Un amor inventado 12.LOS OJOS MÁS TRISTES DEL MUNDO
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12.LOS OJOS MÁS TRISTES DEL MUNDO

LOS OJOS MÁS TRISTES DEL MUNDO

Delilah

En el interior, el centro de acogida no tenía nada que ver con el edificio bajo de color amarillo y rodeado por un jardín que habíamos visto a la entrada.

Dentro, el color gris de las paredes se había impuesto y las ventanas escaseaban.

Era la primera vez que estaba en un lugar como ese, por eso pensaba que era imprescindible conocerlo para saber más sobre mi personaje.

Tragué con pesadez cuando recordé el poco entusiasmo que había mostrado Ronan cuando el día anterior le había pedido que me llevara allí.

Él me había dicho que no hacía falta, que con los recuerdos y las vivencias que había compartido conmigo era más que suficiente.

Pero le insistí, tanto que terminó por aceptar y acelerar nuestra visita.

No es que el sitio estuviera mal o descuidado, pero sí me pareció que era un sitio desprovisto de identidad, de esas cosas indefinibles e invisibles que determinan lo que es un hogar.

Allí no había un aroma propio, solo un olor lejano a humedad que, junto con la poca luz que se filtraba del exterior, le atribuía al lugar una atmósfera desoladora.

Las paredes del pasillo por el que avanzábamos Ronan y yo estaban vacías y el ruido de fondo que nos llegaba de las otras estancias me hacía suponer que allí el silencio no tenía cabida.

Nunca había estado en un centro de acogida, pero aquel me pareció un establecimiento frío en el que ningún niño desearía vivir.

Cuando llegamos a un recibidor que salvaguardaba un par de despachos conectados por cristaleras, Ronan me buscó con la mirada. Debió de verme la desazón reflejada en el semblante porque antes de llamar a una de las puertas me dijo:

—No es tan malo como parece, Del.

—Fue aquí donde estuviste, ¿verdad?

—Sí —admitió—. Y sé que no es acogedor, ni cálido, y que obviamente es difícil adaptarse a un entorno como este, pero me trataron bien...

La noche anterior, Ronan me había contado que había pasado algo más de un año en uno de esos centros en su adolescencia antes de que una familia lo acogiera, y que aquella etapa no había sido nada fácil para él.

Pero ya no era ese niño, ahora era un hombre exitoso a punto de llamar a la puerta de un despacho, aunque yo podía vislumbrar la tristeza invisible que se le había instalado en los ojos.

Una voz nos invitó a pasar desde el interior y lo seguí hasta que estuvimos sentados frente a una mujer mayor que miraba a través de unas gafas de las que colgaba una correa de sujeción.

—Ronan —lo saludó atenazando sus arrugas con una sonrisa centelleante—, ya me comentó Sophie que ibas a venir hoy.

—Hola, Bertha —respondió él—. Ella es Delilah, la actriz que va a protagonizar mi película.

La mujer me tendió la mano por encima del escritorio y yo se la estreché con amabilidad.

—Encantada de conocerte, Bertha.

—Muy bien, contadme, chicos —dijo con ganas—. ¿Qué os trae por aquí?

—Delilah quería conocer de primera mano cómo funcionan este tipo de centros en Irlanda, para tener una idea más clara del contexto de la historia y de mis primeras vivencias aquí...

—Bueno... —comenzó a hablar la mujer—. Tengo que empezar diciendo que en este país el sistema de protección de menores está muy controlado y que normalmente el modelo que se prioriza por encima de los demás es la acogida familiar del menor, pero también existen centros residenciales como este donde los menores se instalan mientras su situación se regula y se normaliza.

Aquí contamos con un equipo de trabajadores sociales muy profesionales que se aseguran del cuidado de los chicos, de velar por su seguridad y sus derechos.

También ingresan niños que tienen otro tipo de problemas y para los que es un poco más complicado buscar un hogar...

—¿Qué tipo de problemas? ¿Y cómo ayudáis a esos niños desde aquí? —me atreví a preguntar.

Con el rabillo del ojo, vi que Ronan me miraba.

—En todo el tiempo que llevo trabajando en el centro, y ya son muchos años...

