9. LA LLAMADA
LA LLAMADA
Ronan
La llamada se había producido hacía una hora.
Y, desde entonces, no había dejado de pasearme por la habitación de Delilah, preso de una incertidumbre que no hacía más que crecer.
Mi cabeza no paraba de dar vueltas porque no tenía ni idea de cómo enfrentar aquella situación.
Era un afortunado después de que todo el trabajo se viera recompensado con el auge de mi carrera.
Un camino de éxito con el que había soñado todos los días a lo largo de mi vida.
La meta lograda. El placer de recorrer el camino.
Actuar, y nada más. Llenar mi cabeza de personajes y más personajes que me fueran moldeando a su vez como persona.
Los proyectos que llegarían y que quizá fueran igual de determinantes que Heights .
Entonces, ¿por qué sentía la emoción de ese logro como si existiera detrás de un velo? ¿Por qué el corazón me latía fuerte por un motivo muy diferente? ¿Por qué, justo en ese instante, el camino que había elegido me sabía a poco?
Por ella. Solo por ella.
Siempre había estado solo en la vida. Nunca nadie me había importado tanto como para dejarle entrar.
Hasta que llegó Delilah. Y, ahora, una sensación desconocida y terrorífica se me deslizaba por las entrañas solo de pensar que iba a separarme de ella.
Que no podría acompañarla en los desafíos que afrontaría en un futuro.
Que no iba a despertar ningún día más a su lado, en esa cama que olía a canela y a sus besos.
Estaba paralizado por ese sentimiento. Si eso era el amor, entonces el amor me provocaba temblores.
Y nervios agarrotados en la garganta. Yo era una persona que no podía atarse a nada.
La vida me había llevado por el camino de la supervivencia, y esa había sido mi primera regla.
Ni siquiera podía atarme a Irlanda, mi país.
Desde siempre había deseado llegar a lo más alto para demostrarme a mí mismo que podía lograrlo a pesar del lugar de donde provenía, a pesar de mis orígenes humildes.
Quería demostrar que las cartas podían cambiar en un parpadeo si estábamos lo suficientemente atentos, si trabajábamos lo bastante en serio y si aprovechábamos la mínima oportunidad.
Hice todo eso. Y lo logré. Y, cuando llegué, entendí que no podría alejarme porque sería como si estuviera traicionando a aquel adolescente del pasado.
Como si me estuviera arrancando la propia piel, porque de algún modo crecí sujeto a esas convicciones, a esas metas inalcanzables.
Sin embargo, ahora mi cabeza repetía una y otra vez que la estaba traicionando a ella.
Y aquello era lo último que quería.
Por eso aún no me había atrevido a ir a buscarla.
Perdido en una maraña obsesiva de pensamientos, descubrí que no estaba preparado para dejarla. Pero tampoco para renunciar al sueño por el que había luchado toda mi vida. Porque la interpretación había sido mi primer gran amor. Me había salvado y yo quería vivir por y para ella.
La encontré en la cocina, sentada en la encimera, en medio de una conversación con Dolores sobre las verduras que habían recolectado. No necesité decir nada porque, cuando la mujer se fue y Delilah me miró, me supo leer tan bien como acostumbraba.
—¿Qué pasa?
Esa arruga tan mona le atravesó el entrecejo. Quería quedarme sostenido justo ahí, pero tuve que volver a la realidad.
—Me ha llamado Tim. —Ella me pidió que continuara con un parpadeo—. El rodaje se ha adelantado por temas meteorológicos.
—¿Cuándo te vas? —preguntó entonces.
Sus ojos transparentes lucían más impacientes que nunca.
—Mañana.
—Vale.
Su expresión se endureció y la capa con la que escondía las decepciones la cubrió por completo.
Se bajó de la encimera de un salto y empezó a lavar tomates bajo el grifo.
Ante la apariencia de cualquiera, ella era una chica tranquila en su cocina, con los cinco sentidos enfocados en aquella tarea.
Pero no era así. El brillo había desaparecido.
—Tenemos que hablar, Del —dije mientras me acercaba a la isla para estar más cerca de ella—. Pensaba que tendríamos más tiempo, al menos una semana más.
—En el mundo del espectáculo, estas cosas ocurren todo el tiempo, Ronan —repuso ella con la cabeza ladeada, concentrada en sus tomates—. Tienes que estar preparado para salir corriendo ante cualquier imprevisto. O para que a tu agenda se sume un compromiso más.
Los movimientos mecánicos, que iban desde lavar la verdura hasta secarla y colocarla en un recipiente, se apoderaron de ella. Intentaba disimular, intentaba fingir ante mí que aquella noticia de última hora no la dejaba abatida.
—¿Del...? —Intenté llamar su atención para que saliera del trance.
—Es así, ¿sabes? Siempre lo va a ser. Tienes que ir a contracorriente y adaptarte a las circunstancias.
Pero ella seguía a lo suyo. Y yo percibía que la ansiedad se arremolinaba en su boca fruncida, en los pies que no podían parar quietos a pesar de que continuaba en el mismo lugar. Mierda.
—¡Del!
Por fin paró. Agachó la cabeza sobre el fregadero y soltó la última pieza. Se dio la vuelta y apoyó la espalda contra la encimera. Cuando me miró con la pena revoloteando por todo su semblante, juro que mi corazón se encogió.
