Capítulo siete #2
Rompió aquella conexión y miró dentro de la tetera para distraerse.
Sonó otro golpe en la puerta cuando Sophia comenzaba a servir, y cruzó una mirada de sorpresa con Marie.
No esperaban a ningún otro visitante, y los que llevaban tres días aguardando se hallaban en aquel momento en el salón.
Turton entró por segunda vez para anunciar a los recién llegados.
—Lady Dorothea Shaw, el señor Miles Shaw y lord Pembroke.
Un movimiento a la derecha hizo que Sophia volviera la vista hacia Camilla, que se había incorporado. Dejando la tetera, captó su atención y alzó una ceja en una muda pregunta que decía: “¿Ha sido idea tuya?”. Los ojos de Camilla se agrandaron, y negó ligeramente con la cabeza.
—Buenos días —dijo Dorothea, entrando en la habitación con paso resuelto, seguida por su esposo y por lord Pembroke—. Veo que esta mañana estáis bastante concurridas. Entonces no nos quedaremos mucho, pues también deseaba hacer una visita a lady Berkley.
—Lady Dorothea, desearía que ocupara mi asiento —dijo el señor Harwood.
Sophia no pudo resistirse a dirigirle una mirada de aprobación, al advertir que ni el señor Cunningworth ni el señor Grantly habían pensado en hacer lo mismo, cuando resultaba evidente que no había suficientes sillas en el círculo.
El señor Harwood y Miles fueron a buscar tres sillas de rejilla de los lados de la habitación.
—Hace ya tiempo que no venía de visita —anunció alegremente lord Pembroke, echando un vistazo alrededor del salón.
Había acudido unas cuantas veces la temporada anterior, cuando aún era el vizconde Throckmorton.
Todos lo habían llamado entonces “Rock” por abreviar, pero ahora el único que seguía haciéndolo era su primo, Miles—. Parece que nada ha cambiado.
—Pocas cosas cambian de las que se ven —observó Camilla.
Lord Pembroke la miró con curiosidad, pero Camilla mantuvo la vista al frente, como si la observación no hubiera ido dirigida a él.
Sophia parpadeó, sorprendida por su hermana.
¿Qué había querido decir con aquello? Antes de que nadie tuviera tiempo de demorarse demasiado en tan críptico comentario, Robert cambió por completo de asunto.
—Lady Sophia, aún no la he visto asistir a la ópera esta temporada. Debe ir sin falta, pues se está perdiendo a Angelica Catalani. Tengo asientos en el palco de mi padre para cuando actúe la próxima semana. ¿Por qué no viene conmigo? Nuestro palco es lo bastante grande para seis invitados.
—Yo…
Todos los ojos se volvieron hacia ella. Que Robert hubiese elegido preguntárselo en público era una crueldad, pues difícilmente podía rechazarlo ahora.
Habría dado cualquier excusa por no ir, pero no se le ocurrió ninguna.
Ni una sola palabra llegó a sus labios, y lanzó una involuntaria mirada al señor Harwood, que fruncía el ceño.
Sin duda debía de tomarla por estúpida, incapaz de responder a una pregunta tan sencilla.
El señor Harwood se volvió hacia Robert.
—Si crees que tu padre podría mostrarse conforme con la idea, quizá yo podría acompañar a la señorita Mowbray y unirme a vosotros en el palco. Podríamos formar un pequeño grupo.
Sophia había tenido razón al pensar que él no había acudido de visita por ella. Estaba interesado en Marie; a esas alturas resultaba evidente. Naturalmente que lo estaba, pues hacían tan buena pareja.
Marie le devolvió una amplia sonrisa, con los ojos brillantes de satisfacción.
Si Sophia conocía a su amiga, no solo estaba celebrando la buena fortuna de haber conseguido una invitación a la ópera, sino calculando ya cómo podría asistir también al picnic que el señor Harwood había prometido a Tilly.
No había nada censurable en semejantes cálculos, pero a Sophia le habría gustado ir con el señor Harwood ella misma.
