Prólogo #2
—Déjala en paz. La estás incomodando —la misma voz que había mencionado el boliche volvió a oírse, pero esta vez teñida de acero.
Sophia se arriesgó a mirar en esa dirección, aunque no logró distinguir los rasgos del hablante a través del velo borroso de sus lágrimas.
Estaba de pie junto a Robert, con una mano ligeramente alzada. Robert apartó de un manotazo su brazo.
—No, ya estoy harto de esto. Lady Sophia me saludará como corresponde en mi propia casa. Créeme. Nuestros padres son amigos de toda la vida, así que estoy en mi derecho de exigirlo —cruzó los brazos y se quedó esperando.
—Ah, Cunningworth, ¿qué haremos contigo?
—el caballero le dio una palmada en el hombro.
Su voz se había vuelto alegre, cortando la tensión—.
Lady Sophia nos suplica con los ojos que la libremos de la cortesía de tu atención.
No le faltan sesos; le falta paciencia para soportar conversaciones forzadas con filisteos —eso arrancó algunos resoplidos de risa.
Justo cuando Sophia pensó que Robert se ofendería, el otro continuó—.
Y a mí también me falta paciencia, porque llevas prometiendo derrotarme estrepitosamente en los bolos, así que encontremos de una vez el boliche que andábamos buscando y marchemos.
—¡Muy cierto! Estamos perdiendo un tiempo precioso —dijo otro caballero. Sophia reconoció a Tom Perkins, el hijo del terrateniente y amigo de Robert, siempre dispuesto a seguirle la corriente.
Robert vaciló todavía, pero el primer caballero -su salvador- se dirigió al escritorio del rincón del salón.
—Aquí está, y la pintura ya se ha secado. Vámonos.
Para sorpresa de Sophia, pasó un brazo alrededor de Robert y lo condujo fuera de la estancia, seguido por los demás.
Oyó la risa de Robert elevarse por encima de las otras, lo que significaba que su amigo había logrado quitarle el aguijón a sus palabras…
aunque no era del todo imposible que Robert ni siquiera supiera qué era un filisteo.
Fuera como fuese, a Sophia le costaba creer que alguien fuese capaz de manejarlo de ese modo.
Nunca había conocido a nadie que pudiera hacerlo, ni siquiera su propio padre.
Su vista se aclaró, y de pronto sintió un vivo deseo de ver el rostro del hombre que había salido en su auxilio.
Todo lo que había alcanzado a percibir de él era un abrigo color aceituna y unos pantalones de gamuza, además de un cabello que caía en ondas rubio doradas, casi angelicales.
Con el corazón acelerado, corrió hasta la puerta y asomó al corredor. No había nadie a la vista.
Una vez fuera, se reunió de nuevo con un grupo de muchachas entre las que se encontraba su hermana Camilla, que caminaban hacia el juego que se estaba preparando sobre el césped.
Nadie reparó en Sophia, que era exactamente lo que ella había deseado.
Los jugadores se hallaban muy animados mientras elegían los equipos para una partida de fours.
Habría muchos más espectadores que jugadores, pero a nadie parecía importarle.
La primera vez que divisó al caballero que buscaba fue una visión muy gratificante.
El hombre tenía un rostro apuesto, con unos ojos azul pálido bajo unas cejas indómitas; la nariz era de una proporción perfecta, y los labios parecían mantenerse siempre al borde de una sonrisa.
Las tenues líneas a ambos lados insinuaban un natural buen humor.
Sophia no podía apartar los ojos de él y lo observó mientras tomaba el mando de los jugadores con toda naturalidad, recordándoles las reglas con una facilidad que delataba a un líder nato.
Le habría gustado poder preguntarle a alguien cómo se llamaba, pero hacerlo habría delatado su interés.
Sin embargo, si prestaba atención, tal vez alguien se dirigiera a él y así obtendría la información que deseaba.
—Harwood, detente. Si me pones con Perkins, nos vencerán sin remedio. Dame mejor a una de las damas.
Aquello lo dijo uno de los amigos de universidad de Robert.
Se levantaron risas por todos lados ante la burla amistosa, pero Sophia se quedó prendida de las palabras. Había llamado al caballero señor Harwood . ¡No esperaba conseguir la victoria tan pronto! Apenas prestó atención a la respuesta, porque Robert intervino con una nueva pulla.
—Felix siempre se ofrece a organizar los juegos. Es para quedarse con los mejores jugadores en su equipo y disimular sus propias deficiencias.
La ocurrencia de Robert provocó más risas, y Sophia se encontró sonriendo con todos los demás.
Señor Felix Harwood. Ahora conocía también su nombre de pila.
Como si el señor Harwood hubiera sentido la fuerza de su interés, se volvió y se acercó al grupo de muchachas en el que ella se hallaba.
Sophia se quedó inmóvil detrás de Bernice Milton, temiendo que él le hablara…
y deseando al mismo tiempo que lo hiciera.
—¿Puedo persuadir a alguna de vosotras para que se una a nosotros?
—Yo iré —se ofreció Camilla, dando un paso al frente, y él se volvió hacia la hermana de Sophia con una expresión de auténtico agrado.
Que su hermana menor pudiera arrancarle una sonrisa tan fácilmente amortiguó la sensación de triunfo que Sophia había sentido al descubrir su nombre; pero ella no podía hacer lo que hacía Camilla.
No podía unirse al juego, porque, como en tantas otras cosas, no era lo bastante buena.
—¿Nadie más? —preguntó el señor Harwood al grupo en general.
A Sophia le pareció que su voz iba dirigida a ella, pero mantuvo el rostro inclinado.
Su propuesta fue respondida únicamente con movimientos de cabeza y manos que intentaban disimular risitas.
Bernice dio un paso a un lado, dejando a Sophia completamente expuesta.
Las botas de él entraron en su campo de visión.
Cuando se atrevió a alzar la mirada, descubrió que sus ojos estaban puestos en ella, pero no insistió en que jugara.
En lugar de eso, sonrió y le guiñó un ojo, y el corazón de Sophia se detuvo durante un instante entero.
Luego él volvió a girarse hacia donde se estaba organizando el juego, y ella pudo volver a respirar.
—Grantly, ve a ver si alguno de los que regresan del embarcadero desea jugar, y así tendremos nuestros ocho.
El señor Grantly levantó la mano y fue hacia el señor Smithson, que caminaba junto a Dorry, pero Sophia solo podía pensar en la sonrisa del señor Harwood y en el guiño que le había dedicado.
No solo la había protegido: la había visto .
Apenas podía decir eso de su propia familia.
Siguió con la mirada su figura que se alejaba hasta que lo vio recoger una de las bolas del juego.
La lanzó al aire y la atrapó con facilidad, y luego rio cuando uno de sus amigos fingió lanzarle un puñetazo.
Y de pronto… de pronto era como si el mundo tuviera color.
Señor Felix Harwood. Nunca había creído que pudiera existir un caballero tan amable, tan apuesto y tan honorable.