Un amor inventado 4. LA SANGRE ARDIENDO
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4. LA SANGRE ARDIENDO

LA SANGRE ARDIENDO

Delilah

La luz del sol resbalando por el rostro siempre era una manera de mitigar las preocupaciones.

Al menos en los últimos tiempos, en los que siempre había encontrado un rato para mirar hacia arriba, cerrar los ojos y dejar que el mundo cayera sobre mi piel.

Pero ahora... Ahora esos intensos rayos de luz también me incomodaban.

El invierno en el lago había dejado como esqueletos a los árboles, que lucían sus ramas desnudas y sus hojas concentradas como un manto marrón a lo largo de la orilla.

Hepburn se paseaba entre ellas con su crin al viento.

Hacía un mes que, al llegar a casa, había encontrado aquel paquete en la mesa del comedor.

Varias semanas en las que me desvelaba siempre a la misma hora, de madrugada, con los ojos muy abiertos y esa carta del demonio rondando por mi mente.

Cada vez que pasaba por la cocina para prepararme el desayuno o para cocinar un nuevo plato, sentía un fuego diminuto en la garganta.

Apenas era una llama que se prendía en mi interior y que iba quemando más y más a medida que me acercaba al cajón que contenía su guion.

Esa mañana ni siquiera me había atrevido a entrar allí.

Había bajado las escaleras directa a los establos, preparada para buscar a Hepburn y cabalgar hasta agotarme.

Pero en el último momento, agarrada al pomo de la puerta, había vuelto sobre mis pasos y había corrido hacia el cajón, como si la rapidez de mis movimientos pudiera borrar lo que estaba a punto de hacer.

Hepburn relinchó desde la orilla del lago llamando mi atención y comenzó a pastar en un lateral algunos hierbajos que habían sobrevivido al frío.

Había sentido una llamada debajo de mis costillas, y sabía que no había nada que hacer.

Tan solo rendirme ante aquello que tanto amaba, a pesar de haberlo metido en la escotilla y haberlo cubierto con una alfombra de hormigón.

Alcancé el bolso que reposaba a mi lado y saqué el paquete, dispuesta a desenvolverlo.

Detrás del papel de estraza encontré un manuscrito con hojas de color vainilla perfectamente encuadernado.

En la primera página del guion, solo un título: Leyes del submundo .

Debajo, su nombre.

«Escrito por Ronan O’Connell».

Suspiré con la cabeza puesta en el horizonte y los dedos empezaron a hormiguearme cuando pasé la primera página.

Luego, la siguiente. Y la siguiente. Y ya no pude parar hasta que llegué a la última.

Un par de lágrimas se derramaron sobre la página final y transparentaron el papel.

Creí que el corazón se estaba saltando varios latidos, porque me sentía tan sobrecogida que el mundo exterior desapareció a mi alrededor.

No me había percatado del viento boscoso que se colaba por el valle y que creaba suaves ondulaciones sobre la superficie del lago.

Tampoco de que Hepburn estaba ahora descansando cerca de mí.

Todo se había esfumado, menos la historia que tenía entre las manos.

La historia de una madre y su lucha contra la adicción.

El estigma que la perseguía y el frágil equilibrio entre amar a un hijo con las mismas entrañas y sucumbir a una vida que no te ofrecía la más mínima oportunidad.

El guion estaba narrado a través de la mirada del chico de diez años que solo tenía en el mundo a su madre, y las escenas estaban descritas de una forma tan brutal, tan honesta y desgarradora que me había quedado sin palabras.

Estaba llorando y suspirando entre el orgullo que sentía por Ronan y la emoción que se desbordaba en mi interior como si una flor brotara sobre una colina por la obra que él había escrito.

La vocación era algo que, una vez que te encontraba, nunca te dejaba escapar.

Podías acallarla durante un tiempo, yo lo había hecho.

Podías llegar a demonizarla cuando tu vida se convertía en algo que te hería a diario.

Podías esconderla cuando intentabas no pensar en la adrenalina que fabricaba tu cuerpo al entrar en un set de rodaje.

Al leer un guion. Al internarte en la mente de un personaje.

Pero lo cierto era que la vocación era inmortal.

Era la reina de la paciencia esperando el momento oportuno para aparecer.

Y mi vocación empezó a crecerme por dentro ese día, como si fuera un enorme monumento al que siempre tendría que rendirle culto.

Como un gigante que había invernado. Como ese monstruo que se levantaba y destruía los rascacielos de una ciudad entera.

Porque yo amaba actuar, a pesar de que durante un tiempo odié todo lo que rodeaba aquella industria.

Un rato después, a lomos de Hepburn, galopando con el viento gélido estrellándose contra mi piel, lo comprendí por fin.

Siempre habíamos sido mis personajes y yo.

El amor por esa disciplina artística flotando sobre la esencia de quien era.

Ese fervor que nunca me abandonaría, que me eligió y que decidió quedarse.

De vuelta en casa, me adentré como si el suelo quemara a mi paso y subí corriendo por las escaleras.

Disfruté de una larga ducha caliente que convirtió mis músculos en algo gelatinoso, algo que existía lejos de mi cabeza.

Me tumbé en la cama con la piel enrojecida y la respiración acelerada.

Observé el techo, suspirando como si no me quedara más remedio que hacer lo que haría a continuación.

Él me conocía demasiado bien. Porque yo era incapaz de rechazar un papel como ese.

Porque, sencillamente, era el mejor personaje que me habían ofrecido jamás.

Alcancé el móvil, que estaba en la mesita de noche, y toqueteé la pantalla notando esa emoción de las primeras veces.

De: Delilah Williams ([email protected])

Para: Ronan O’Connell ([email protected])

Enviado el: 27 de enero, 12:39

Asunto: Cambio de planes

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