Un amor inventado 7. CUANDO ES REAL
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7. CUANDO ES REAL

CUANDO ES REAL

Ronan

Ella estaba ahí, con un jersey de lana demasiado ancho, con unos ojos demasiado preciosos, con ese recogido demasiado desordenado...

, besándome con un deseo que se había apropiado de todo el aire de la casa.

Nadie sabía leerla mejor que yo. Por eso supe que ese golpecito del pie contra el suelo significaba impaciencia.

Que esos ojos entrecerrados y desbordantes de pupila tenían sed. De mí.

Delilah se lanzó de nuevo hacia mis labios como un pájaro se lanza hacia arriba para volar.

Encajé una mano en su cadera, la otra sobre la vena que le latía enloquecida bajo la piel del cuello, y entonces nos propusimos saquear al otro.

Me adentré en su boca deseando marcar cada hueco que tocaba con mi saliva, y ella hizo exactamente lo mismo con la suya.

Con temple, con pasión, con un ansia que nos llevó a gemir y a dar pequeños pasos trastabillando con nuestros pies en dirección a las escaleras.

Empezamos a subir sin separar la boca del otro.

Su puño se cerró sobre mi camiseta con fuerza cuando le mordí una de sus comisuras.

Me había olvidado de todo. De todo lo que no fuera su sabor dulce en mi lengua y el aroma a canela que ya se había apropiado de mi mente.

Aquello iba tan rápido que ni siquiera me di cuenta cuando me choqué contra el marco de la puerta.

Aproveché para sostenerla allí y sentirla contra mi cuerpo.

Delilah me miró desde abajo, y yo quise vivir y morir al mismo tiempo, porque todo ardía.

Todo estaba caliente. Y el aire había desaparecido.

Volví a comerle la boca.

Ella me quitó la camiseta.

Yo le arranqué el jersey y suspiré cuando contemplé sus pezones endurecidos marcándose bajo el sujetador blanco.

Y ya no hubo más control por mi parte.

La alcé con impaciencia, me rodeé la cintura con una de sus piernas y, entonces, mi dureza fue a parar a su humedad.

Temblamos compenetrados y el sudor empezó a humedecernos la piel de la cara, de los hombros, de todo el cuerpo.

Caímos sobre la cama y nos despegamos un solo segundo que me supo a todo el mal del mundo concentrado en una pincelada de tiempo.

La contemplé erguido sobre su torso. Un puto ángel sobre la cama. Sin necesidad de alas, sin necesidad de nada. Tan solo de su corazón, ese corazón puro que yo sabía que habitaba bajo su carne caliente.

—¿No estás nervioso...? —preguntó dubitativa con la voz ronca.

Me arrodillé ante ella y enterré mi boca en su vientre desnudo. Inhalé y después subí la cabeza.

—Hoy no —respondí yo, sediento.

—¿Por qué?

—Porque recuerdo todo lo que te gusta, Del. Nunca podría olvidarlo.

Estiré los brazos y mis manos recorrieron el camino hacia sus pechos. Se metieron por debajo de la tela del sujetador y empezaron a acariciarla mientras su espalda se arqueaba. Sentía la dureza de sus pezones en las palmas y fue demasiado. Fue tanto que tuve que frenar para serenarme.

—Uf, Ronan... —gimió mi nombre, y su mirada se me clavó como una flecha.

—Las personas pueden marcarte más allá de la amistad, el sexo o el amor, Del.

Aunque nosotros también hemos tenido mucho de eso, ¿no crees?

—Le aticé un mordisco al hueso que sobresalía de su clavícula—.

Tú me marcaste ese día en aquella cafetería.

Supe que todo iba a cambiar en cuanto nos entrelazáramos.

Supe que pasaría. Supe que seríamos . Y míranos: dos desquiciados anhelando la carne del otro.

—Ronan —rogó, antes de volver a posar sus labios sobre los míos—, ¿hay alguien más?

La sorpresa me cruzó el semblante y entonces comprendí que ella había encontrado el alivio en mi negación. Aun así, quise aclarárselo de todas maneras.

—Siempre he estado demasiado ocupado acordándome de ti como para fijarme en alguien más.

Su sonrisa fue lo último que vi antes de tener su lengua de nuevo en mi boca. Algún cable tuvo que desconectarse en mi cerebro, porque emití un gruñido de satisfacción a la vez que mis manos se colaban por el dobladillo de su pantalón y empezaban a bajárselo.

—Espera... Espera...

Subí la cabeza en medio de una locura que amenazaba con soterrarme bajo esa casa.

—De verdad que no puedo más —supliqué mientras la miraba.

Entonces ella me recorrió entero con unos ojos encendidos por el deseo.

—Solo quiero mirarte un poco más —confesó—. Te has cortado el pelo...

—Una vez me dijiste que estaba mucho más atractivo así.

—¿Sí? —Mi cuerpo no iba a soportar mucho más restregándose contra el suyo—. También te has puesto los anillos de siempre.

—Creo que inconscientemente he venido con todo...

—Con todo, ¿para qué?

—Para recuperarte.

—Nunca me has perdido, Ronan. —Percibí en ella la verdad más absoluta.

—Sí que lo hice. Por no elegirte esa vez, joder.

—No, Ronan. No. Tenías que hacerlo. Y yo tenía que quedarme.

—Pero ahora... Ahora quiero volver. Quiero volver a ti.

Se alzó sobre los codos y me besó de nuevo. Entrelazó su mano con la mía, se la llevó a la boca y comenzó a besarme la yema de los dedos. Todo lo que yo era explotó en ese instante y se transformó en algo que necesitaba saciarse.

—En este momento estoy un poco fuera de mí, Del, y tú estás chorreando... —conseguí pronunciar entre jadeos—. Voy a follarte, ¿vale?

—Pensaba que te gustaba ir despacio.

—Me gusta, sí. Contigo me gusta todo. Pero hoy no puedo ir despacio... a no ser que quieras que me muera.

Ella se rio y me fijé en la cortina de pelo rubio que parecía una aureola dorada sobre las sábanas claras.

—A la antigua Del le habría entusiasmado esa idea.

Me tragué una carcajada y, sin dejar de mirarla, empecé a descender por todo su cuerpo dibujando una senda húmeda con mi lengua que culminó en el monte de Venus. Cuando soplé ahí, a ella le desapareció la sonrisa. Y a mí se me ensanchó la mía.

—Espero que esto también le gustara a la antigua Del.

Mi boca se enterró en ella y ya no me detuve hasta arrancarle la última gota de su sabor. Era un meteorito estrellándose contra el mismo centro de mi corazón. Era todo lo que nunca había soñado. Era ella rindiéndose al placer. Era ese deseo suyo que nacía por mí.

Éramos nosotros, siguiendo el instinto.

Era yo, cayendo enamorado un día más.

Cuando Delilah se liberó sobre mis labios, subí a buscarla.

Sus ojos desbordados de luz me pedían que me hundiera en ella, así que lo hice.

Y, mientras estaba deslizándome entre sus paredes, nos pusimos intensos, posando nuestras manos febriles en el cuello del otro y provocando a nuestros labios mientras yo me retiraba y me volvía a hundir en ella. Una vez, y otra, y otra, y otra...

—Entonces..., ¿no me has olvidado? —murmuró ella entre jadeos entrecortados que a mí me sonaban al mismísimo Edén.

—Cuando el amor es real, nunca se olvida, Aguamarina.