Un amor inventado 8. YA NO SOMOS LOS MISMOS
81%

8. YA NO SOMOS LOS MISMOS

YA NO SOMOS LOS MISMOS

Delilah

Los débiles rayos de sol que entraban por la ventana dibujaban sombras geométricas sobre el armario.

En el segundo parpadeo del nuevo día, recordé dónde me encontraba.

Con quién. Esa era la habitación de invitados del nuevo apartamento de Ronan.

Cerré los ojos un par de veces más, estirando todo lo posible ese momento de paz bajo las sábanas, aún con el cuerpo empachado por el sueño y el jet lag .

Aquella cama me había engullido y el descanso me había alcanzado a pesar del reencuentro de la noche anterior.

Había vuelto a ver a Ronan O’Connell.

Mi corazón lo reconocía aún, como esa vieja golondrina que regresaba a su hogar por primavera.

Con un aspecto más curtido y vestido con una chaqueta negra diferente a la que siempre llevaba, estaba más silencioso de lo habitual.

Su aire melancólico se había acentuado en todo este tiempo, pero sus ojos eran los mismos.

Dos esferas oscuras que suplicaban atención.

Pero yo estaba allí con un único propósito: actuar en Leyes del submundo .

Y no quería que nadie me desviara del camino, menos aún alguien que ya me había decepcionado en el pasado.

Llevaba meses preparándome para mimetizarme con el personaje de Mona, documentándome a base de lecturas, películas y estudios, buceando en todas las emociones que se entrelazaban para dar luz a esa historia.

Estaba más motivada que nunca, dispuesta a encarar la interpretación desde otro lado.

Y sabía que en el fondo también me había estado preparando para el encuentro con Ronan.

Pero cuando esa mañana salí de la ducha enfundada en mi ropa de hacer deporte y con una cinta que me recogía el pelo hacia atrás, no esperaba que él estuviera detrás de los fogones, al lado de una mesa ya dispuesta con un abundante desayuno.

Tostadas, zumos de diferentes sabores, café, sandía, cruasanes, galletas, y...

cerezas. También había cerezas. El pulso empezó a bombearme en las venas y me recreé un poco más en observarlo de espaldas.

Lucía un pantalón de chándal que le resbalaba por las caderas, una camiseta blanca, y en la parte posterior de la cabeza destacaba su típica mata de pelo desordenada.

Y tenía dos opciones: hablar o abrazarlo por la espalda y hundir la nariz en su cuello.

—Buenos días —saludé al final—. Huele de maravilla.

Ronan se sacudió en un espasmo antes de girar la cabeza para mirarme por encima del hombro.

—Ey, Del. ¿Qué tal has dormido?

—Mejor que bien en esa cama que te abraza y te atrapa en sus garras.

—Me alegro —dijo él, contento—. Sírvete lo que quieras, estoy haciendo unos huevos revueltos.

—Esto es mucha comida, Ronan. ¿Esperamos a alguien más?

—Solo tú y yo. Pero como no sabía lo que te apetecería he puesto un poco de todo...

Alcancé una cereza de uno de los boles, me la metí en la boca y ese fue justo el momento que Ronan eligió para darse la vuelta.

Me pilló con la boca llena y sus ojos se posaron en mí para recorrerme de arriba abajo.

Fue algo espontáneo, lo supe. Se quedó quieto, la nuez se le movió un par de veces como si estuviera tragando aire y el plato se le resbaló cuando estaba a punto de dejarlo en la mesa.

—Siéntate, Del... —me ofreció con un hilillo de voz. Obedecí y tomé asiento frente a él—. Estás muy guapa con el pelo corto. Diferente, sí, más adulta, ¿quizá? Bueno, es que evidentemente ahora eres tres años más mayor... No sé ni lo que digo. ¿Quieres un poco de café?

Agarró la cafetera y la sostuvo ante mí mientras yo acercaba mi taza y le sonreía fingiendo que lo tenía todo bajo control y que no notaba como si un ejército de hormigas me estuviera devorando los pies.

—Sí, por favor —pedí educadamente—. Solo café, fruta y huevos. Estoy siguiendo una dieta estricta.

—Ah. Vale.

—Y me he cortado el pelo porque Mona lo lleva así. Lo escribiste en tu guion.

Ronan se sirvió café, pero dejó la taza olvidada sobre el mantel mientras se recostaba en el respaldo de la silla y me miraba de un modo intimidante.

—No te pedí nada de eso... Quiero decir, en todas las reuniones que tuvimos con Jane, con Tim y con todo el equipo, nunca puse ninguna condición.

