5. UNA EXTRANJERA EN IRLANDA
UNA EXTRANJERA EN IRLANDA
Ronan
El mundo era eso que intentabas sostener en las manos cuando te embarcabas en la tarea de producir una película.
Hacía meses que trabajaba trece horas diarias.
Me levantaba temprano, me acostaba de madrugada.
Me sumergía en el guion técnico, una y otra vez; confabulaba con el director de fotografía todo lo que englobarían la estética, la puesta en escena y la atmósfera de la cinta.
Llamaba a horas intempestivas a Eliza Grey para rogarle cualquier consejo que pudiera ofrecerme o para desahogarme e intentar aplacar los nervios.
Pensaba que la preparación más absoluta, el afán de controlar hasta el último detalle, supliría mi falta de experiencia en el campo de la dirección.
Y tenía razón. Hasta cierto punto. Porque los rodajes siempre eran impredecibles; eran demasiadas las cosas que debías tener bajo vigilancia y era demasiado fácil que algo se torciera.
Y, además, que ese algo ni siquiera dependiera de ti.
A todo ello se sumaba la joya de la corona.
El mayor regalo que me habían hecho nunca: que Delilah Williams fuera a protagonizar mi ópera prima.
Un obsequio que había marcado mi descenso a la locura porque necesitaba que todo fuera perfecto.
Por ella. Y para ella. Desde que meses atrás me había llegado su compromiso para participar en el proyecto, no habíamos hablado.
Nada de llamadas, nada de mensajes, nada de correos electrónicos.
Todo se había organizado a través de su agente, que seguía siendo Tim, y de su asistente personal.
Jane continuaba siendo una pieza fundamental en su equipo, aunque en esta ocasión trabajara a distancia.
La dinámica de angustia que me hacía desvelarme cada noche con el cuello empapado de sudor se debía llana y sencillamente a no querer defraudar a Delilah.
El rodaje se iba a llevar a cabo como una producción independiente.
Eso significaba que contaríamos con menos medios, menos tiempo, menos localizaciones y con una mayoría de escenarios reales en los que grabaríamos.
No contaría, ni de lejos, con las mismas comodidades que habíamos tenido en Heights .
Los demás actores, a excepción de Delilah, eran principiantes.
Fueron varios los meses que habíamos pasado concretando el casting final, y fue titánico el trabajo de ensayo para que adquirieran cierta experiencia antes de que empezáramos.
Si era totalmente sincero, debía decir que solo quería que lo poco con lo que contábamos fuera para lo verdaderamente imprescindible, las necesidades básicas de la producción, y también para brindarle la mayor de las comodidades a Delilah.
Ella iba a estar instalada en el mejor hotel de Dublín e iba a incorporarse la última.
Y habíamos adaptado el plan de rodaje a todas sus exigencias, que, ahora que lo pensaba, habían sido pocas...
Diría que ninguna, en realidad. Ni siquiera había pedido un camerino.
Pero yo quería que todo fuera destinado a que ella se sintiera acogida y valorada.
Porque... Delilah Williams estaba a punto de protagonizar mi primera película como director.
Precisamente por todo eso, llevaba varios días sin descansar bien.
Llegaba la noche y los ojos se me abrían dándole vueltas y más vueltas a cómo sería reencontrarme con ella.
Aún quedaban otras dos semanas para que apareciera y pusiera mi corazón del revés, pero yo ya estaba sumido en una agitación temblorosa que me desbarataba las madrugadas.
—¡Eh! ¡Guapo! —Alguien me llamó la atención—. ¿Otra vez aquí?
—Eso parece —contesté a Erin mientras me colaba tras la barra del pub—. Es que os echo de menos.
—Ya... —reaccionó ella con cierta sorna—. Hoy tampoco puedes dormir, ¿eh?
—¡Sal ahora mismo de mi sitio, capullo! ¡Tú ya no eres camarero! —gritó Finn desde el otro extremo, a la vez que pasaba una bayeta por una de las mesas.
—¡Qué va, tío! Ahora simplemente soy el dueño del bar.
