7. BAJO UN MISMO TECHO
BAJO UN MISMO TECHO
Ronan
Mi apartamento estaba ubicado en un edificio antiguo a dos pasos de Grafton Street, en el puro centro de Dublín.
Se trataba de un dúplex que había comprado hacía un año y que había reformado antes de empezar a vivir en él.
El inmenso salón, de amplios ventanales y cocina abierta, desprendía un estilo industrial por los cuatro costados.
O al menos eso era lo que me había dicho el decorador de interiores.
Supongo que era el resultado de haber juntado sofás de cuero envejecido, muebles de madera sin tratar y paredes con el ladrillo al descubierto.
Con Delilah en el centro de aquella estancia, de pronto el lugar me pareció insuficiente.
Su presencia me tenía desestabilizado. Estaba más delgada, tenía la misma piel blanquecina y ahora sus ojos dominaban por completo su rostro, pues el corte de pelo por debajo de la barbilla provocaba que su aguamarina brillara sin fin.
Estaba perdido. Lo había sabido desde que la había visto aparecer en el bar.
Estaba perdido. Y seguía enamorado.
Pero era evidente que ella no quería saber nada de mí más allá de lo profesional.
Había sido lo bastante directa como para atravesarme con sus palabras: «Confío en tu talento».
Confiaba en mi talento, por supuesto que sí, por eso estaba allí.
Pero eso había sido lo mismo que gritarme: «Confío en tu talento.
No en ti». Lo peor era que me lo merecía por la vez que le había fallado y no había vuelto a buscarla.
Delilah empezó a moverse por la estancia con sus andares elegantes y yo... Yo la seguí como si fuera un extraño en mi propia casa, sintiendo todo el calor en la sangre, sintiendo que me iba a asfixiar si no la tocaba.
—Es muy bonito, Ronan —comentó ella—. Y es bastante grande. Espero que no te moleste tener a alguien por aquí...
Sonreí intentando fingir normalidad, que mi cuerpo no estaba a punto de desvanecerse, que mi mente me gritaba que la alcanzase y continuásemos donde lo habíamos dejado tres años atrás.
—Eres mucho mejor compañera de piso que Finn, eso seguro —bromeé—. Y puedes molestarme todo lo que quieras. A partir de ahora, esta es tu casa. Mañana compraré todo lo que necesites, pero ahora... ¿Me acompañas arriba para enseñarte tu habitación?
Me siguió por las escaleras hasta que alcanzamos la tercera puerta del pasillo.
Me había decantado por ofrecerle la habitación más grande, la que contaba con unas preciosas vistas a un tranquilo parque.
La estancia se componía de una cama extragrande, un armario que ocupaba toda la pared frontal, dos mesitas de noche y un escritorio encajado bajo una ventana.
Un par de vigas se expandían del techo al suelo justo en el centro de la habitación, las mismas que había acondicionado para que hicieran las veces de librerías verticales.
Entre ellas, el decorador me había propuesto colocar un sillón rojo de estilo vintage que era la última moda en comodidad.
Y, a primera hora de la mañana siguiente, le mandaría un mensaje para darle las gracias por aquello.
—La cama tiene sábanas nuevas y aquí nunca se ha quedado nadie, así que hay mucho espacio en los armarios. El baño está equipado y, al lado de la ducha, tienes un mueble con las toallas —la informé, intentando no reparar en que se había quitado el chubasquero—. ¿Se me olvida algo?
—Creo que no... —Delilah se sentó en la cama y estiró el cuello de un lado a otro.
—Bien, te dejo descansar. Estoy en la habitación de enfrente. Cualquier cosa que necesites, me llamas —le dejé claro a la vez que caminaba de espaldas hasta la puerta.
—Descansa tú también, Ronan —se despidió ella atravesándome con la mirada.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Cerré la puerta detrás de mí y salí de aquella habitación sintiéndome más despierto que nunca.
Estaba convencido de que iba a ser otra de esas noches sin dormir.
El corazón no paraba de retumbarme en el pecho al pensar que Delilah, en carne, hueso y piel, se encontraba de nuevo bajo mi mismo techo. Solo a unos metros de distancia.