Capítulo ocho
Al día siguiente, Felix recibió una carta de su padre, que le escribía para informarle de una herencia inesperada que proporcionaría a sus hermanas una dote respetable y le sugería que regresara a casa por una visita.
Partió de inmediato con la noble intención de ir planeando un discurso parlamentario sobre las pensiones mientras cabalgaba.
En cambio, sus pensamientos no cesaron de volver a lady Sophia.
Visitarla en su propio salón había sido como si le ofrecieran un plato de dulces precisamente cuando más apetecían.
Estaba encantadora con un vestido amarillo suave y, a pesar de su timidez, era plenamente dueña de cuanto la rodeaba.
La única mosca en la miel había sido la persistente insistencia de Robert en cortejarla.
Eligió el asiento vacío más cercano a ella, con gestos expansivos que invadían a menudo el espacio en que se hallaba sentada.
Felix no creía que lady Sophia apreciara a Robert.
Su aceptación de asistir a la ópera no había sido en absoluto pronta, y él se había sentido impulsado a precipitar una invitación para la señorita Mowbray porque no soportaba la idea de que lady Sophia hubiera de soportar toda la atención de Robert durante la velada sin nadie que la resguardara.
Afortunadamente -ya que la invitación había sido hecha de manera impulsiva- Robert acogió la idea con entusiasmo.
Y la señorita Mowbray, siempre complaciente, se mostró perfectamente dispuesta a ayudarlo en el rescate de su amiga.
Había en lady Sophia algo vulnerable y delicado que despertaba en él un instinto protector, y no lograba dejar de preguntarse qué estaría pensando.
Intentaba leer sus pensamientos e incluso anticiparse a sus deseos, pero parecía quedarse muy lejos de conseguirlo.
La única cosa que comprendía con alguna certeza era que no le gustaba ser el centro de atención…
eso, y que necesitaba tiempo antes de dar una respuesta.
En cuanto a la razón por la que Robert la perseguía, le parecía de una claridad absoluta que se reducía a tres cosas: ella estaba por encima de él en posición social y aumentaría su consideración; era hermosa y rica, el único tipo de esposa que él contemplaría; y además la conocía desde hacía más tiempo y albergaba cierta idea de posesión sobre ella.
Probablemente se convencía a sí mismo de que la amaba, pero resultaba evidente que amaba sus cualidades y no a ella.
Bien podía ser que Robert hubiera cambiado desde aquel día en que Felix se había visto obligado a rescatar a lady Sophia de su torpe y agotadora atención.
Después de todo, uno no podía perder a una madre querida en los años transcurridos sin cambiar al menos un poco, volviéndose más serio y más consciente de lo que poseía.
Pero la naturaleza de Robert era avasalladora, y jamás dejaría de serlo; no le permitiría a ella el espacio necesario para florecer.
En suma, era del todo inadecuado para ella.
Lo que lady Sophia necesitaba era un hombre capaz de mostrar paciencia cuando tardaba en hablar, un hombre que la valorase por lo que era y no por cómo pudiera elevar su posición, un hombre que no deseara otra cosa que extraer con suavidad las joyas ocultas de sus pensamientos.
Un hombre como… él.
Apenas llegó a esa indulgente conclusión, Felix sintió un profundo disgusto consigo mismo.
Estaba resuelto a no aspirar jamás por encima de su rango, por mucho que se sintiera atraído hacia lady Sophia, y el corto resto del trayecto lo pasó reprendiéndose severamente en ese sentido.
Llegó a casa y condujo su caballo hasta las caballerizas, donde lo dejó al cuidado de Ashly, el jardinero-mozo de cuadra.
Margaret, la mayor de sus cuatro hermanas, que contaba dieciséis años, cruzó la entrada del establo y se detuvo en seco al verlo.
—¡Felix! No sabía que vinieras a casa.
—Me alegra verte, Megs —se acercó y la besó en lo alto de la cabeza. Debía de tener más o menos la edad de lady Joanna, calculó. Y, por tímida que fuera con los extraños, se parecía muchísimo a lady Sophia en sus maneras.
—¿Dónde está padre?
—¿Dónde está siempre? —respondió Margaret con una leve curvatura en los labios.
—En el estudio, entonces. ¿Vienes conmigo?
—se volvió hacia la casa, y ella ajustó el paso al suyo.
No había conseguido explicarse por qué sus pensamientos seguían volviendo una y otra vez a lady Sophia.
¿Sería porque ambos tenían muchas hermanas?
No. Desde luego, no era algo tan prosaico como eso.
¿Que ella era tan tímida como Meg, y por eso él sentía cierta afinidad hacia ella?
Tal vez su hermana pudiera ofrecerle alguna intuición acerca de lo que lady Sophia pensaba, puesto que compartían esa cualidad.