, nos hemos encontrado con todo tipo de situaciones.

Hay menores que vienen de un entorno familiar muy inestable pero que bajo ninguna circunstancia quieren separarse de sus padres, por lo que es complicado hacerles entender, a esas edades, que aquí velamos por su bien...

—Asentí, atendiendo a Bertha con los cinco sentidos—.

A veces nos llegan niños y niñas que han estado en situaciones traumáticas y de cambios constantes a lo largo de su vida y, por eso, acaban llenos de inseguridad.

Y un porcentaje bastante alto de ellos arrastran problemas psicológicos durante toda su vida.

Luego tenemos a menores que se quedan huérfanos y no tienen la opción de que un familiar los acoja, como era el caso de Ronan...

—Lo miró con una sonrisa prudente mientras yo me preparaba para preguntar de nuevo.

—¿Y trabajáis mano a mano con psicólogos que ayuden a los menores a afrontar esas dificultades?

—Por supuesto. Estamos en constante contacto con médicos psiquiátricos, psicólogos y abogados que velan por su salud y sus intereses. Y su trabajo resulta fundamental.

—¿Es duro despedirse de esos niños que durante un tiempo han dependido de vosotros?

—En parte, sí, tal vez... Siempre nos ponemos contentos cuando acogen a los niños, por supuesto.

Es cierto que te quedas con la pena de no saber más de ellos, como con Ronan.

—Bertha se quitó las gafas y se miró las manos, pensativa—.

Pero es mucho peor ver cuando un chico de dieciocho años, que aún no está preparado para afrontar la vida, pierde toda la ayuda pública y tiene que salir por esa puerta...

Hasta ese momento no había pensado en aquello.

En esos niños que de repente se veían lanzados a una vida en soledad sin ningún apoyo.

Y miré a Ronan, que había fijado su atención en uno de los tablones que bañaban aquel despacho.

Quizá su pasado seguía con él. Seguro que así era, igual que el mío aún me perseguía algunas noches.

Y de pronto caí en la cuenta de que, para aquella película, Ronan estaba rememorando cada episodio de su desafortunado pasado.

Un pasado que le dolía, que había significado tanto para él, que lo había moldeado de un modo atroz.

Para él, esa experiencia había sido real.

No como para mí, que quería indagar más y más, conversar y curiosear al borde de unas vidas que me resultaban lejanas.

Pero Ronan había tenido que bucear mucho en su interior, en sus recuerdos, descubrirse sus capas una a una. ¿Cómo le habría afectado eso?

Alguien llamó a la puerta y, un segundo, después, abrió. Una mujer de mediana edad con un uniforme celeste buscó a Bertha con la mirada.

—Bertha, nos necesitan dentro de un rato para un nuevo ingreso —anunció soplándose el flequillo para aliviar su sofoco.

—Muy bien, Kristin. Termino de enseñarles rápidamente las instalaciones y estoy con vosotros. —Bertha se levantó de la silla y nos habló directamente a Ronan y a mí—. ¿Me acompañáis, chicos?

Durante un rato, seguimos a Bertha con diligencia mientras nos mostraba los entramados de aquel centro y su funcionamiento.

Nos condujo a través de un gran comedor donde almorzaban y cenaban los que vivían allí, hasta que llegamos a una sala con varios sofás viejos y mesas de tamaños desiguales repartidas por la estancia.

Nos dijo que aquella era la sala de estar, donde jugaban, donde se reunían a descansar y donde veían la pequeña televisión que colgaba de lo alto de una de las paredes.

También nos enseñó un par de aulas con pupitres verdes y una pizarra en el frente, que era donde se impartían algunas clases y talleres.

Atravesamos los pasillos donde se encontraban los baños y que conducían a las habitaciones.

Bertha nos mostró un par de ellas que en ese momento estaban libres.

Se trataba de unos pequeños habitáculos con una ventana, varias literas, un par de escritorios y un armario compartido.

Mientras Bertha y Ronan continuaban hablando y poniéndose al día, se me iba formando un nudo en la garganta que cada vez sentía más y más enredado.

Más y más grande a cada minuto que pasaba allí dentro.

Los chicos y las chicas con los que me había cruzado eran diferentes entre ellos, en cierto modo.