—Puto engreído de los cojones —bufó con los cachetes encendidos.
Erin se rio a mi lado y me tocó el hombro con cariño.
Aquella mujer era una de las personas más importantes de mi vida.
Ella había sido quien me había dado trabajo cuando casi no tenía experiencia y apenas había cumplido la mayoría de edad.
La que me había ayudado y tendido una mano cada vez que había estado perdido.
Y era la única persona entre mis allegados que había conocido a mi madre.
No habían sido amigas íntimas, pero habían vivido cerca la una de la otra y habían frecuentado los mismos ambientes.
Así que Erin también era la única que me podía contar cosas de ella, y la única que me aclaró, muchos años después, cómo había sucedido todo.
Por eso y porque ella y Finn eran mi familia, el año anterior yo había comprado el antiguo pub y lo había reformado por completo.
Iba bien. En Irlanda este tipo de locales no tenían otra opción.
Además, en los últimos tiempos se había convertido para mí en un lugar de peregrinación al que regresaba cada vez que disponía de tiempo para estar en Dublín.
Y, gracias a Dios, los últimos seis meses había sido así casi todo el tiempo debido a la preparación de la película.
—¡¿Sabes de qué soy dueño también, Finn?! —grité mientras me servía una pinta fría directamente del tirador.
Mi amigo me fulminó con la mirada y atravesó el local hasta posarse a mi lado. Solo tuve que girar la cabeza para decir, sin gritar:
—Exacto, Finn —me pavoneé—. Del piso que compartíamos antaño. Del piso en el que duermes hoy.
—Mi piso.
—¿Pagas el alquiler?
—No.
—¿Por qué no pagas alquiler, amigo mío?
—Porque eres una estrella que caga billetes de quinientos euros. ¿Te parece un buen motivo?
—Me parece el mejor motivo, la verdad. Lo único que quiero es que me respetes un poco, tío.
—¿Yo? ¿Respetarte a ti? ¿Por qué no estás en otro de tus rodajes, Ronan?
—Joder. Me has hecho la misma puta pregunta las últimas veinte veces que he venido.
Con un movimiento profesional, Finn cogió mi vaso de cerveza y lo colocó al otro lado de la barra, frente a un taburete. La indirecta fue clara y concisa.
—Fuera de mi barra. —Lo obedecí y, un momento después, salí por la puertecilla lateral para ocupar mi lugar. Finn sonrió satisfecho—. Y ahora cuéntale a tu amigo qué es lo que te trae por aquí.
Nunca se lo diría a él, pero echaba demasiado de menos nuestras conversaciones absurdas en las que el objetivo principal consistía en reírnos de ridiculeces y fingir que éramos el más iluminado de la mesa.
—¿No puede un tío tomarse una cerveza cuando termina su jornada?
—Me enloqueces al personal —apuntó oteando las mesas que estaban al fondo, en las que la gente pasaba el rato mientras charlaba—. Eres demasiado famoso para estar aquí.
—Me he puesto un gorro, Finn.
—Tampoco quiero que vuelvas a ser el favorito de Erin —confesó por fin el muy desgraciado—. Ya te tiene en una estima lo suficientemente alta desde que has triunfado.
Le dediqué un gesto que vaticinaba violencia. Una muerte lenta y dolorosa.
—Nunca vas a ser el favorito de Erin —le aseguré yo, antes de tomar otro trago.
—¿Que no?
—¿Erin? —la llamé por encima del jaleo.
Desde la lejanía, la mujer giró la cabeza para mirarnos mientras apoyaba el brazo en una de las neveras.
—¡Dime, Ro!
—¿Quién es tu chico favorito de los dos?
—¡Ronan! —gritó ella poniendo los ojos en blanco.
Cuando me encontré con el semblante de Finn, mi sonrisa le pintó una expresión asqueada que, a su vez, era graciosísima.
Teníamos veintisiete años. Y él, por lo visto, se había quedado suspendido entre los catorce y los quince.
Pero siempre sería mi adolescente favorito. Y eso tampoco se lo confesaría.
