.

—¿Cómo no iba a estarlo? —y cuando Dorothea le dirigió una mirada de duda, añadió—. Ya lo verás.