Un amor inventado 8. ERES LO QUE AMAS
99%

8. ERES LO QUE AMAS

ERES LO QUE AMAS

Delilah

No podía dejar de mirarlo. Su rostro estaba ahí, a solo seis centímetros del mío.

Alcé la mano y la deslicé por su mandíbula, acariciándola con mimo, hasta que me detuve sobre el pelo húmedo que le nacía en la nuca.

Ronan comenzó a trazar todos los contornos y los valles de mi rostro con sus labios calientes.

Notaba su olor dentro de mí. El eco de lo que habíamos hecho aún flotaba entre las paredes y yo deseaba quedarme así para siempre.

Porque habíamos estado lejos el uno del otro, pero ahora su cuerpo se apretaba contra el mío y el tiempo se había detenido para los dos.

—Creo que ya sé cuál es mi sueño, Ronan —solté en voz alta al cabo de un rato.

—¿Sí? —Su aliento me calentó la mejilla.

—Me gustaría montar una escuela de interpretación para niños en Nueva York.

—Ronan se separó lo justo para observarme con atención.

De repente, sus ojos soñolientos se abrieron—.

Ya he empezado con las primeras reuniones y conversaciones...

Y Tim se ha subido al barco. Jane también.

Solo quiero que los niños enfoquen la actuación desde otro punto de vista, ¿sabes?

Alejarlos en la medida de lo posible del camino que me hicieron recorrer a mí.

Ronan asintió mientras esbozaba una sonrisa.

—Me encanta la idea, Del. ¿Puedo sumarme yo también?

—¿Te gustaría impartir algunas de las asignaturas o qué?

Solté una risita que lo hizo sonrojarse y enterrar la cabeza en mi cuello.

—Cuidado. Me estás subiendo mucho el ego.

Mis manos regresaron a su particular danza de caricias sobre su nuca.

Cuando su cuerpo se separó del mío, sentí cómo el ambiente se cargaba de una tensión distinta.

Aún estábamos cerca, muy cerca. Tumbados de costado en el colchón con su rostro frente al mío.

Y sus ojos de pronto me parecieron temerosos del futuro.

—En tu discurso dijiste que yo te enseñé lo que era el amor —murmuró él.

—Así es.

—Tú también me lo enseñaste a mí, Del —declaró acariciándome el labio con el pulgar—. Y nunca he dejado de sentirlo por ti.

El pecho se me hinchó y posé una mano sobre la piel que le cubría el corazón.

—Yo tampoco. Te quiero, Ronan.

De un modo inevitable nuestros labios fueron al encuentro del otro. Y en la pausa y la ternura de esa unión cabían todos los días, todos los meses y todos los años que habíamos estado lejos.

—Antes... —susurré sobre su boca sin dejar de besarlo.

—¿Antes qué?

—Antes has dicho que tu sueño era yo. A tu lado .

—Lo eres. —Estábamos tan cerca que solo podía centrarme en el negro infinito de su mirada—. La cosa es... ¿Tú quieres que me quede a tu lado?

En ese instante estaba más allá de las palabras, aunque sabía que él podía leerme. Yo era un espejo para Ronan. Al igual que él lo era para mí. Siempre lo habíamos sido, en realidad. Así que solo lo miré con amor y con una aceptación que no hacía nada más que crecer.

—Quiero que te quedes. Y Cian también. Quiero ayudarlo. Quiero que os quedéis todo el tiempo que os queráis quedar, Ronan.

Lo vi reflejado en sus ojos. La felicidad de sentirse en el lugar correcto, en el momento adecuado. Esa felicidad que nacía de sentirse parte de algo.

—Podría volver a Irlanda a por nuestras cosas —soltó con la boca pequeña.

—¿Sí?

—Nada me apetece más, Del.

—¿Cian estará bien? —pregunté con la preocupación expandiéndose fuera de mí.

—Estará bien, cariño. Iremos poco a poco con él, día a día. Me gustaría que descubriera lo que es tener un hogar.

Ronan sonaba tan decidido que, por un momento, pensé que seguramente él me llevaba días o semanas de ventaja reflexionando acerca de ese futuro compartido y de las decisiones cruciales que ahora estábamos exponiendo en voz alta.

—Nos merecemos esta oportunidad, Ronan.

—Y todas las que queramos darnos.

En un arrebato de instinto y corazón, junté nuestros labios hinchados mientras entrelazaba nuestros dedos. Cuando nos separamos, Ronan me sujetó la barbilla con una delicadeza que contrastaba con la intensa mirada que me estaba dedicando.

—Lo único que necesito que sepas es que estoy aquí para quedarme. Por ti. Solo por ti.

Aquello despertó una de mis lágrimas, que bajó solitaria por mi mejilla hasta mojarme el cuello. A veces la persona correcta no se quedaba. Pero, si lo que te unía a ella era algo real, algo instintivo, devoto, sincero, y terrenal, siempre terminaba por volver.

Porque Ronan estaba ahí.

Mi mano al alcance de la suya.

Su corazón latiendo sobre mi piel.

Y tenía el presentimiento de que no se iría.

—Eres lo que amas, Ronan O’Connell —susurré.

—Yo te amo a ti, Del.