17. ATRAVESAR LA FRONTERA
ATRAVESAR LA FRONTERA
Ronan
Siempre existía un momento sagrado durante el rodaje de una película.
Era cuando se grababa la escena más emblemática que aparecía en el guion.
En el caso de Leyes del submundo , esa secuencia mostraba el regreso de Mona a su piso para caer en la tentación después de varias semanas sin consumir, no sin antes luchar contra ella misma durante unos aterradores minutos para intentar reprimirse.
Era una escena difícil, bastante cruda, que además se iba a rodar en un plano secuencia largo y opresivo.
La cámara seguía por todo el apartamento a Mona, en medio de un ataque de mono, y se quedaba anclada en su rostro, hasta que la locura ascendía a lo más alto y terminaba inyectándose un chute de heroína.
El operador de cámara estaba preparado, los eléctricos en sus posiciones bajo los focos de luz, y el ayudante de dirección esperaba una orden mía para llamar a Delilah.
Pero yo quería darle todo el tiempo que ella necesitara, a pesar de que ya había pasado más de media hora desde que se había encerrado en el camerino.
Y empezaba a preocuparme. La tensión y el silencio que reinaban dentro del set por el respeto que profesábamos hacia esa escena tampoco ayudaban.
Cuando me disponía a levantarme para ir a buscarla, la puerta se abrió y Delilah caminó hasta colocarse en su primera posición.
Intercambió un par de palabras con el operador de cámara, asintió con la cabeza, y yo mandé prepararse a todos los demás.
Antes de gritar «¡Acción!», me detuve a observarla unos segundos y la garganta se me cerró.
No podía tragar. Me impactó tanto su aspecto físico que me llevé una mano al pecho para intentar que mi corazón se tranquilizara.
Las clavículas se le marcaban sobre la piel como si quisieran huir de su cuerpo, y tenía los pómulos más afilados que nunca.
Era evidente que había adelgazado, pero hasta ese momento no había vislumbrado cuánto.
La aguamarina de sus ojos estaba tan perdida dentro de ella que me pareció otro color, otro universo, algo lejano que ninguno de los que estábamos allí podía alcanzar.
Delilah esperaba que yo gritara la orden, clara y concisa, para comenzar a rodar la primera toma.
Lo hice. Y los demás recibieron mis instrucciones y empezaron a llevar a cabo lo que habíamos ensayado hacía unas horas.
Pero la desazón que notaba en mi estómago no se difuminó.
En lugar de eso, se acrecentó mientras contemplaba a Delilah dentro del proceso interpretativo de aquella escena.
Cuando en un set de rodaje la cámara empezaba a grabar, había un único mantra: el silencio.
Pero en este caso el silencio, que solo era violado por los gruñidos, los aspavientos y las maldiciones de Delilah, se volvió algo demasiado abrumador para poder sentirse cómodo dentro de él.
La actriz iba de un lado a otro, con la cámara tras ella, abandonándose al movimiento enloquecido de su cuerpo, a la desesperación expresada en sus jadeos.
Unos ojos desorbitados que buscaban un elixir que la dejaba al mismo filo de la muerte.
Delilah abrió un cajón de golpe y luego se tiró del pelo como represalia.
Cerró el cajón. Volvió a abrirlo. Volvió a cerrarlo.
Se acostó en la cama y empezó a patalear, a gritar desesperada.
Se cayó al suelo y se llevó una mano al cuello en un intento por asfixiarse mientras unas gruesas lágrimas se le desbordaban de los ojos.
Yo sencillamente me había quedado petrificado, sin poder reaccionar, asistiendo a ese momento en el que una actriz conseguía conectar con el trasfondo de la película y se lanzaba a un vacío del que no regresaba.
Observé apesadumbrado cómo su mano se alzaba hasta el cajón y lograba alcanzar la cajita.
Cómo luego empezaba a prepararse un chute con las manos temblorosas y el llanto mojándole la piel.
Eché una ojeada a mi alrededor. Todos los integrantes del equipo estaban boquiabiertos, absorbidos por la escena tan potente que se estaba desarrollando ante nuestros ojos.
No me había dado cuenta de que mi respiración funcionaba a trompicones hasta que la aguja atravesó la trampa de piel que le habíamos maquillado en la cara interna del codo.
Tenía ganas de caerme al suelo, de llorar yo también, de gritar.
De volver atrás en el tiempo y pegarme un tiro en la mano para no escribir nunca este guion.
Para no ver nunca a Delilah en esa situación.
Porque yo la había puesto allí. Era tan real que el silencio se mantuvo después de que ella se desconectara de la escena y se quedara con la mirada fijada en el suelo.