Pero todos tenían algo en común que me había llamado la atención: parecían mucho mayores de lo que eran.

Y de aquello se trataba todo. La vida golpeando fuerte a alguien cuyo cuerpo aún ni siquiera ha terminado de estirarse.

Me pareció injusto.

Y notaba cómo algo rugoso e incómodo se fraguaba lentamente dentro de mí.

Lo siguiente que supe fue que estábamos en la puerta y que Bertha se despedía de nosotros. Tuve que reaccionar poniendo buena cara y volviendo a la carga con otra de mis preguntas:

—¿Cómo era Ronan de adolescente, Bertha? —dije con un amago de sonrisa que no sentía.

—Era especial —contestó—. Igual que todos nuestros chicos.

La mujer se despidió con premura y nos dejó en el exterior de aquel centro, delante de la fachada de color amarillo. Ronan no tardó más de un segundo en percatarse de que algo me sucedía.

—¿Del? —me llamó, quedándose frente a mí y mirándome a los ojos—. ¿Estás bien?

—Sí... —murmuré—. Es solo que... No sé, nunca me he parado a pensar en nada de esto, y me siento mal por no haber sido consciente.

—No es tu culpa...

—Ya lo sé, Ronan. Pero es injusto. Lo que te pasó también lo fue.

Ronan me miró con el ceño fruncido mientras una preocupación naciente me aceleraba la respiración, hasta que me percaté de que estaba a punto de hiperventilar.

Aparté la vista y observé el horizonte que encerraba una calle secundaria en la que había un par de coches aparcados.

Necesitaba hacer desaparecer el nudo. El nudo que lo contenía todo.

El nudo que sabía que podía ser útil para interpretar a Mona.

Un nudo que tal vez no olvidaría jamás. Enterré la mano en mi bolso y saqué un cigarro.

Lo encendí, le di una calada y empecé a negar.

—Voy a traer el coche, ¿vale? Tú espérame aquí —me avisó Ronan.

Yo ya me había olvidado de él, caminando de un lado a otro como me encontraba, perdida en mis propios pensamientos. Las caladas me hacían permanecer en una realidad a la que no estaba sujeta, y poco a poco me fui calmando.

Apoyé la espalda en la pared de la fachada y respiré hondo durante un minuto.

Cerré los ojos y, cuando los volví a abrir, un coche se detuvo en la carretera frente al jardín.

Pero no era el de Ronan. De él se bajaron un par de policías y una mujer trajeada y con el pelo recogido que sostenía varias carpetas en la mano.

Los observé mientras sacaban a alguien de aquel vehículo.

Se dirigieron hacia el centro mientras la mujer miraba hacia atrás para comprobar que ese alguien la seguía.

No fue hasta que estuvieron a unos metros de mí cuando lo vi.

Y el nudo se me hizo más grande.

Un niño de unos cinco o seis años, con unas piernas demasiado delgadas y con el pelo demasiado largo, caminaba con la cabeza agachada y con un cabestrillo envolviéndole un brazo.

El cuerpo se me tensó contra la dureza de la pared y el nudo ya era gigante.

Tanto que parecía un collar de hierro fundido apretándome el cuello.

La mujer sacó un papel de una de las carpetas y empezó a leerlo mientras continuaba caminando.

—Vamos, chico, ya casi estamos —le apuró con cariño.

Entonces el niño levantó la cabeza y lo vi.

Gran parte de una de sus mejillas estaba de un color morado casi negro, y su labio inferior estaba hinchado y enrojecido.

El collar me apretó el cuello aún más cuando me pregunté quién podría haberle hecho eso a aquel niño.

Era diminuto, tan diminuto que sus zapatos parecían cinco tallas más grandes que sus pies.

Cuando los adultos que lo acompañaban llegaron a mi altura y se pararon ante la puerta de entrada, aquel niño giró la cabeza en mi dirección y me clavó su mirada vacía y ausente.

Y el collar sobre mi garganta, que no paraba de apretar más y más, se convirtió en unos preciosos y enormes ojos azules, unos ojos que eran un vistazo al fondo del mar y que también eran los ojos más tristes del mundo.