—Lo sé, Ronan, pero he querido hacerlo. Ayer me dijiste que tenía libertad, ¿no?

—Toda la que quieras. Confío más en ti que en cualquier persona.

—Gracias por las cerezas, por cierto.

Ronan bajó la vista a su taza, posó un dedo en el asa y gruñó por lo bajini:

—Estamos a mediados de junio. Es el mes de las cerezas.

—Ya.

Subió la cabeza de nuevo y me enfrentó con ojos atentos y demandantes.

—¿Qué tal estás, Delilah? —Su voz sonó como si solo hubiera escrito aquel guion para tener la oportunidad de hacerme esa pregunta.

Y entonces fui yo la que desvió la mirada y la dirigí hacia mi plato. Pinché un trozo de sandía, me lo metí en la boca y me detuve más tiempo del necesario en masticar y tragar.

—Estoy bien —solté notando aún cómo sus ojos me inspeccionaban—. Han sido unos años en los que he aprendido mucho, ¿sabes? He vivido bien y he intentado encontrarme a mí misma.

—¿Qué has aprendido? —quiso saber, todavía en la misma posición, sin ninguna intención de comer su desayuno.

—Que, a veces, tienes que olvidarte de los sueños y empezar a vivir la vida. Y que tienes que tratarte a ti misma igual que tratas a los demás. Con respeto, con cariño y entendiendo que hay algo más debajo de la superficie.

— Madurez —dijo él de pronto—. Esa era la palabra que buscaba antes. No te veo mayor, sino más madura.

—Creo que madurar es entender que nadie es perfecto. Entenderlo de verdad.

Ronan entrecerró los ojos sopesando mis palabras. Una cara que merecía ser observada. Él poseía un temple que me ponía el vello de punta. Se cruzó de brazos, dispuesto a volver a la carga, pero esta vez yo fui más rápida que él.

—¿Qué tal te ha ido en los últimos años? ¿Cómo te ha tratado la industria, Ronan?

Al fin alcanzó su taza, se la llevó a la boca y dio un largo sorbo al café. Volvió a recostarse sobre la silla y comenzó a hablar:

—Ha ido bien, Del. Tan bien que he superado todas mis expectativas.

Menos mal que Tim me ha acompañado y me ha sabido aconsejar.

También me ha dejado tomar mis propias decisiones.

Digamos que me he rodeado de los mejores, es decir, de tu equipo.

—Me miró de nuevo y yo solo asentí—. He triunfado.

He participado en películas con las que ni siquiera soñé.

He conseguido vivir de esto, que es, sin duda, el mayor logro de todos...

Pero de algún modo no ha sido suficiente para sentirme pleno.

Sus ojos sonrieron de tristeza y yo sacudí la cabeza con un asentimiento de comprensión.

—Es que cuando las metas se alcanzan dejan de importar —señalé, me llevé otra cereza a la boca y arranqué el pequeño tallo.

—Siento que no debería ser así.

—Que sea así no significa que deba ser así, Ronan.

El silencio que siguió a aquella revelación dejó paso al ruido lejano de las calles que se colaba por las grietas de las ventanas. Un camión que frenaba en un semáforo en rojo, unos niños que reían, el canto de los pájaros que poblaban los árboles de los alrededores.

—Del... —Levanté la cabeza, dispuesta a enfrentarlo porque sabía lo que venía a continuación—. Quiero pedirte perdón por aquello... Lo siento. Lo siento mucho.

Encogí los hombros restándole la importancia que había tenido para mí tiempo atrás. Pero él me leía, seguía descifrándome en cada gesto, seguía escuchándome como nadie...

—Te juro que creí que lo entenderías —se excusó él, inclinándose sobre la mesa.

Suspiré esbozando una media sonrisa que me recordó el orgullo que se escondía dentro de mí.

—Entender algo no implica que no te duela si te dejan plantada. Si no te eligen como...

Me quedé callada de repente, asustada por que hubiera sido tan fácil para él que volviera a abrirle mi corazón.

Apenas había bastado un día. Ni siquiera eso.

Una noche, una mañana. Nada. Y no lo podía permitir.

Quería hacer ese proyecto y marcharme con una nueva película bajo el brazo y un nuevo objetivo cumplido.

Estaba empeñada en lograrlo. Nada más que eso.

Comencé a recoger mi plato y mis cubiertos, y me levanté con la intención de llevarlos a la cocina.

—Del, déjalos ahí; recojo yo. —Su mirada me atrajo como la sangre fresca a un tiburón hambriento—.