—Megger, si consintieras en que un caballero te cortejara, ¿qué cualidades tendría que poseer?
Ella lo miró con seriedad, sin responder de inmediato. Siempre era así cuando la pregunta requería reflexión. No tendrían tiempo de concluir aquella conversación antes de llegar a la puerta principal. Apenas tendrían tiempo de empezarla.
—Supongo que tendría que ser paciente conmigo —se aproximaban ya al macizo de flores que bordeaba los cimientos de la casa, interrumpido solo por el sendero que conducía a la entrada—. No debería hablar tan deprisa ni tanto que yo no pudiera decir nunca nada.
— Hum . Eso mismo pensaba —las palabras que Felix había querido decirse solo a sí mismo se le escaparon en voz alta.
—¡No estarás pensando en alguien para mí! —exclamó ella, mirándolo alarmada.
Arrancado de sus reflexiones, él se volvió hacia su hermana y rio.
—No, Megglebop. Difícilmente iba a casarte a los dieciséis años —no recordaba el momento exacto en que habían empezado aquellos apelativos absurdos, pero habían surgido cuando intentaba sacarla de su timidez siendo ella una niña pequeña y hacerla hablar.
—Me alivia oírlo —la chispa había vuelto a sus ojos, y lo miraba con aire confiado.
—Pero algún día, supongo, tendré que encontrarte a alguien.
Porque tú nunca reunirás el valor de hablar por tu cuenta con un caballero, ¿verdad?
—cuando ella arrugó los labios en fingido reproche, no pudo resistirse a seguir bromeando—.
Y tendrás que aceptar a quienquiera que yo lleve a casa, ¿no es así?
Después de todo, las Meggers no pueden ser escogedoras.
Eso arrancó de ella algo entre un chillido y una carcajada, mientras le daba un puñetazo en el brazo.
Entraron en la confortable casa de piedra donde él había crecido, con su puerta verde oscura y sus grandes ventanas sobre los macizos de flores.
El ama de llaves, al servicio de la familia desde el día mismo de su nacimiento, salió a recibirlo con una cordial bienvenida y promesas de que mandarían una bandeja de comida al estudio de su padre.
Felix le sonrió y preguntó por la rodilla que le estaba dando problemas, luego se dirigió al estudio.
Su padre pareció complacido al verlo y se levantó para estrecharle la mano.
—Ya iba a salir a ver a qué se debía toda esta conmoción. Has venido tan pronto como has recibido mi carta.
—Naturalmente, señor —Felix tomó asiento junto al sillón de su padre.
La relación con el señor Harwood padre podía describirse como una mezcla de afecto sencillo y las muestras de respeto que un hijo debía a un progenitor de juicio severo.
Su padre comenzó a interrogarlo acerca de su vida en Londres, interesándose por todos sus aspectos: si pensaba mudarse ahora que había sido ascendido, cómo era su vida en el Parlamento, y cómo se entendía con los Cunningworth.
Felix procuró responder a todas sus preguntas y luego dijo, riendo:
—Me ha convencido, como nada habría podido hacerlo, de la necesidad de escribirle con más regularidad.
Su padre sonrió ante aquello, y luego alzó la vista cuando sonó un golpe en la puerta. El ama de llaves abrió y desapareció para volver al momento con una bandeja de comida capaz de alimentar a cinco hombres, según le dijo él entre risas. Le dieron las gracias y comenzaron a servirse.
—¿Y qué es eso que oigo acerca de una herencia para mis hermanas? —preguntó Felix mientras comenzaba a comer.
—Era una tía del lado de tu madre a la que jamás conocí. Recibimos la carta del procurador, y la buena noticia es que deja a cada una de tus hermanas una dote de dos mil libras.
—¡Qué noticia tan excelente! —exclamó Felix, animándose al punto ante aquella pieza de buena fortuna. La falta de una dote sustanciosa había preocupado a su madre cuando vivía, y esa inquietud había pasado a Felix casi sin que él se diera cuenta.
—Solo he visto a Meg, pero supongo que las demás estarán en la cena —habiéndose llevado un bocado a la boca, su padre se limitó a asentir—. ¿Cómo han recibido la noticia de su buena fortuna?
—No se los he dicho, porque quería hablar primero contigo —su padre hizo una pausa, y cuando Felix lo miró, dijo—.
Ahora que tus hermanas están en una situación más ventajosa, había pensado que tal vez podrías recibir a Margaret en tu casa el año próximo, para la temporada de Londres.
Ponerla al alcance de caballeros de mayor posición de la que podría encontrar aquí.
El tenedor de Felix se detuvo a medio camino de la boca.
—Padre, bien sabe que no puedo hacerlo —sonrió para dulcificar la negativa—.
