11. AL PACINO, Y ELLA
AL PACINO, Y ELLA
Ronan
Toc, toc, toc.
Llamé a la puerta de su habitación después de haberme pasado la última media hora dándome auténticos puñetazos mentales.
Era evidente que me había propasado con la reprimenda.
Ella era mayor de edad y, además, no quería saber nada de mí más allá de lo meramente profesional.
¿Por qué iba a informarme entonces de sus planes?
—Pasa —me invitó su voz desde el interior.
Cuando abrí la puerta me la encontré tumbada en el sillón rojo con el guion en la mano. Las páginas estaban separadas y manoseadas, por lo que el manuscrito parecía tener un grosor mucho mayor. Y admito que me pellizcó por dentro comprobar que Delilah no se separaba de algo que yo había escrito.
—Lo siento mucho —me disculpé cortando el hielo—. De verdad, me he pasado. Lo siento.
—Vale.
Delilah cerró el guion y lo dejó sobre la mesita de al lado.
—¿Te apetece...? ¿Te apetece ver una película? —Me miró en medio del silencio y yo me arrugué por dentro—. En realidad, es una de las referencias que tengo a la hora de hacer esta película...
—Vale. —No le hizo falta saber nada más para saltar del sillón y apresurarse a salir por la puerta para seguirme.
Al llegar al salón, yo también me di prisa en coger el mando y poner Pánico en Needle Park , de Jerry Schatzberg.
Nos sentamos en el sofá y dejamos que la película pasara por nosotros mientras la oscuridad nos sumergía en su quietud.
Ya me sabía la cinta de memoria, cada escena, cada plano, cada diálogo entre los protagonistas...
Así que me concentré en observar cómo Delilah reaccionaba a cada una de esas cosas.
Por fin comprendí que no era que no la hubiera olvidado en todos esos meses en los que no habíamos sabido el uno del otro, sino que ahora, al tenerla frente a mí, junto a mí, me estaba enamorando todavía más.
Y, al parecer, estaba cayendo de un modo demasiado profundo, porque cuando su hombro rozó el mío sin ninguna intención temblé como una hoja ante una ventisca. ¿Qué cojones iba a hacer?
—¿Qué...? ¿Qué acabo de ver? —murmuró Delilah un rato después ante una pantalla negra que indicaba que la película había terminado.
—Al puñetero Al Pacino en el mejor papel de su vida.
Ella me miró con una perplejidad desbordante surcándole ese ceño que yo me quería tatuar en el puto corazón. Le brillaban los ojos. Le temblaba un poco el cuerpo.
—Ha sido increíble —reconoció—. Pero creo que necesito recuperarme.
La sorpresa me trepó por la garganta y me obligué a permanecer callado durante el rato que le llevó calmar su respiración mientras yo... mientras yo la observaba sin más.
—He echado de menos esto —solté—. Tú y las películas...
—Yo también.
Y ya no pude reprimirme más. En un impulso lento, alcancé su mano, la acogí entre las mías y empecé a acariciarla con la punta de los dedos . Su piel estaba fría, la mía ardiendo, y solo quería que sintiera todo mi amor sobre la palma de su mano.
—Ronan... —sus dedos apresaron los míos deteniendo mi vaivén—, es mejor no mezclar las cosas cuando tenemos tanto entre manos. Estamos al mando de un gran proyecto.
Con un movimiento temeroso, me aparté de ella y me recosté contra el respaldo del sofá. No podía mirarla. En parte porque tenía razón. En parte porque su rechazo me había arañado el corazón.
—Está bien —cedí—. Solo déjame decirte que para mí esta película lo es todo. ¿Sabes por qué la escribí? ¿Por qué siento la inmensa necesidad de llevarla a la pantalla?
—¿Por qué? —Sus ojos me escuchaban, atentos, preciosos, de ese verde o de ese azul aguamarina.
—Porque creo que la mejor manera de honrar a alguien es convirtiéndolo en arte. Y quiero convertir a mi madre en arte.
Delilah me abrazó antes de que mis párpados se plagaran de lágrimas.