Capítulo trece #3
No aguardó la respuesta de Felix y salió del salón.
Felix permaneció sentado un largo instante.
Se alegraba de no haberse visto obligado a dar una respuesta, pues no sabía qué decir.
La conversación lo había dejado mal, porque arrojaba luz sobre el dilema en que se hallaba.
Su amigo deseaba hacer de lady Sophia su esposa.
Ella no parecía corresponder a su inclinación.
Felix, por su parte, estaba irremediablemente prendado de su dulzura y de su corazón, y probablemente sería el tipo de esposo que ella necesitaba.
Pero dudaba mucho de hallarse en posición de sacar adelante su causa.
No deseaba estar enfrentado con Robert, pero tampoco iba a aceptar sin más sus órdenes ni a ignorar la dirección de su propio corazón.
Aquel momento de soledad se prolongó lo bastante para que su mente regresara a los motivos de su visita.
Y justo cuando pensaba que tendría que ir en busca de lord Chawleigh, el barón entró en la estancia.
—Me informaron de que habías llegado, pero estaba reunido con mi hombre de negocios. Lamento haberte hecho esperar. Creo que Robert ha estado aquí para entretenerte parte de ese tiempo.
—Así ha sido —Felix señaló las dos copas. Si es que aquello puede llamarse entretener —. He recibido su carta, y aquí estoy.
—Bien, bien —el barón se sentó y cruzó una pierna sobre la otra.
Con un repentino deseo de aplazar lo inevitable, Felix tomó las riendas de la conversación.
—Precisamente hoy he recibido una carta de mi padre. Estará en Londres la próxima semana para la legalización del testamento del señor Thurlow y viajará con mi hermana.
—¿De veras? No sabía yo que Thurlow hubiese nombrado a tu padre albacea de su testamento —miró a Felix como si pudiera encontrar en él la respuesta a su perplejidad. Luego relajó su postura—. Tu padre debe venir a visitarnos. Le harás saber que lo invito, ¿verdad?
Felix asintió.
—Lo haré.
Cayó un instante de silencio antes de que lord Chawleigh llegara al punto que deseaba tratar.
—No he vuelto a sacar el asunto sobre el que te escribí respecto al porvenir de Robert. Había esperado que vinieras a verme por tu propia voluntad con buenas noticias. ¿Qué avances has hecho en esta cuestión?
Felix se sintió mal. Debería haber respondido enseguida que aquella petición era imposible de atender, pero le había parecido demasiado difícil hacerlo. Tomó aliento.
—A decir verdad, no he hecho nada, porque no creo que el asunto pueda seguir adelante.
Lord Chawleigh lo miró de una manera extraña. Evidentemente, no se le había ocurrido que pudiera negarse.
—¿Y por qué no, si puede saberse?
—El almirante es partidario de la reforma, como creo que sabe —dijo—.
Utilizó su influencia fuera del Parlamento para asegurarse de que se fundara la Comisión de Investigación Naval.
Difícilmente puede ir ahora contra todo aquello en lo que cree y hacerme el favor de conseguirle a Robert un cargo basado en conexiones en vez de mérito.
—No es un favor —dijo lord Chawleigh cuidadosamente—, sino más bien una obligación, ¿no te parece? Al fin y al cabo, tu familia me debe mucho. Tu padre, su beneficio eclesiástico. Tú, tu comienzo en la vida.
—Y no soy insensible a ello, ni tampoco lo es mi padre. Sin embargo, le ruego que lo deje fuera de este asunto, porque no está en modo alguno relacionado con él —Felix trató de pensar cómo convencer al barón y decidió decir la verdad—. Conozco al almirante, y no irá contra sus principios en esto.
Lord Chawleigh se quedó mirándolo durante un largo momento.
—Entonces acude a otra persona del Almirantazgo.
Felix negó con lentitud.
—De verdad no deseo desobligarlo, pero no conozco a nadie más. No tengo conexiones allí aparte del almirante.
Conocía al señor Edwards, sí, pero no pasaba de ser el secretario privado del almirante y, además, compartía las mismas convicciones reformistas.
Lord Chawleigh juntó las puntas de los dedos y se tomó un instante cargado de peso antes de responder.
—Debo expresar cuán decepcionado estoy con este resultado. Te sugiero que averigües si podría haber algún otro modo de hacer posible ese nombramiento. Esperaré de ti una respuesta más positiva muy pronto.
Y se puso en pie.
Sabiendo que había llegado a un punto muerto, Felix se levantó también.
Tal vez era cobardía, pero ya no le quedaba más resistencia dentro después de su entrevista con Robert.
Había demasiados obstáculos que vencer, y no se sentía capaz de oponerse con la firmeza que debía.
Se limitó a asentir, hizo una reverencia y se retiró.
—Le deseo muy buenos días, milord.
Cuando salió de la residencia del barón, dejó que su mente volviera a considerar si podría acercarse al almirante con semejante petición.
Le dio vueltas a la cuestión, pero, la mirase como la mirase, sabía que era sencillamente imposible.
Nadie abandona sus principios a la menor presión, y el almirante no iba a hacerlo.
Felix tampoco debía hacerlo: tendría que mantenerse firme. Solo deseaba que no hubiera tanto en juego.