Un amor inventado 5. LAS NUEVAS ILUSIONES
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5. LAS NUEVAS ILUSIONES

LAS NUEVAS ILUSIONES

Ronan

Algo de una fuerza abrumadora me arrastraba a pensar que aquello había sido una idea excelente.

La primera señal había llegado cuando observé cómo Delilah se ganaba poco a poco la confianza del niño.

Mientras ella inventaba todo tipo de juegos trajinando enérgicamente sobre la encimera cubierta de harina, azúcar y chocolate, Cian había sonreído más de una vez.

Incluso había participado en muchos de los pasos para hacer la receta que ella le había ido indicando.

También era cierto que había sido un monólogo de Delilah, con alguna que otra intervención por mi parte, pero era más que evidente que mi hijo se sentía feliz de estar aquí.

Sí. Mi hijo . Porque resultaba que ahora tenía un hijo y mi vida había adquirido una dimensión diferente.

Otro tempo, otra perspectiva, otras ilusiones.

Una persona más caminando a mi lado. Y tenía la sospecha de que la decisión de adoptarlo había sido la mejor que había tomado nunca, a pesar de que el proceso había sido agotador.

Meses inmerso en reuniones eternas con los servicios sociales, psicólogos y tutores legales que se aseguraban en la medida de lo posible de que todo fuera a ir bien en un futuro.

Semanas enteras ultimando los trámites antes de que Cian por fin pudiera vivir conmigo.

Y el compromiso de darle una vida estable, lo que también implicaba sacrificar ciertas cosas.

Pero si algo me había enseñado la vida era que siempre se seguía adelante cargando una mochila en la que guardábamos el cariño y la ayuda que te ofrecían los demás.

Al fin y al cabo, sobrevivíamos a base de amor.

Y un amor naciente era lo que sentía al notar caliente la parte de mi costado en la que Cian se había dormido un rato antes.

La mesa baja estaba cubierta de los platos vacíos de la cena.

Delilah había cocinado unas hamburguesas espectaculares con una salsa de pepinillo con la que me había chupado los dedos.

Habíamos cenado los tres sentados en la alfombra, rodeando la mesa frente al televisor, en el que emitían un concurso musical donde versionaban canciones antiguas.

Cian miraba la pantalla con ojos atentos y nosotros nos habíamos involucrado en aquella dinámica la mar de dispuestos al percatarnos de que al niño le encantaba la música.

Luego llegaron las galletas, y los tres nos acoplamos en el sofá hasta que los minutos fueron pasando y Cian sucumbió a todo aquel ajetreo.

Cuando el presentador se despidió de la audiencia deseándole buenas noches, busqué el mando. Estaba en la mano de Delilah, que lo sujetaba mientras nos observaba de medio lado con una sonrisa tranquila y satisfecha iluminándole la cara.

Joder. Era preciosa. Y yo estaba tan agradecido porque nos hubiera invitado a pasar allí unos días...

—Será mejor que suba a acostarlo —anuncié mientras alzaba al niño con cuidado y lo cargaba con su cabeza apoyada en mi hombro.

—Te acompaño.

Apagó la televisión y anduvimos por aquel camino que ya habíamos surcado tantas veces años atrás, uno al lado del otro. El silencio que nos envolvía estaba resucitando esa electricidad fiera que habíamos desatado al reencontrarnos y que nos habíamos visto obligados a aparcar por Cian.

A oscuras, me adentré en la habitación que Delilah había preparado para él, con una cama individual, una ventana y un gran escritorio encajado debajo.

«Yo creo que aquí puede estar bien. ¿Te gusta, Cian?

—le había preguntado al niño un rato después de nuestra llegada, a lo que él había asentido muy tímidamente—.

Si quieres, mañana podemos ir a comprar algunos juguetes o juegos de mesa».

Y yo me había quedado anclado en aquella frase, porque nos había incluido en su mañana .

Delilah destapó las sábanas y coloqué a Cian sobre el colchón. Lo tapé y me detuve a observarlo. Parecía frágil, pero también parecía en paz, sereno. Un punto de luz cálida se encendió y vi que Delilah estaba de pie junto a la mesita de noche.

—Podemos dejarle esta luz encendida, por si se despierta por la noche —propuso.

—Buena idea.

Después, salimos de la habitación y cerré la puerta. Recuerdo que sonreía mientras la seguía por las escaleras. Recuerdo también que hasta ese momento no me había parado a pensar en que ella podía tener otros planes. Porque ahora Delilah tenía una vida en la que yo no estaba incluido.