Un amor inventado 2. UN VESTIDO COLOR AGUAMARINA
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2. UN VESTIDO COLOR AGUAMARINA

UN VESTIDO COLOR AGUAMARINA

Delilah

Los fotógrafos solo veían a la gran estrella envuelta en ese vestido largo palabra de honor que replicaba el color exacto de sus ojos.

Los largos guantes de gasa blanca cubriéndole los brazos más allá del codo.

Y ese lazo encajado en la parte posterior de la cabeza, sobre la melena de ondas doradas, que se convertía en un suave velo que caía por el suelo a unos metros tras ella.

Todos observaban a la actriz. El brillo que era la fama. La importancia del instante y de la pose adecuada. Una sola cara de la moneda.

«¡Delilah, aquí!».

«¡Esta noche estás espectacular!».

«¡Suerte, Delilah!».

Yo sonreía.

Les devolvía los mejores ángulos para que me retrataran sirviendo al espectáculo.

Ellos veían a la mujer que tocaba los cinco picos de una estrella.

Porque así funcionaba el mundo. Lo que quedaba sobre la superficie nos deslumbraba, nos hechizaba los ojos, eran imágenes que interiorizábamos como la verdad más absoluta.

Como lo verdaderamente real . Pero una imagen solo era un destello.

Era algo material, y también algo que estaba destinado a perdurar.

Era algo bello, bellísimo, como esas estatuas de mármol helenísticas, como la Victoria de Samotracia .

Pero no era algo auténtico. Porque lo real era lo que se escondía debajo, en el submundo de nuestro cuerpo.

Eran el alma, las emociones y esos sentimientos que nunca se podrían definir.

Lo real era tan perecedero que precisamente ahí residía su poder más absoluto.

¿Quién no creía en la magia de que un momento pudiera convertirse en el último?

Lo real era esa pulsión entre hueco y hueco de las costillas, la voz que a veces no alzábamos, un corazón solitario retumbando en las madrugadas.

Ellos veían a la gran Delilah Williams en una cima construida sobre oro, fama y poder.

Pero yo solo era una chica más, emocionada porque su abuela la acompañara en un momento tan especial como ese.

Odessa se había quedado a un lado, tan elegantemente vestida que incluso la animé a que posara conmigo.

La tomé de la mano y las arrugas que palpé con la yema de los dedos me recordaron cuán efímero era todo.

Las dos sonreímos colmadas de felicidad y nos abrazamos ante los estallidos de los flashes.

Con un gesto de veneración absoluta, la señalé para otorgarle el protagonismo que merecía.

Y sentí vibrar sobre mi cuello el collar de diamantes que me había regalado esa misma tarde.

Su collar, su bien más preciado, el que también había sido el favorito de su hijo, de mi padre.

La luz de su semblante eclipsaba todo lo demás, también el hecho de que esa noche estaba viviendo mi segunda nominación a los Óscar, en esa ocasión como mejor actriz protagonista. Pero no importaba. Nada importaba porque yo me sentía real. Y ese era el mayor logro de mi vida.

Cuando mi abuela se apartó y me pidieron una última pose, pensé en él.

Lo cierto era que yo también echaba de menos a Ronan en las alfombras rojas, al igual que me había dicho él que le sucedía conmigo en uno de sus correos electrónicos.

Lo buscaba como cuando el frío llamaba a la nieve, como si fuera un acto trascendental.

Pero él me había asegurado que esa era mi noche y que nadie me podía impedir disfrutarla.

Ni siquiera ese pensamiento invasor que se repetía en mi cabeza una y otra vez.

Que, para él, ahora existía alguien mucho más importante que yo. Y que su propia carrera.

El auditorio se quedó en completo silencio. Un remolino de nervios me trepó por todo el cuerpo y, antes de que pudiera controlarlo, me vi postrada ante una cúspide desconocida a la que solo tenía acceso la voz del presentador.

—Y el Óscar es para... —el sonido de la rasgadura del sobre se coló entre los huecos de expectación— ¡Delilah Williams!

La cúspide desapareció bajo mis pies y caí entre los aplausos, los vítores y el estallido por entero del teatro. Me arrojé a los brazos de mi abuela, que lloraba, que sonreía, que, con labios temblorosos, me susurraba al oído: «Estoy tan orgullosa de ti, niña bonita... Te lo mereces».

Caminé hacia las escaleras que conducían al escenario en medio de la ovación de compañeros actores, directores y trabajadores del gremio.

Intentaba controlar la satisfacción que sentía por haberle dado a Leyes del submundo la oportunidad de brillar gracias a este increíble reconocimiento.

Y no sabía el motivo, pero, antes de subir los siete escalones y aceptar la mano que me ofrecían, recordé ese día en el que Ronan y yo habíamos visitado los páramos de Yorkshire.

Aún no nos conocíamos, pero ya por ese entonces orbitábamos alrededor del otro.

Yo, tirada sobre la tierra húmeda y manchada de fango.

Él, sacándome una instantánea con su cámara de fotos.

Y ahora sostenía la estatuilla de oro entre mis manos.