Capítulo once #2
Ella miró a Robert y luego al frente mientras reflexionaba. Aquello exigiría mezclarse con la multitud y quizá verse sorprendida por el encuentro con alguien con quien tendría que hablar. Tal vez no sabría qué decir. Y, sin embargo, tampoco sería cómodo permanecer en el palco a solas con Robert.
Robert . Era una lástima que el hombre a quien amaba no fuera para ella más que el señor Harwood, pues no se le había concedido derecho alguno a dirigirse a él en términos más íntimos, y no se atrevía a hacerlo, ni siquiera en sus pensamientos.
Mientras tanto, el hombre al que conocía desde la infancia y al que mentalmente llamaba por su nombre de pila era uno al que jamás podría amar.
—Bien, ¿Sophia? —preguntó Robert con una expresión extraña en el rostro.
Ella se ruborizó, consciente de que había tardado indecorosamente en responder.
—Creo que preferiría quedarme aquí.
—Por supuesto —repuso él, volviendo a sentarse.
A ella le pareció que estaba diciendo: por supuesto, como siempre . Sabía que él estaba irritado con ella, pues habría preferido beber champán, estirar las piernas y ver gente. ¿Es que no comprendía cuán mal se avenía con él?
—Señor Harwood, si no le importa, me gustaría mucho tomar algún refrigerio. Sophia, no te importa, ¿verdad? —preguntó Marie, mirándola con preocupación. Era una amiga verdadera y le inquietaba dejarla sola en compañía de Robert, pero, naturalmente, ella también desearía moverse y ver gente.
La mirada que el señor Harwood dirigió hacia Sophia fue rápida antes de volverse hacia Marie con una sonrisa.
—Una idea excelente. Vamos.
***
Felix caminaba junto a la señorita Mowbray aquejado por una sensación de insatisfacción.
No le gustaba dejar atrás a lady Sophia en compañía de Robert; tenía el aspecto de un animalillo atrapado por un depredador.
Pero ¿qué podía hacer? Había ido allí para acompañar a la señorita Mowbray, y su obligación era velar por la comodidad de ella.
—La soprano es tan maravillosa como todo el mundo decía —observó Marie, mientras se abrían paso entre los asistentes hacia donde servían el champán.
—¿Madame Catalani? Sí, posee un talento excepcional.
Le costaba un esfuerzo enorme prestarle la atención que le correspondía, pero su mente seguía en el palco con lady Sophia.
¿Estaría Robert aprovechándose indebidamente de aquel tiempo a solas?
¿La estaría presionando para que correspondiera a sus sentimientos…
le estaría proponiendo matrimonio ? Desde luego, sobre el papel, era un partido mejor para lady Sophia.
Aunque su posición como hijo de un barón no estuviera a la altura de la hija de un conde, era heredero de un título, y la fortuna de los Chawleigh no era cosa desdeñable.
Además, no había otro heredero aparte de él.
Se obligó a devolver la atención a la señorita Mowbray.
—Permítame que le traiga una copa. Si aguarda aquí, creo que la multitud no le importunará demasiado.
—Gracias, señor Harwood —le dirigió una sonrisa franca. Era una lástima que él no pudiera entregarle su corazón, pues era una mujer perfectamente agradable. Pero esas cosas no podían gobernarse.
Mientras esperaba a que sirvieran a la persona que tenía delante, recordó una vez más aquel día en el parque con lady Sophia, como había hecho tan a menudo desde entonces.
Recordó cómo la había guiado alrededor del barro y cómo se había vuelto hacia ella bajo el roble mientras la resguardaba, aunque de poco servía contra las gotas que caían desde arriba.
El pequeño espacio entre ambos vibraba, y parecía como si habitaran una isla propia, a pesar de la presencia de la doncella de ella y de la posterior llegada de la señorita Edwards.
Supuso que fue entonces cuando perdió el corazón por ella.
Ya no quería fingir que sus sentimientos eran desinteresados.
Pero las palabras de su padre, y su propio juicio, le dictaban que no tenía derecho a cortejarla.
Cuando llegó su turno, alzó dos dedos, y el criado le entregó dos copas.
—Aquí tiene, señor.
Pagó y obligó a su mente a volver a su acompañante.
—Su champán, señorita Mowbray —dijo, inclinando la cabeza.
No sería un grosero ni la haría sentir poco interesante solo porque su corazón estuviera en otra parte.
Ella no tenía la culpa—. Me ha sorprendido no ver esta noche a su padre.
Sé cuánto le gusta la ópera —soltó una pequeña risa, y añadió—.
Y cualquier fiesta o entretenimiento que se le proponga.
Ella sonrió ante aquello.
—Él y mi madre están cenando con unos viejos amigos, y el compromiso se había concertado antes de que supiera que la representación era esta noche —tras una pausa, lo miró por encima de la copa—. He oído que se ha encontrado con lady Sophia y con la señorita Edwards en el asilo naval.