Ni siquiera emití un «¡Corten!», solo caminé hasta donde estaba sentada con la espalda recostada a un lado de la cama y caí de rodillas. Sus ojos me miraron y yo perdí la razón de ser.
—Joder... —murmuré, absolutamente perdido—. Del... Eso ha sido... ¿Estás bien?
Estaba tan jodidamente preocupado que de repente todo encajó en mi mente: Delilah estaba yendo un paso más allá en este proyecto. No lograba salir del personaje y se estaba consumiendo. Ella asintió ante mi gesto de preocupación.
—Ha sido increíble —le dije—. ¿Te has lastimado? Déjame revisarte el brazo, te has pegado un buen golpe.
—No es nada —comentó ella con una voz que no era la suya—. Déjame cinco minutos para recuperarme y volvemos a hacer la toma dos.
—¿La toma dos? —Mi desconcierto sonó sincero—. No vamos a rodar otra toma. Ha sido perfecta. Y Mark está revisando el vídeo por si ha habido algún error con el foco. Pero ha sido inmejorable, Del.
Delilah levantó la cabeza y me arrolló con sus ojos enloquecidos.
—Vamos a hacer todas las tomas que necesite. Aún puedo dar mucho más, Ronan.
Tal como lo dijo, se levantó y desapareció de nuevo dentro del camerino.
Y yo no pude replicarle nada. Después de aquello, hicimos otra toma más.
Y otra. Y otra. Y otra más. Hasta que perdimos la cuenta.
Todas eran espectaculares. Incluso algunos miembros del equipo me pidieron salir fuera porque no podían soportar un minuto más observando aquello.
Yo les dejé porque no sabía qué hacer. Delilah había desaparecido y no sabía cómo hacerla regresar.
Entonces, en la última toma, repitió la misma danza enloquecida encima de la cama y, cuando le tocó tirarse al suelo, su frente impactó contra el pico de la mesita de noche y se desplomó sobre la alfombra.
Salté de la silla y, en menos de un segundo, tenía mi mano bajo su cabeza.
Sangraba.
Se había abierto una brecha en el nacimiento del pelo y tenía los ojos cerrados.
—¡¿Del?! —la llamé—. Tranquila, estoy aquí, ¿vale?
La chica de producción que se había convertido en la sombra de Delilah se sentó a nuestro lado. Los demás asomaron sus cabezas preocupadas por encima de nosotros, congregándose a nuestro alrededor en un silencio sepulcral.
—Toma. —Me tendieron una toalla que le presioné sobre la frente.
—¿Del? —la llamé de nuevo, y grité hacia atrás—: ¡Hay que llamar a una ambulancia!
Sus ojos se abrieron y se posaron sobre los míos. El alivio que me inundó rivalizó con mis ganas de empezar a destrozar todos los muebles de aquel lugar. Se había puesto en peligro. Yo la había puesto en peligro. Y ni siquiera había sido capaz de parar esa locura. ¿Qué mierda de director era?
—Tranquila, ya viene la ambulancia.
—¿¡Qué!? —gritó alzando una ceja y arrugándose por el dolor—. ¡No voy a ir al hospital! ¡Hay que hacer una toma más, Ronan! Esta puede valer porque el golpe habrá quedado increíble en cámara, pero no tenemos grabado el final...
El mundo se derrumbó bajo mi cuerpo y seguí presionando la toalla contra su frente. ¿Acaso se había vuelto loca...? Aquello tenía que parar, joder.
—Nos vamos a ir al hospital ahora mismo, Del. Digas lo que digas.
—¡Me dijiste que tenía poder de decisión!
—Sí. Lo tenías. Hasta que has decidido que es más importante una puñetera escena que tu propia seguridad. Te has dado un buen golpe.
—¡Déjame levantarme ahora mismo!
—No es buena idea, Del... —la avisaron desde atrás—. Podrías marearte y caerte de nuevo.
—Entonces podría utilizarlo en la propia escena.
—¡¿Quieres parar, joder?! —le pedí con el tono más duro que había utilizado hasta el momento.
—Pero, Ronan...
—Voy a cogerte y voy a llevarte al hospital para que te examinen ahora mismo. Y, como te atrevas a contradecirme, no vuelves a entrar por la puerta de este set. ¿Lo has entendido?
Movió la cabeza levemente para asentir y luego, arrugando los labios, se llevó un dedo hacia donde se encontraba la herida.
Tres horas después, aparqué en el garaje de mi edificio. Saqué las llaves del contacto, me recosté sobre el asiento y suspiré profundamente, como si me hubiera quitado de encima un bloque de cemento.
—¿Ves cómo no era para tanto, señor director? —ironizó Delilah desde el asiento del acompañante—. Solo han sido tres puntos y ni siquiera me va a dejar cicatriz... Y, como está justo debajo del pelo, tampoco habrá fallos de rácord ni nada por el estilo.
