Un amor inventado 8. LA ÚNICA
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8. LA ÚNICA

LA ÚNICA

Delilah

Con él, besar no tenía fin. Nos arrastramos hasta el interior de la casa sin despegar nuestros labios, sin parar de rebuscar en el interior del otro.

Yo necesitaba quitarme el sabor de la decepción de la punta de la lengua y él estaba empeñado en complacerme.

Ronan me bajó la cremallera del vestido frente a la chimenea y dejé que me lo deslizara por el cuerpo.

Una vez que me quitó la prenda, no me contempló el cuerpo, sino que continuó con sus ojos atados a los míos.

Compartíamos el mismo deseo, una necesidad angustiosa que me llevó a deshacerme de su camisa y a desabrocharle el pantalón.

Enredamos nuestras extremidades, acariciamos la piel desnuda del otro con nuestras manos, y también con nuestra lengua.

Un rato después, caímos al suelo con las mejillas encendidas y el pelo revuelto.

Cuando se sentó, Ronan me depositó sobre sus caderas y yo lo rodeé con las piernas hasta que encajamos del todo.

Juntamos la punta de nuestras narices y seguimos mirándonos desde tan cerca que los límites del mundo consistían en el ángulo de sus pómulos a cada uno de los extremos y, un poco más abajo, hacia el sur, su boca jadeando sobre la mía.

—Quiero ser el hilo con el que cosas la herida, Del —susurró con la respiración entrecortada.

—Pero... lo nuestro no... —Ni siquiera podía formar una frase coherente entre tanta emoción.

—Pero cuenta, Del. Todo cuenta. Los instantes importan. Sobre todo, si son contigo.

En ese momento, enterrada en él, colmada de un placer descomunal e intenso, fui consciente.

Lo que nos unía era efímero. Él se iría.

Y yo... yo aún no sabía lo que iba a hacer.

El simple pensamiento de no tenerlo cerca, de no encontrar su mano al alcance de la mía, hizo que las lágrimas regresaran y se anclaran bajo mis párpados.

Un segundo después, dos cascadas delgadas se deslizaron por mis mejillas.

Ronan detuvo sus envites y posó una mano sobre mi mentón, en el mismo lugar en el que había desembocado mi agua salada.

—¿Del? —preguntó, absorto en su preocupación.

—No pares, por favor —le supliqué posándole la palma de mi mano sobre el corazón—. Quiero más. Quiero más. Quiero más.

Pero otra lágrima se me escapó y él la capturó con los labios para saborearla con adoración.

—Es solo que nunca pensé que algún día podría sentirme así... —sollocé—. Tan anclada a alguien.

—Eres la única que puede marcarme, Del.

Ronan se tumbó de espaldas sobre la alfombra. Me observó desde abajo y me fijé en cómo las puntas de mi melena resbalaban sobre su pecho.

—Cuando sientas el peso en el estómago y tu cabeza empiece a formar huracanes, cierra los ojos y cabalga —susurró él rememorando esas palabras—. Cabalga , Delilah.

Lo hice. Cabalgué. Me moví sobre sus caderas viajando al encuentro de mi propio placer, mientras él gruñía desde el fondo de su garganta.

Cerré los ojos y me abandoné a esa sensación de libertad.

De estar en el centro de algo. De la nada sucediendo en los márgenes.

Entonces, lo comprendí todo. El pasado, el presente y el futuro.

Un anhelo por lo que siempre había buscado dentro de mí, un deseo capaz de consumirme y la esperanza puesta en el paso del tiempo.

Y, en medio de todo aquello, estaba él. La única persona que me había alcanzado. La única persona que me había amado de verdad.

Un rato después, seguíamos tumbados sobre las alfombras. Jugábamos con nuestras manos entrelazadas y él me acariciaba el dorso cada tanto con el pulgar.

—¿A qué trato se refería tu madre? —preguntó Ronan rompiendo el rumor lejano de las aves nocturnas que sobrevolaban los alrededores.

—A ganar un maldito óscar... Ese era el principal objetivo que nos marcamos cuando nos embarcamos en esto. Con solo once años, me quedé a las puertas. Supongo que no fui suficiente para merecerlo.

—Tú no te mereces un puto óscar, Del —gruñó a la vez que movía todo el cuerpo—. Tú lo que mereces es que te quieran bien. Que te quieran de verdad.

Sonreí con tristeza, existiendo dentro del calor que desprendía su cuerpo.

—Y, sin embargo, tú también me odiabas al principio, ¿no?

Ronan soltó una risa incrédula que rajó el ambiente.

—Por aquel entonces ya estaba colgado de ti —admitió—. Solo que lo llamaba de otra forma.

—¿De qué forma?

— Odio .

—¿Me odiabas, entonces?

Debió de percibir el abatimiento en mi voz, porque se irguió sobre mí y me miró con esa sinceridad que suponía mi perdición.

—Eso era lo que me repetía una y otra vez.

Pero ahora entiendo que alguien que admira a otra persona del modo en el que yo te admiraba a ti no puede odiarla.

Precisamente, se trata de lo opuesto. Cuando llegaba al hotel después de la jornada, estaba jodido.

Jodido por tus ojos, Delilah —confesó—. Jodido porque de pronto encontraba respuestas a preguntas que ni siquiera había formulado.

—¿A qué preguntas te refieres? —Quería saberlo. Necesitaba saberlo todo.

—¿Era posible estar viviendo el mejor momento de tu vida y ser consciente de ello?

—evidenció, y nos miramos fijamente durante unos segundos.

Luego, continuó—: Lo era. Al menos, así es como lo sentía contigo.

No quería estar en otro lugar más que allí, actuando contigo.

Aprendiendo de ti. Repitiendo el guion una y otra vez.

Improvisando a cada momento. Los días en los que nos dejábamos llevar y olvidábamos todo lo demás se convirtieron en mis favoritos.

Siendo otra persona, mi personaje, era menos yo que nunca y, al mismo tiempo, jamás me había sentido tan en paz y tan consciente de mí mismo.

Es contradictorio, y no sé si tiene algún sentido...

—Lo tiene, Ronan —le aseguré—. Me he pasado la mayor parte del tiempo viviendo solo a través de mis personajes.

De algún modo, lograba mimetizarme con ellos para escapar de mi vida.

Buscaba huir de mi realidad entregándome a la de ellos, buscaba existir a través de sus problemas, de sus conflictos. Y terminaba reconociéndome en ellos.

—Más tarde —agregó él—, comprendí que ese sentimiento de plenitud aparecía porque tú merodeabas a mi alrededor.

Porque me mirabas. A veces. O todo el tiempo.

Tú, tú, tú. Y tu aguamarina. Me metía en la cama, cerraba los ojos y ese color me arrastraba hasta que perdía la consciencia.

Así que, respondiendo a tu pregunta, supongo que nunca te odié. Más bien al contrario.

Quise decirle que yo también sentía lo mismo.

Con la misma profundidad y el mismo abandono.

Pero no podía hacerle aquello. A él no. Porque su futuro estaba escrito y nuestra despedida predestinada.

Desde que formábamos parte de la vida del otro, yo también presentía que surcábamos el momento correcto.

El problema era que el momento siempre terminaba pasando a merced del tiempo.

Sin embargo, sí que podía hacerle sentir bien.

Podía aprovechar hasta el último de los segundos.

Apenas nos quedaba poco más de una semana, un gran número de minutos y muchos más segundos.

Pero... ¿qué pasaría cuando el contador se pusiera a cero?

No quería pensarlo. Aún no. Así que tan solo lo agarré del cuello, lo atraje hacia mí y volvimos a fundirnos.