Un amor inventado 4. CORAZÓN, ¿A QUIÉN LATES?
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4. CORAZÓN, ¿A QUIÉN LATES?

CORAZÓN, ¿A QUIÉN LATES?

Delilah

Los últimos días de febrero habían sumido la granja en una especie de letargo arrugado.

Parecía una postal que encerraba las ramas desnudas de los árboles y un conjunto de montículos blancos que la última nevada había dejado en algunos rincones.

Esa mañana, el despertador no había sonado, porque era el primer día de descanso después del ajetreo mediático que acarreaba ganar un óscar.

Eso había sucedido tan solo quince días atrás.

Así que se me habían pegado las sábanas y había bajado más tarde de lo habitual a servirme el primer café.

Pero ahora, ataviada con una gruesa chaqueta de pana, caminaba por el sendero en dirección a la linde de la propiedad, donde un par de trabajadores arreglaban el vallado que se había visto afectado por la nieve.

A pesar de las frías temperaturas, el sol brillaba con fuerza en el cielo, derritiendo los últimos resquicios del hielo.

—¡Hola, muchachos! —los saludé con ese ánimo renovado que proporcionaba la cafeína—. Podéis pasar, os he dejado café recién hecho.

—Gracias, señorita —me agradeció Juan, el encargado.

—Delilah —lo corregí.

—Eso. Delilah. —Sonrió, un poco abochornado—. Cuando terminemos aquí, entramos.

—Fenomenal.

Había trazado un plan para las próximas semanas: dedicarme a pasar tiempo en la granja, prepararla para el verano —estaba emocionada por las semanas que mi abuela pasaría aquí en agosto— y disfrutar de películas al lado de la chimenea con una taza de chocolate caliente.

Estaba pensando en cómo podía recompensar a los trabajadores que habían cuidado de la casa mientras había estado de gira cuando las ruedas de un coche acercándose me hicieron volver la cabeza.

Entonces observé cómo un jeep oscuro enfilaba el último tramo del camino de arena y se detenía en el apartado destinado al parking, bajo un conjunto de pinos que ahora apenas ofrecían sombras.

Empecé a caminar hacia allí, intentando averiguar quién se encontraba al volante, pero los reflejos del sol me lo impidieron. Hasta que la puerta se abrió y me quedé paralizada cuando divisé una mano cubierta de anillos que apareció antes que su cuerpo.

Antes que él .

Ronan salió del coche con una determinación que a mí me hizo temblar de sorpresa. Llevaba una chaqueta oscura y un gorro de lana en la cabeza, y sus ojos ya estaban puestos sobre mí antes de que yo me alzara hacia ellos.

¿Qué hacía él ahí en mi granja?

¿Podían aparecer las mariposas al final del invierno? En mi interior, desde luego que sí.

Ronan vino hacia mí, con pasos seguros y una sonrisa ladeada en los labios.

Unos labios que ni siquiera podía soñar con olvidar.

Me sumergí en su magnetismo, en los años que habían pasado por él con tanta gloria, en lo bonito que me estaba mirando en ese momento, en todo lo que un día habíamos sido juntos caminando por estas tierras.

No tardó en estar a un solo paso de mí.

Y yo solo pude abrir los brazos, para esperarlo, para volver a tocar su cuerpo después de tanto tiempo. Y para confesarle con mis manos cuánto lo había echado de menos, a pesar de que habíamos mantenido el contacto con llamadas, videollamadas y... también a través de emails.

—Delilah —jadeó él antes de enterrar su boca en mi cabello.

—Ronan... —Mi voz fue una plegaria—. ¿Qué...? ¿Qué haces aquí?

Seguimos abrazados, rodeándonos, respirando el aroma del otro, sintiendo cómo nuestros cuerpos encajaban y se sostenían.

—Yo solo... —empezó a decir, separándose apenas un poco para observarme desde arriba— necesitaba verte.

En los últimos meses, habían sido muchas las veces que le había propuesto que viniera a pasar unos días en la granja.

Pero él siempre lo había rechazado amablemente.

De lo único de lo que estaba segura después de todo ese tiempo era de que necesitaba tenerlo cerca.

Lo echaba tanto de menos que incluso dolía.

Y ahora estaba ahí, al alcance de mi mano.

No me lo esperaba, pero el chute de felicidad me había hecho que me olvidara del frío y de todo lo demás.

—Antes de entrar, quiero decirte algo.

Su cuerpo se irguió frente al mío. Sus ojos eran un reflejo de la importancia del momento.

—Vale —contesté yo.

Tan solo quería volver a abrazarlo, y si para eso tenía que escucharlo, lo iba a hacer, de buena gana y con la misma pasión de siempre.

—He vivido este sueño, Del —comenzó a hablar—.

Lo he disfrutado, lo he agradecido al cielo cada día.

Me encanta esta profesión, aunque también hay momentos duros, caóticos e incluso sacrificados...

, pero ha merecido la pena. ¿Cómo no lo iba a merecer?

Para mí, actuar significa lo mismo que para ti.

Es un antídoto. Un antídoto contra el dolor.

Y también es un instrumento para alzar la voz, como dijiste en tu discurso...

Pero lo que quiero decirte es que poder dedicarme a esto en primera línea es más de lo que un día me atreví a soñar.

—Su mirada brillante estaba sobre la mía, mi respiración a punto de alcanzar una cima—.