Giré la cabeza y me encontré con esa sonrisa suya tan espectacular, a la que obviamente no correspondí con ninguna de las mías.
—¿Qué? —preguntó ante mi evidente animadversión.
—Tú y yo tenemos que hablar.
—Vale, subamos entonces.
Delilah se apresuró a abrir la puerta, pero yo le puse una mano en la rodilla para detenerla.
—Ah, no. —Negué con la cabeza—. Vamos a hablar aquí, dentro del coche, porque no quiero que en casa corras a esconderte detrás de una puerta huyendo de las verdades.
En ese mismo momento, Delilah se encogió sobre su asiento percibiendo la tensión que habitaba dentro del vehículo.
No es que quisiera reprenderla, pero había llegado demasiado lejos.
Yo había tenido bastante tiempo para reflexionar durante las pruebas médicas que le habían hecho y que, afortunadamente, habían salido bien.
Solo quería dejarle claras un par de cosas.
Como por ejemplo que, para mí, ella era lo más importante.
Porque era evidente que caminaba en una dirección muy diferente, encantada de autoengañarse cada día un poco más.
—¿Eres consciente de que hemos estado a punto de tener un auténtico disgusto? —dije en medio del silencio. Ella no contestó, así que le pregunté directamente—: ¿Qué es lo que estás haciendo, Del?
—¿Actuar? —Ah, no. No me iba a salir con esas.
—¿Por qué estás haciendo todo esto? ¿Por qué estás yendo mucho más allá del texto con este papel? ¿Por qué estás haciendo esa dieta del demonio con la que pierdes peso cada día, joder?
—Porque Mona es una adicta, Ronan. Está delgada, demacrada; es una actuación bastante física, y lo sabes.
—¿Te he puesto yo en algún momento esas condiciones?
—quise saber casi susurrando, porque teníamos un verdadero problema si Delilah se estaba perdiendo en pos de una excelente interpretación—.
Estoy enamorado de tu trabajo, de cualquier papel que hayas interpretado, confío plenamente en ti. ¿Acaso quieres demostrar algo?
—Amo actuar, Ronan —reconoció ella—. Quiero darlo todo. No quiero dejarme fuera nada.
—Yo también amo actuar, Del, pero hay un límite. Hay una línea que no podemos traspasar. Lo de hoy no puede volver a ocurrir. Y yo no estoy de acuerdo con que te autoexijas de ese modo tan destructivo.
—Creía que eras del método .
—Antes de ser del método , soy una persona, ¿sabes? Y resulta que me importas más que esta puñetera película.
—Pero... —Casi no llegué escuchar su hilillo de voz—. Es tu película, Ronan. Es tu sueño. Todo lo que amas.
—¡Tú eres más importante que todo eso, joder! —exclamé alterado—. Tú eres más importante que cualquier película, que cualquier escena, que cualquier cosa, Del... Y lamento mucho si alguna vez te hicieron creer lo contrario.
—Pero, Ronan...
—No sigas. —Me llevé las manos a la frente y me la froté, molesto con el hecho de que Delilah creyese que mi prioridad fuera otra jodida cosa antes que ella—.
Voy a ser muy claro, ¿vale? Si no cambias esta dinámica, no me va a temblar el pulso a la hora de cancelar el rodaje.
Viéndote con esa herida, lo haría ahora mismo.
—No te atreverás...
—¿Por qué eres así? —la interrumpí—. ¿Por qué te haces esto? Superaste toda la mierda a la que te sometió tu madre para que fueras actriz de pequeña... No tienes que maltratarte para lograr la excelencia, Delilah. Ya eres perfecta. Lo eres, joder.
Busqué su mirada y por fin, por fin , encontré en ella esa compresión que fluía como algo esencial entre nosotros. Pero quería asegurarme de que lo entendiera de verdad.
—Ella nunca tuvo razón, no necesitas sufrir para brillar.
Me quebró observarla con ese aspecto, porque no sabía quién era, si era Mona, si era Delilah, o si sencillamente era alguien que se había perdido y al fin veía algo de luz.
—Ahora deberíamos descansar —sugerí, dando por terminada la conversación.
Salimos del coche y subimos a mi apartamento en el más absoluto de los silencios.
Como era de esperar, ella se encerró en su habitación.
Yo, en cambio, me quedé sentado en el sofá con una copa de whisky entre las manos, rememorando una y otra vez el momento exacto en el que Delilah se había golpeado la cabeza y se había desplomado sobre el suelo.
Aquella fue la única ocasión que pensé que quizá no había sido buena idea ofrecerle ese papel.