Intenté arreglarlo, pero ya no contestabas...

Tampoco tenía tu teléfono y Tim... Bueno, Tim te es muy leal, ya lo sabes.

No quiero que dudes de que yo habría preferido estar contigo más que en cualquier otro lado.

Mucho más que en esa fiesta del demonio donde solo fingía no estar fuera de lugar...

—Ronan —lo detuve—, déjalo. Olvidémoslo y centrémonos en tu película. Es por eso por lo que estoy aquí.

Él asintió, serio, determinante, renunciando a una conversación que yo sabía que no nos llevaría a un buen lugar.

Él había elegido. Yo había elegido. La vida había seguido su curso.

Los dos estábamos vivos, respirando bajo un nuevo cielo.

Eso era todo. No pedía nada más. Lo sencillo y lo inevitable.

Brotar como brota la hierba libre sobre un campo abierto.

—Voy a salir a correr por el parque. —Me abroché la sudadera y nos miramos de nuevo. ¿Acaso habíamos despegado los ojos del otro en algún momento?—. ¿Te parece bien que a la vuelta hagamos una lectura de guion?

Él aceptó con un gesto de diligencia mientras yo me dirigía a la puerta. Recuerdo que al salir pensé que ya no éramos los mismos. Pero también comprendí lo necesarios que habíamos sido el uno para el otro para acompañarnos en aquellas habitaciones vacías de esos hoteles solitarios.

Cuando los dos cerramos el guion, ya había oscurecido.

Nos habíamos pasado toda la tarde buceando en la historia, haciendo algunas modificaciones de diálogos que yo había propuesto y que Ronan había secundado.

También habíamos hablado de su madre. Yo le pregunté por esos recuerdos concretos que su mirada de niño había guardado durante tanto tiempo, y él habló sin parar.

Las horas pasaron mientras habitábamos aquella dinámica.

Pero ahora habíamos terminado y el silencio se impuso entre nosotros.

—¿Cómo te sientes después de tanto tiempo sin hacer una lectura de guion? —Fue él quien habló, sentado en el sofá de enfrente, con sus ojos atentos de siempre.

—Me siento real... —balbuceé—. Interpretar a Mona me hace sentir real, y no siempre me he sentido así.

—Claro que eres real, joder. Y lo vas a hacer genial, Del.

Asentí dejándome mecer por su mirada mientras me hundía en el cojín.

—Y, ya sabes, si necesitas cualquier cosa...

—Sí. Ya. Te llamo.

—Esta noche he reservado en un japonés de la zona. —Torcí la boca ante su invitación, y él me leyó—. ¿Qué pasa?

—Hoy he quedado con alguien, Ronan. —Su ceño se frunció—. Tim ha organizado una reunión con una profesora de idiomas, porque quiero trabajar bien el acento dublinés.

Él se inclinó hacia delante para estar más cerca de mí. Por suerte la mesa baja aún nos separaba.

—Yo podría haberte ayudado con eso.

—Tú tienes otras cosas en las que centrarte. Y quiero que hagas tu vida, Ronan...

—Mi vida ahora es hacer esta película y pasar tiempo contigo.

El tono de su voz y la electricidad que invadió el aire me dieron a entender que él estaba lleno de ese anhelo tan nuestro. De esa necesidad de permanecer cerca. Siempre al alcance del otro.

—Ronan.

—¿Qué? —preguntó él con sus preciosos ojos entornados.

—No nos hagas esto, ¿vale? Estoy aquí para actuar. Estoy feliz y agradecida de poder estar en tu película, pero lo nuestro fuera de la relación director-actriz no existe.

Él enterró una mano en su mata de pelo y yo me erguí en mi asiento para mostrar seguridad.

—Una vez lo intentamos. No funcionó y pasó el tiempo.

Su bufido desesperado rajó el ambiente.

—No, joder, Del. No lo intentamos —replicó.

—Es verdad. No lo intentamos. Por ti.

Ronan tuvo que contener su desacuerdo escondiéndolo detrás de una respiración que dilataba las aletas de su nariz. Detrás de unos ojos que me miraban con un coraje que no se iba a permitir verbalizar. Porque él sabía lo que había pasado.

—No quiero que te sientas mal —le expliqué—. Somos adultos. Y tengo muchas ganas de hacer esta película. ¿Estamos en el mismo barco, Ronan O’Connell?

Observé cómo todo él se envolvía en una capa de resignación. Y por fin pude apartar la mirada de esa boca que me llamaba cada vez más y más fuerte.

—Lo estamos, Del —respondió él al cabo.