Pero... también quiero cumplir otros sueños, ¿sabes?

—Entrecerró los ojos y estudió mi semblante.

Yo estaba muy quieta, esperando que el calor que notaba en el estómago no fuera indicador de algo atroz teniendo en cuenta el frío que hacía.

Justo cuando me disponía a decir algo, Ronan abrió mucho los ojos y gruñó:

—¡Mierda! —Miró hacia el coche y se ajustó el gorro en la cabeza con cierta frustración—. Joder... Te he visto y me he olvidado de todo lo demás.

—Eh... Gracias, ¿supongo?

—Del, hay otra cosa que tengo que contarte antes. He venido con alguien.

Lo soltó de pronto, como si no fuera a dinamitar de un plumazo mi puñetera esperanza de volver abrazarlo, de sentirlo más cerca.

Cuando me había dicho que no iba a poder asistir a la gala porque tenía cosas más importantes, me había extrañado.

No había querido pararme a pensarlo, pero lo hice.

¿Esa cosa era alguien nuevo en su vida a quien había colocado en primer lugar esta vez?

No pude fingir que me estaba descomponiendo poco a poco, a pesar de que era una actriz ganadora del Óscar.

—No es eso, joder... —soltó él mientras hacía un gesto con la mano hacia el coche—. Es solo que... Es mejor que lo veas tú misma. Estoy bastante nervioso.

Contemplé su ceño fruncido sembrado de un terror anormal en él. Sorteé su cuerpo para tener una vista completa del jeep y entonces... entonces alguien salió del asiento trasero.

Alguien no. Un niño.

Un niño delgado con el pelo moreno y unos ojos azules casi transparentes con los que me había cruzado una sola vez a la salida de aquel centro.

Me llevé una mano a la boca, impresionada, al tiempo que daba un par de pasos hacia delante.

—Ronan... —lo llamé, conmocionada.

—Sí —contestó él—. Han sido muchos meses de entrevistas y papeleo para poder adoptarlo. Ya lleva un tiempo viviendo conmigo en Dublín y nos va tan bien que le han dado permiso para viajar. Se llama Cian.

—¿Dónde están sus padres? —pregunté, sin poder despegar mis ojos del niño.

—Su madre murió cuando él era solo un bebé —dijo Ronan—. Y su padre lo maltrataba... Ahora está en la cárcel.

—Por Dios, solo tiene...

—Sí, seis años.

Lo miré y noté como la rabia anidaba en mi interior.

—¿Por qué...? —No me salían las palabras mientras observaba cómo el niño se dirigía hacia nosotros con pasos lentos y vacilantes—. ¿Por qué...?

—¿Por qué no te lo he contado antes? —adivinó él—.

No era el mejor momento con todo el tema de la película.

Pero ahora la cosa se ha calmado un poco...

Ayer llegamos a Nueva York porque tenía una reunión con Tim y, no sé, esta mañana me ha parecido buena idea conducir hasta aquí para verte y contártelo y...

—Lo miré, a punto de llorar—. Él está solo, igual que lo estaba yo.

Y quiero ayudarlo, estar para él... En este tiempo ha estado viendo a psicólogos, pero aún tiene que procesarlo todo.

Es verdad que ha mejorado, pero quiero llevarlo a un especialista en ese tipo de traumas que encontré en Nueva York.

Una lágrima solitaria descendió por mi mejilla, pero me la sequé de un tirón con el dorso de la mano, porque Cian ya estaba frente a nosotros y no quería asustarlo de ninguna de las maneras.

—Ey, Cian —lo saludó Ronan con la voz más dulce del universo—. Esta es Delilah. Te he hablado mucho de ella...

Él no contestó y, por el fugaz gesto de comprensión que crucé con Ronan, supuse que no hablaba. Me arrodillé delante de él y le sonreí de la manera más cálida y más real que conocía. Y entonces el niño me miró fijamente y asintió con un movimiento casi imperceptible de su cabecita.

—Estoy muy contenta de que hayáis venido a verme, Cian.

Él seguía contemplándome y me fijé en el peluche de un cocodrilo que llevaba en una mano.

—¿Te gustan los animales? —le pregunté, con un interés vital.

El niño asintió de nuevo después de mirar a Ronan para recibir su aprobación.

—¿Sí? Pues esto es una granja, y hay caballos y todo —le conté—. ¿Te gustan los caballos?

Cian volvió a mover la cabeza en un gesto afirmativo, en esta ocasión con más atención, abriendo sus grandes y preciosos ojos de par en par.

Y creo que esa fue la primera vez que me sentí en absoluta plenitud con la vida.

Cuando le saqué aquella ilusión naciente a un niño que había sufrido tanto.

Aquello me estaba destrozando por dentro, pero sabía que me iba a esforzar por convertir ese día en uno de los mejores de su existencia.

—¿Sabéis, chicos? —los llamé poniéndome en pie y dándome unas palmaditas en los muslos. Cian se acercó a la pierna de Ronan y le cogió de la mano—. Dentro tengo masa preparada para hacer repostería. ¿Os apetece que cocinemos galletas rellenas de chocolate?

—Eso suena de muerte, Del —añadió Ronan—. ¿A que sí, chico? Delilah debería saber lo mucho que te gusta el dulce, ¿eh?

El niño volvió a asentir otra vez.

Y los tres empezamos a recorrer el camino que conducía a la casa.