Para empezar, alquilo una habitación en un establecimiento de caballeros.
Para seguir, ella necesitaría una acompañante que la llevase a las reuniones.
Y, siendo yo soltero, no alcanzo a comprender de dónde habría de sacar yo una para ella.
—Ah, en fin —su padre pareció abandonar la idea. Comieron en silencio, y luego le lanzó una mirada—. No me has preguntado cuánto de la herencia se te ha dejado a ti.
Por segunda vez, Felix interrumpió el gesto de llevarse un bocado a la boca.
—Eso se debía a que daba por supuesto que la respuesta era: nada.
Su padre le concedió una de sus raras sonrisas, casi complacidas. Después se limpió las manos en la servilleta, se levantó y fue hasta el cajón del escritorio. Sacó un papel y se lo entregó a Felix, que lo abrió. Alzó la vista hacia su padre, atónito.
—¿Diez mil? ¿Esto es para mí? ¿Cómo es que no sabíamos de esta pariente? ¿Y dónde amasó su fortuna?
—No puedo responder a ninguna de las dos preguntas, pues ignoraba por completo su existencia, pero como tu madre no tenía hermanos, al menos eso resuelve parte del misterio.
Tu madre procedía de una buena familia y no carecía por entero de conexiones.
Es probable que esta tía no tuviera a nadie más a quien dejarlo.
Debes darme la dirección de tu banquero en Londres para que el procurador pueda ponerse en contacto con él.
Felix asintió, optimista ante aquel cambio repentino de fortuna.
La suma no alteraría en gran medida su estilo de vida, pues no debía tratarla como si se tratara de una renta anual.
Sin embargo, le otorgaba un grado de libertad del que hasta entonces carecía.
Le permitiría alquilar o comprar una casa en una zona menos modesta de Londres y quizá añadirle incluso una pequeña propiedad en Sussex.
Disminuía, aunque solo fuera en cierta medida, la diferencia de posición entre él y lady Sophia.
En una medida muy pequeña. No importa en absoluto , se recordó con severidad.
Aun así, la noticia traía consigo esperanzas y posibilidades, y hacía más difícil apartarla por completo de su pensamiento.
Decidió que comenzaría a buscar una casa en Londres de inmediato.
Incluso si lograba resistir la idea de cultivar cualquier clase de amistad con lady Sophia, algún día tendría que casarse, y un hombre necesitaba un hogar al que llevar a una esposa.
—Debes ser prudente ahora, hijo. Cuidadoso con esta fortuna inesperada, para no tomarle gusto al juego -aunque no creo que lo hagas-, y cuidadoso también en tu amistad con Robert Cunningworth.
Su padre ha sido un generoso protector de ambos, pagando tu educación y procurándote tu primer puesto de escribiente.
No debes olvidarlo ni volverle la espalda con una exhibición ostensible de riqueza o tratando de elevarte por encima de tu condición.
Como eso era, más o menos, precisamente lo que Felix había estado contemplando, frunció el ceño.
—Sabe que no tengo el menor interés en el juego, pero ¿qué quiere decir con lo de no elevarme por encima de mi condición?
—Te has acostumbrado a mezclarte con el círculo de Robert, y se te perdonaría cierta vanagloria al considerarte a ti mismo -aunque siempre has resistido esa tentación-.
Podrías intentar vivir como ellos, pero tu modesta fortuna se agotaría muy pronto de ese modo.
Mantén la cabeza baja, no digas a nadie nada de este cambio de circunstancias.
Continúa siguiendo una carrera honrada, y cásate con una dama sencilla.
—¿Y qué tiene que ver mi matrimonio con todo esto?
—El matrimonio es una manera de intentar alterar las propias circunstancias, y a lord Chawleigh no le agradará si empiezas a darte aires.
Como dependes de él para tus conexiones, igual que -no necesito recordártelo- dependo yo también, debes evitar cualquier cosa que pueda disgustarlo. Espero que lo recuerdes.
No era la primera vez que su padre le advertía de lo que ambos debían al barón, y sería difícil olvidarlo.
Hasta entonces, la lógica de aquel principio le había parecido enteramente sensata.
Pero ya no era el muchacho que una vez estuvo dispuesto a inclinarse ante la sabiduría de sus superiores.
Ahora tenía sus propias ideas. El barón había respaldado los comienzos de su vida, y sí, le debía eso.
Pero mucho de lo que había logrado después se debía o bien al almirante o bien a su propio talento y había estado determinado por sus propios principios.
Y en cuanto a casarse con una mujer sencilla, Felix tuvo que admitir que ni siquiera era capaz de contemplar el asunto en ese momento.
—Lo entiendo —dijo, sin comprometerse.