Un amor inventado 9. EL EPÍLOGO
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9. EL EPÍLOGO

EL EPÍLOGO

Delilah

Varios meses después

El horizonte era una promesa abierta. La llanura soleada, un canto al verano.

Y el sol en lo alto del cielo, la prueba de que era un día excelente para montar a caballo.

Espoleé a Hepburn para indicarle que siguiera a trote lento por el sendero de tierra.

Cian aún se estaba acostumbrando a montar conmigo, aunque ya confiaba tanto en mí que a veces incluso se atrevía a tomar la iniciativa con las riendas.

Tenía el cuerpecito menudo del niño delante y, aunque yo solo veía su casco de equitación cuando bajaba la mirada, algo me decía que estaba contento de estar ahí.

Cian se había adaptado a la granja mucho mejor de lo que habíamos esperado en un principio.

Le gustaba la naturaleza. Le gustaban los animales.

Y también ver en familia concursos musicales.

Él ya sabía que a finales de verano tenía que empezar en una escuela en Nueva York.

Un colegio que estaba cerca del apartamento que habíamos alquilado para que viviéramos allí entre semana.

Éramos conscientes de que aquello supondría todo un desafío para él, pero íbamos paso a paso.

Las cosas terminaban encauzándose cuando nos tomábamos el tiempo para pensarlas, para procesarlas, para vivirlas...

Y Cian ahora también era mi hijo.

Semanas después de que los dos llegaran a la granja en invierno, una de las muchas noches en las que Ronan y yo nos habíamos quedado despiertos hasta la madrugada, me atreví a proponérselo con el miedo de que fuera demasiado para él.

Y lo cierto es que fue demasiado. Demasiado para que pudiera contener las lágrimas por la alegría que lo embargó.

«Compartiremos este viaje, Ronan», le había dicho mientras le secaba las mejillas.

Él solo me contestó: «Sí... Claro que sí, Del».

La decisión de vivir en Nueva York también había traído condiciones.

Por su parte, la de pasar todos los fines de semana posibles en la granja, para no despegarnos de algo que nos hacía conectar con nosotros mismos y sentirnos plenos.

Por mi parte, la de pasar todas las vacaciones de Cian en Irlanda, visitando a Finn y a Erin y procurando que no olvidara sus raíces.

Confieso que aquello había sorprendido tanto a Ronan que incluso se había atragantado con la carne que estaba almorzando.

«Pensé que no te gustaba Irlanda», había dicho él ante mi amenazante ceño.

«Pensé que sabías leerme mejor», le había replicado yo.

La sonrisa que se le había formado en la cara me hizo feliz más allá de lo que nunca había creído posible.

Y así estábamos ahora, disfrutando de cada día que nos quedaba del verano, de cada segundo que pudiéramos exprimir. Viviendo una vida lenta, una vida sin más.

—Cian, ¿qué te parece si este fin de semana vamos a la playa? ¿Has estado alguna vez en el mar?

Ya estaba más que acostumbrada a mis soliloquios en torno a Cian. También me sabía de memoria el sonido exacto de los asentimientos o negativas que hacía con la cabeza.

—O, si lo prefieres, podemos quedarnos en el lago —propuse—. Eso sí que te gusta, ¿eh?

Seguimos trotando por el sendero, disfrutando del aire puro y de la temperatura tan agradable que nos envolvía.

—Delilah.

El corazón se me detuvo, y mi yegua con él cuando percibió mi repentina rigidez sobre la montura.

Aquella voz aniñada, tímida y aflautada era el sonido más bonito que había escuchado jamás.

Su voz. Mi nombre saliendo de su boca. La emoción se me subió a la garganta, toda de golpe, pero tuve que encontrar la voluntad para conservar la calma porque Cian había dicho mi nombre y había hablado por primera vez.

Y eso era, sin duda, el mejor regalo que me habían hecho nunca.

—Dime, Cian —alcancé a contestar manteniendo la serenidad.

Recé para mis adentros durante unos segundos para volverlo a escuchar.

—Me gustaría ir a la playa —reconoció con un marcado acento dublinés—. Aunque esto también me gusta. Estar aquí con vosotros me gusta.

Sin poder contenerme más, empecé a llorar. Y luego le indiqué a Hepburn que diera media vuelta.

—Te prometo que iremos, amor —le aseguré cuando encontré un respiro en mitad de las lágrimas.

—¿Por qué volvemos, Delilah?

—Porque me duele mucho el estómago. Algo debe de haberme sentado mal.

—¿El bizcocho de naranja? —preguntó él—. Esta mañana te has comido un trozo muy grande.

Me reí en medio del llanto y atraje su cuerpecito hacia mi pecho.

Diez minutos después, estábamos enfilando el camino de entrada y yo aún no había parado de llorar.

Las lágrimas caían en cascada, incontenibles.

Miré hacia el frente y vi que Ronan nos esperaba cerca de la casa, con las manos apoyadas en las caderas.

Nos saludó antes de acercarse a nosotros.

Cuando estuvo a un par de metros, sus ojos me escrutaron atentos.

Obviamente había reparado en lo mojada que tenía la cara, en lo rojas que se me habrían puesto las mejillas y en cómo me temblaba todo el cuerpo.

—¿Qué ha pasado? —preguntó sin perder la calma mientras se ponía al lado de Hepburn y alzaba a Cian para bajarlo al suelo.

Me limpié las lágrimas y desmonté ante la atenta mirada de Ronan.

—Cian, amor, ¿puedes ir a la cocina a buscar los ingredientes para la pizza que vamos a comer?

Él sonrió y corrió hacia la casa. Y entonces me derrumbé sobre los brazos de Ronan, que me sujetaron con fuerza. ¿Había algo más importante en el mundo que el hecho de que un niño recuperara la sonrisa?

—¿Qué pasa, Del...?

—Ha hablado —solté sin más—. Ha hablado, Ronan.

—¿Qué?

Sus ojos se abrieron tanto que me sumergí en ellos, sonriendo y llorando aún con más intensidad. Siempre era mejor que la felicidad se te escapara de dentro, llegar incluso a llorar de alegría, que fingir una sonrisa. Ronan me secó las mejillas con las manos y entonces...

—¡Eh! —gritó Cian antes de llegar a la puerta.

Contemplé la sorpresa más bonita dibujada en el rostro de Ronan y cómo giraba la cabeza para mirar al niño.

—¡Como no le pidas que se case contigo pronto, lo haré yo! —Su voz, otra vez su voz. Esta vez más alta, clara e igual de preciosa.

Solté una carcajada enloquecida y rodeé el torso de Ronan con mis brazos. Lo atraje hacia mí y volví a decir:

—¡Ha hablado, Ronan!

—Y también ha tenido el valor de amenazarme. —Abrió su boca en una grandiosa sonrisa sobre mi cuello.

Nos separamos y nos quedamos mirándonos. Mi interior gritaba que esa era la esperanza por fin convertida en realidad. Que alguien se quedara. Algo real. Ellos dos. Sueños que vienen, sueños que se transforman, y otros sueños que se van.

—Yo que tú me lo tomaría muy en serio —me descubrí diciendo en cambio.

Sus pómulos marcados y su mandíbula se endurecieron mientras me estudiaba con detenimiento, con la atención y dedicación de siempre, y sentí cómo el destello de felicidad en sus ojos se replicaba en mi corazón.

—¿Sí, Del? —Me contempló con cierta premura, pues los dos éramos conscientes de lo que en realidad estaba preguntando.

—Sí —respondí, sonriendo por fuera, y también por dentro, justo por encima del alma.

—Sí.

—Sí.

—Sí.

—Sí...