Le resultaba difícil hablar con él cuando había otras personas presentes, más dotadas que ella para la conversación.
—Una idea excelente —Robert dirigió al señor Harwood un gesto aprobatorio—. Estoy seguro de que mi padre verá el plan con buenos ojos.
Tras una breve pausa, el señor Harwood se volvió hacia el señor Grantly.
—Si quieres unirte a nosotros, podrías llevar a lady Camilla.
El amigo de Robert se echó atrás, y su expresión reveló a las claras el disgusto que le causaba la idea. Siguió un silencio embarazoso. Sophia se sintió mortificada por su hermana, pero el rescate llegó desde el lugar más insospechado.
—No tiene por qué molestarse, señor Grantly —dijo lord Pembroke con afabilidad, mientras todas las miradas se volvían hacia él—. Lady Camilla, si le place aceptar mi compañía, yo la llevaré. E invitaré también a su hermana y a Miles para completar el grupo.
A esas alturas, el señor Grantly parecía haber comprendido que se había conducido de una manera muy inapropiada, pues se apresuró a decir:
—Bueno, era solo que aún no había decidido si pensaba ir…
Camilla no le permitió terminar.
—Acepto. Gracias por la invitación, lord Pembroke.
Le sonrió a lord Pembroke, y al hacerlo resultó encantadora.
Camilla siempre había tendido a la redondez, pero en el último año había perdido algo de ella.
No solo eso, pensó Sophia con satisfacción, sino que su hermana menor estaba saliendo mejor parada que muchas damas con más experiencia en su primera temporada, pues había conseguido una invitación para asistir a la ópera con un joven y apuesto conde sin haber sido todavía presentada.
—Bueno, debemos despedirnos. No querríamos abusar de vuestra hospitalidad —el señor Cunningworth soltó una carcajada al ponerse en pie, y sus amigos hicieron lo propio.
Su marcha alivió a Sophia, aunque ello significara que los amigos de Robert se irían con él.
Sin embargo, el alivio de verse libre de él por esa tarde se desplomó al escuchar sus siguientes palabras.
—Pero me doy por satisfecho, pues he alcanzado el propósito de mi visita —se inclinó ante ella—. Tendré el placer de acompañarla a la ópera la semana próxima, lady Sophia.
Sophia logró esbozar una débil sonrisa, que se desvaneció al ver al señor Harwood inclinarse ante Marie.
—Señorita Mowbray, confirmaré los arreglos para la ópera, si ello le parece bien.
—Desde luego. Gracias por la invitación.
Él se despidió de todas las damas presentes, incluida Tilly, y se detuvo por último ante Sophia. Se inclinó y le sonrió al erguirse.
—Muy buenos días.
Ella hizo una reverencia, pero fue incapaz de responder, ni siquiera de sonreír.
Los tres caballeros se marcharon, y Marie exhaló quedamente.
Nadie lo advirtió salvo Sophia. Sin embargo, no podía preguntar a su amiga qué pensaba ni comentar nada de cuanto había sucedido durante la visita, pues había otras personas en el salón, y muy en particular lord Pembroke, que no pertenecía al círculo íntimo de la familia.
En lugar de ello, dio voz a la pregunta que la inquietaba.
—Camilla, si no fue idea tuya pedir a Dorry y a Miles que vinieran esta mañana, ¿de quién fue?
—Mía —dijo Tilly, sorprendiendo a todos.
Sophia se volvió hacia ella, desconcertada, y la niña prosiguió:
—Después de todo, me parecía absurdo estar sentadas día tras día esperando a que vinieran visitas. Sabía que os quedaríais en casa hasta que por fin llegaran, así que escribí para invitar a Dorry y a Miles. ¿Cómo iba yo a saber que hoy tendríamos visitantes de verdad?
Aquel comentario ingenuo fue recibido con un silencio atónito, roto de pronto por las risas.
—Nunca en mi vida me habían puesto en mi lugar de ese modo —declaró lord Pembroke con aire trágico—. De nada sirve que sea conde, pues hoy he aprendido que no soy una visita de verdad.