Capítulo uno #3
Él nunca había revelado una razón verdaderamente convincente para interesarse por ella, salvo el deseo de unirse a su familia…
y el hecho de creerla dócil. Ninguna de las dos era una cualidad que ella deseara que inspirase a un hombre a pretenderla.
No era Robert Cunningworth quien había esperado que la pretendiera.
Sophia logró disponer los labios en algo que se parecía a una sonrisa, pero el corazón se le encogía.
Siempre había sabido que la fantasía que había tejido en torno al señor Harwood no podía sostenerse, pero no había podido evitarlo.
Su corazón obedecía a sus propios deseos.
En cuanto a Robert, poco importaba que esa noche pareciera decidido a agradarle; no sentía absolutamente nada por él.
La cena transcurrió de manera más tolerable de lo que había imaginado, dado que se hallaba afligida de corazón y apenas en condiciones de desempeñarse con soltura en sociedad.
El señor Harwood estaba sentado frente a ella, y se permitió escuchar su conversación siempre que las pausas en la suya propia se lo consentían.
Conversó tanto con Robert como con Tom Perkins, sentado al otro lado, a quien no sentía especialmente cercano, considerando con qué facilidad se había unido a Robert en sus mortificaciones de años atrás.
En una ocasión, el señor Harwood encontró su mirada al otro lado de la mesa, y la sorpresa fue tal que ella volvió la cabeza con un leve ceño.
Él no podía saber que había sido algo especial para ella.
Debía dejarle creer que ella también lo había olvidado.
Concluida la cena, los caballeros permanecieron en el comedor para tomar oporto, mientras las damas se retiraban al salón. En cuanto estuvieron solas, lady Poole llamó la atención de Sophia y sus hermanas.
—Lord Chawleigh ha apelado a nuestra larga amistad al invitarnos a cenar, aunque no haya una anfitriona a su lado para atender la mesa. Me ha pedido que una de vosotras sirva el té cuando los caballeros se reúnan con nosotras después del oporto. Sophia, querida, creo que lo mejor será que seas tú.
Camilla le lanzó una mirada de preocupación al mismo tiempo que Joanna protestaba:
—Pero, mamá, Sophia se queda sin voz en presencia de los caballeros. ¿No sería mejor que lo hicieras tú?
En lugar de responder, lady Poole sostuvo la mirada de Sophia.
—Debe vencer su timidez si quiere tener una temporada exitosa. Es mejor que empiece ahora.
Sophia trató de dar voz a la protesta que se alzaba dentro de ella, pero no salió nada. ¿No equivalía aquello a anunciar algún tipo de entendimiento con Robert? Su repugnancia luchó contra su inclinación a ser una hija obediente. Tragó saliva y asintió.
No hubieron de esperar mucho antes de que las voces de los caballeros se acercaran al salón.
Un lacayo entró por una puerta de servicio con la bandeja del té, seguido por una doncella que llevaba el agua caliente.
La depositaron sobre la mesa en un extremo de la estancia, y Sophia miró a su madre, que se inclinó hacia ella.
—Los Chawleigh siempre han sido buenos vecinos, casi como de la familia —susurró su madre—. No hay necesidad de crear un problema ante una petición tan sencilla.
Sophia alisó la falda de su vestido y se puso en pie.
La caja de porcelana con el té descansaba en la bandeja, y ella cogió un pellizco de hojas y lo echó en la tetera humeante, esperando prepararlo al gusto de lord Chawleigh.
A su alrededor, la conversación se posó sobre los funerales de Estado del vicealmirante Nelson, a los que el barón había asistido.
Nadie parecía prestar especial atención a que se hallara junto a la bandeja del té, y eso fue un alivio.
Cuando el té hubo reposado lo suficiente, hizo ademán de coger la tetera y vaciló.
Tendría que preguntar a cada caballero cómo lo tomaba.
Lo más fácil era comenzar por lord Chawleigh, que alargó la mano y le dio unas palmaditas en el brazo.
—Gracias por prestar este servicio, querida. Yo tomaré azúcar. Dos cucharaditas.
Ella asintió en silencio y pasó a Robert y al señor Perkins, murmurando la misma pregunta.
Luego se detuvo ante el señor Harwood, que alzó la vista.
Sus ojos parecían extraordinariamente brillantes, dando la impresión de que podía ver a través de ella.
Pero aquello era una ilusión; ni siquiera la recordaba .
La garganta se le movió, pero no salió sonido alguno.
—Si fuera tan amable de servírmelo con leche, le quedaría muy agradecido —el señor Harwood le sonrió con calidez.
Incapaz de sostener su mirada, Sophia se volvió, y no fue hasta después cuando se dio cuenta de que ni siquiera había respondido.
Él la vería exactamente igual que cuatro años atrás.
Había sido una ingenua al creer que había vencido, aunque solo fuera un poco, su timidez.
Llevó a cada uno su taza de té y evitó mirar al señor Harwood cuando le llevó la suya.
Qué necia debía de parecerle. Solo había una cosa que hacer ahora, y era dejar a un lado aquella secreta infatuación que había mantenido durante todos esos años.
Olvidarse por completo del señor Harwood.
El único problema era que no estaba segura de poder hacerlo.