Un amor inventado 3. CON FALDAS Y A LO LOCO
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3. CON FALDAS Y A LO LOCO

CON FALDAS Y A LO LOCO

Delilah

«Bueno, nadie es perfecto».

Aquel había sido el último diálogo de la película de ese viernes.

Después de dos horas inmersa en una comedia con escenas inolvidables, me dolía la mandíbula de mantener la sonrisa.

Cuando los créditos aparecieron en la pantalla, reparé en la cálida mano que me acariciaba el pelo.

Estaba tumbada en el enorme sofá del salón de mi abuela, con la cabeza apoyada en sus piernas mientras compartíamos risas.

Me giré y la miré desde abajo.

—¿Es este el mejor papel de Jack Lemmon? —pregunté absorbida por el talento descomunal de ese actor.

—Ay, niña —mi abuela suspiró—, no digas eso si es la única película que has visto de él.

—También he visto El apartamento . Pero... ¿podemos ver todas las que faltan?

—Las veremos.

Me levanté y me senté con los pies en el sofá, quedándome enfrente de ella. Las arrugas de su ceño cada vez eran más profundas y, lejos de robarle el atractivo, a mí me parecían el reflejo del regalo que era la vida.

—Abuela.

—Dime, cariño.

—¿Tú crees que si mi padre hubiera estado vivo yo hubiese sido actriz? —Fui consciente de que el volumen de mi voz había disminuido debido a la timidez que me embargó de repente.

Los hombros de mi abuela se tensaron y se llevó la mano de un modo instintivo hacia la pulsera que había sido el último regalo de su hijo.

—¿Por qué dices eso? —La pena le había arañado los ojos.

—No lo sé... Supongo que a veces fantaseo con el hecho de que él no hubiera muerto y... —No sabía cómo continuar.

—Y no hubieras pasado toda tu infancia de la mano de esa mujer... Yo también te fallé, Delilah. Te pido perdón por eso. Caí enferma y al principio ni siquiera podía verte, porque eras su vivo retrato.

Me encogí y recordé a duras penas esos años en los que mi abuela también había estado ausente para mí.

—Lo entiendo, de verdad —afirmé, comprensiva—. A veces echo de menos algo de lo que nunca he disfrutado. No sé si tiene sentido...

—Yo tampoco sé si tendrá sentido o no. Pero pienso a menudo en cómo sería si él te viera ahora. Te quería con locura, Lilah. Siempre quiso tener hijos y, cuando naciste, todo en él cambió. A mejor.

—Apenas había cumplido cuatro años cuando murió, pero tengo imágenes de él en esa playa regalándome aquella cinta blanca.

—Esa cinta de seda natural que mandó hacer para ti.

Las dos sonreímos con los ojos. Y yo quise seguir indagando en los recuerdos, quise seguir hablando de mi padre, de su hijo.

—¿Crees que estaría orgulloso de mí?

Mi abuela dobló la boca y los iris, del mismo color que los míos, le brillaron. Alzó una mano y volvió a acariciarme el pelo.

—No tengo ninguna duda de eso, cariño —dijo—. Yo estoy más orgullosa de ti cada día que pasa. Y me alegra verte tan bien y saber que vas encontrando poco a poco tu camino...

—Pero hay momentos que echo tanto de menos actuar que incluso veo algunas de mis películas —la interrumpí con el miedo de que aquellas palabras nunca se atrevieran a salir de dentro de mí—. ¿Tú lo echabas de menos cuando te retiraste?

—Si te soy sincera, no. —Ella sonrió con pesar—. Mi vida era tu padre y, cuando él murió, me sentí culpable por todo el tiempo que no había compartido con él cuando era pequeño... Me sentía perdida, y también me olvidé de mi profesión. Nunca quise regresar después de aquello.

—Lo sé.

—Y, volviendo a lo de antes... —empezó a decir mientras me cogía de la mano—, creo que si tu padre no hubiera muerto tú te habrías dedicado a esto. Tal vez el camino hasta llegar hubiera sido otro, pero serías una actriz igual de maravillosa. Lo amas tanto que forma parte de quien eres.

La emoción se me subió a la garganta, porque desde que había encontrado el paquete en la cocina, me pasaba horas y horas pensando en ese guion. En volver a sumergirme en una historia y olvidar todo lo demás. En habitar un nuevo personaje en el que quizá me reconociera.

—Me ha llegado un nuevo proyecto —confesé.

—¿Y lo vas a valorar? —preguntó, sorprendida.

No supe qué responder. Solo sabía que me latían las yemas de los dedos. Que mi corazón era un imán que se sentía atraído hacia ese cajón cada vez que entraba en la cocina.

—No sé si este es el mejor momento... —respondí por fin.

—¿Por qué?

—Porque tengo miedo de querer volver.