—Sé lo que conlleva este mundo —admití.
—¿Sí?
—Claro que sí. Siempre he vivido de esa manera. Sin compromisos. Sin que nada ni nadie dependiera de mí. Sin ataduras. Viviendo el día a día y adaptándome a lo que la vida me ofreciera. He estado solo y he estado bien así, pero ahora...
Me detuve cuando sus ojos me lanzaron una mirada de advertencia. Delilah se puso recta y dio un paso adelante, toda presencia y determinación. De pronto, parecía que la pena se había esfumado como por arte de magia.
—Pero ahora... empieza tu camino —añadió como si estuviera completando mi frase anterior.
—No iba a decir eso.
—Ya lo creo que sí.
Dio otro paso hacia delante con las comisuras alzándose en una sonrisa llena de confianza.
—Del, para, hazme el favor. —Sabía lo que estaba haciendo. Escondiéndolo todo. Fingiendo. Y lo odiaba—. Iba a decir que ahora estás tú , joder. Y estas últimas semanas...
—Ronan, no sigas por ahí.
—Soy nuevo en todo esto. Ni siquiera sé cómo gestionar el hecho de que alguien me importe más allá de mi propia vida y mis propias metas. Pero me importas. Me importas muchísimo, Del. Contigo he descubierto otro tipo de cosas, y no imaginaba que tener una relación podía hacerte sentir así.
—Ronan —ahora fue ella la que me detuvo, negando tristemente con la cabeza—, no tenemos una relación.
—¿No? —Se me escapó una risa de incredulidad ante su expresión pulcra—. Entonces, ¿qué nombre le das a esto que ha pasado entre nosotros? ¿Cómo llamas tú a compartir todo el tiempo posible, a follar contigo todos los putos días y a amanecer pegado a tu costado? ¡¿Cómo lo llamas, Del?!
Mi frustración la hizo retroceder un paso, pero yo no quería que huyera. Quería que dijera la puñetera verdad. Que teníamos algo. Que lo teníamos todo, joder.
—Siempre he estado solo —empecé a decir—. Tengo mi sueño al alcance de la mano y estoy tremendamente emocionado con todo lo que eso conlleva. Dispuesto a ir a por todas, a dejarme la piel por el camino. Pero tú y yo... Quizá podríamos...
Antes de que pudiera decir nada más, ella se acercó a mí lo suficiente para que me perdiera en sus rasgos. Levantó una mano y la deslizó por mi mentón. Me encogí ante su caricia y nos miramos.
—Ronan... En este mundo no existen los quizás.
Ahora no lo comprendes, pero pronto lo harás.
Tienes que centrarte en esto. Solo en esto y en ti.
Y olvidar todo lo demás. Amas esta profesión, así que construye tu carrera.
Llegar a la cima es un camino de esplendor, pero no puedes tenerlo todo.
Creo que, en realidad, nadie puede tenerlo todo.
Pero yo la quería a ella. Me perdí en sus palabras, consciente de que eran ciertas y de que procedían de sus emociones más puras. Delilah advirtió la duda en mi mirada y aprovechó para continuar con su alegato:
—Voy a decirte lo que va a pasar a partir de ahora.
—Yo la atendía como a la reina que era para mí—.
Vas a rodar una nueva película que también triunfará.
Después, llegarán otras, conocerás a más gente, te relacionarás con compañeros actores, con directores, con guionistas...
Algunos se convertirán en amigos como Eliza, y otros, no.
Entrarás dentro de la rueda. La rueda te dará gloria y felicidad, pero también te reclamará.
No quiero, por nada del mundo, que me tengas en la cabeza mientras persigues tu sueño.
Te lo digo por experiencia y porque te admiro tanto que no soportaría verte infeliz.
—Pero, Del... —murmuré acercándome a ella y llenándome de su aroma—. Eres importante para mí.
—Lo soy. Y tú lo eres para mí. Y lo único que necesito es... es...
La impresionante contención de Delilah se rompió, dando paso a sus más sinceras emociones. A unos ojos que me miraban tristes, a unos labios en los que yo quería vivir.
—¿Qué necesitas, Del?
—Necesito que mañana cojas tus maletas y me jures que lo vas a dar todo. Porque el Ronan O’Connell que conozco se lo merece. Y el mundo se merece conocer tu talento.
—Joder, Del..., pero...
Yo estaba enamorado, a un paso bastante pequeño de plantarme de rodillas ante ella.
—Sin peros, ¿vale? —susurró sobre mi boca.
—Quizá podríamos intentarlo.
—Ronan, necesito alejarme de esto durante un tiempo.
Entonces lo entendí. Comprendí lo importante que éramos el uno para el otro.
Tanto, tantísimo, como para permitir que el otro se alejara a pesar de que sabíamos que nunca nadie significaría lo mismo.
Que con nadie más viviríamos lo que habíamos vivido juntos.
Y lo aceptamos. Por ella. Por mí. Por lo que éramos.
Por lo que amábamos el arte. Estábamos aceptando no apostar por lo que teníamos.
Pero eso no impidió que nos pasáramos el resto de nuestro último día entrelazados bajo las sábanas.