Empezó a secar vasos y a colocarlos sobre la repisa. Al cabo de unos minutos, me volvió a mirar con esa tiranía pretenciosa que tanto me sacaba de quicio.
—¿Y qué? —preguntó, como si no fuera conmigo—. ¿Cómo llevas esa película tuya en la que no me has querido ofrecer ningún papel?
—Lo llevo mejor que si te hubiera ofrecido algún papel. Es un avance.
—¿Qué te perturba tanto? ¿Por qué no paras de dar vueltas por el bar para distraerte?
«Me aterra la idea de reencontrarme con ella de nuevo».
—Nada. Simplemente quiero desconectar un poco antes de irme a la cama.
—Ya.
—¿Qué?
—Estás nervioso. Porque Delilah va a ser la protagonista. Y eso te acojona.
Tampoco le diría nunca a Finn que era la persona que mejor me conocía en el puto mundo.
Eso le agrandaría el ego aún más. Le sostuve la mirada en una lucha silenciosa hasta que las campanillas de la entrada anunciaron que un grupo de tíos se adentraba en el local entre gritos y vítores.
Los ojos de Finn se despegaron de los míos y, de pronto, se abrieron desorbitados antes de que el vaso que tenía en la mano se cayera al suelo y se rompiera en mil pedazos.
—Mira —reí—, el barman experto sigue partiendo vasos. Te voy a despedir de mi pub.
Finn fijó su mirada arrogante de nuevo en mí y percibí algo desconocido en la sonrisa de idiota que tenía reflejada en toda la cara.
—Y dime, Ronnie... —me enseñó todos los dientes—, ¿qué sería lo primero que le dirías a Delilah después de...? ¿Cuántos años hace que no os veis?
—Tres —contesté. Tres y nueve meses para ser más exactos...
—¿Y qué vas a hacer cuando la tengas delante, Ronnie? —preguntó acercándose a mi cara.
—¿Saludarla, pedazo de idiota?
—Pues ve a saludarla entonces, porque acaba de entrar por la puerta.
Esbocé una mueca de incredulidad y me concentré en estudiarle las pupilas con detenimiento porque quería asegurarme de que no se hubiera pasado con la marihuana.
Hasta que mi amigo se hartó, me tiró del pelo y me giró la cabeza tan fuerte que el propio movimiento me mareó.
Cuando la bruma de mi mente se diluyó, me concentré en el ruido del ambiente, en las copas apoyándose sobre las mesas, en la música que afloraba de los altavoces.
Mis ojos recorrieron toda la estancia hasta llegar a la puerta de la entrada, que era de madera oscura decorada con una vidriera de flores.
A un lado, estaba la mismísima Delilah Williams. El color abandonó mi piel.
El corazón se posó sobre mi nuez de Adán.
Y de repente la lengua no encontraba el espacio dentro de mi boca.
Me aferré al asiento del taburete para anclarme al mundo, que en ese instante empezó a girar.
Enfundada en un chubasquero de charol blanco, también llevaba puesto un gorro de lana en la cabeza.
Y tenía la mano apoyada en el asa de una maleta.
Lo primero que pensé fue: quizá ya han pasado dos semanas y yo no me he dado ni cuenta.
Lo segundo: ¿dónde está su melena larga y dorada?
¿Por qué las puntas del pelo solo le llegaban a los hombros?
Lo tercero: está buscando a alguien. Me está buscando a mí .
Lo cuarto no fue un pensamiento, sino un ruido.
De otro vaso impactando contra el suelo. Esta vez se trataba del mío.
Atraída por el estruendo, la cabeza de Delilah giró hacia donde estábamos apostados en la barra. Reparó en mí mientras ella, una extranjera en un pub de Irlanda, recibía todas las miradas curiosas de la clientela reunida dentro del local.
Nos miramos mientras un universo de sensaciones detonaba en mi interior y se desbordaba a cada segundo.
Delilah y yo nos estábamos reencontrando después de tres años y nueve meses.
Le sonreí.
Me sonrió.
Y la vida se me escapó por la boca.