Un amor inventado 7. ¿QUÉ HAY DE SUS SUEÑOS?
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7. ¿QUÉ HAY DE SUS SUEÑOS?

¿QUÉ HAY DE SUS SUEÑOS?

Ronan

Delilah me había rogado que la sacara de allí.

Así que nos montamos en el coche y conduje de regreso a la granja.

Había intentado tranquilizarla cuando la primera lágrima invadió su mejilla, pero ella me había pedido que lo dejáramos estar.

El resultado había sido pasarnos las cuatro horas de trayecto en completo silencio.

Un silencio solo interrumpido por el rumor de las canciones que sonaban en la radio.

No podía creer el sufrimiento que arrastraba Delilah.

Mi interior se convertía en una trinchera al recordar cómo la había tratado su madre, cómo le había hablado.

Como si Del fuera un juguete, como si hubiera nacido para brindarle a ella la felicidad y no para convertirse en una persona por sí misma.

Era enfermizo. Triste y deprimente. Y lo único que deseaba en ese momento era que ella no sufriera, pero lo hacía.

Lo hacía, joder. Podía sentir su desengaño en la punta de los dedos.

Las manos me temblaban sobre el volante mientras recorría el último tramo de camino hacia la casa.

Cuando aparqué, el quejido de alivio que ella soltó por la boca no ayudó a templar la furia que intentaba esconder.

Pero, por encima de todo, quería respetarla.

A pesar de que lo único que deseaba fuera hablar con ella, explicarle que era normal sentirse así.

Que la comprendía. Incluso más que a mí mismo.

Antes de abrir la puerta del coche, me dirigió una mirada avergonzada que me destrozó aún más.

Y hasta ahí llegué. Porque ella no se lo merecía.

Delilah tenía la intención de escaparse al interior de la casa, pero, a mitad de camino, me adelanté y la sujeté del brazo impidiendo que avanzara. Ella me observó con las mejillas mojadas y el corazón roto.

—Ni siquiera puedo decir que lo que mi madre ha dicho sea mentira.

Me puse frente a ella, llevé mi mano a su mentón y la obligué a mirarme a los ojos.

—Por Dios, Del. Claro que es mentira —le aseguré con más determinación que nunca—. No eres esa persona. Eres mucho más que todos tus primeros planos, que todas tus fotografías, que tus películas y que todas esas sonrisas agradables que les dedicas a todos. Confía en mí, por favor.

—Y ahora mi abuela me ha traicionado... No sé si podré soportarlo.

—No te ha traicionado, cariño —aclaré con tacto—. Solo te estaba protegiendo de esa mujer.

Observé cómo la coraza que Delilah había alzado durante el viaje se desvanecía ante mí. Después, se abrazó el cuerpo ante la fría brisa de final de la tarde que mecía las hojas de los árboles.

—Siempre he odiado que todos creyesen que era una santa, una virgen.

Alguien perfecto y sin pecado al que poner de ejemplo y al que idolatrar.

Siempre detesté la persona irreal que mi madre moldeó ante el mundo.

Yo nunca quise ser un referente. —Asentí, en silencio—.

Detesto que todos deseen ser yo porque les parezco la viva imagen de la perfección.

Soy igual de imperfecta que ellos. —Delilah negó con la cabeza, abatida.

—Si te sirve de consuelo, cuando te conocí pensé que eras una bruja. —Ella intentó soltar una risa que no llegó a buen puerto. Pero necesitaba que saliera de su tristeza—. Alguien de color púrpura tirando a negro por dentro de la que era mejor alejarse.

Esta vez, su risa se deslizó por el prado exterior de la casa, y yo me relajé de golpe.

—Pero tú... hace poco que me conoces... —soltó ella con la boca apretada.

—Quizá te conocía incluso antes de verte por primera vez.

—Mi madre cumplió todos sus sueños a través del mío. Pero... ¿qué hay de mis sueños? ¿Qué hay de ellos, Ronan?

Di un paso al frente y me acerqué a su cuerpo. Le rodeé la cintura con los brazos y la pegué a mí. Sentí su frío en mi propio pecho.

—¿Sabes qué vas a hacer con tus sueños?

Sus preciosos ojos negaron al parpadear.

—Cumplirlos todos.

—Estoy atrapada. Y me siento como una imbécil por sentirme atrapada en esta jaula de oro.

Dentro de esta vida llena de privilegios y de lujo, dentro del puñetero Hollywood dorado.

¿Quién en su sano juicio no desea esta vida?

—preguntó, con la voz totalmente rota—. La vida que tengo.

Esta carrera. Esta casa y todas las demás. Todas mis posibilidades. ¿Quién?

—La jodida Delilah Williams.

—Amo actuar, Ronan, pero creo que necesito dejarlo si quiero salvarme —confesó tan bajito que pareció que se lo estaba diciendo a ella misma.

—Está bien llegar a serlo todo, alcanzar la cima, y ya no querer serlo más.

La quería. Era algo que no me había permitido decir en voz alta, ni tampoco a mí mismo. Pero la quería. La quería. La quería. La quería . Y odiaba que llegara el día en que me tuviese que separar de ella.

—Voy a besarte, ¿vale? —la avisé.

Delilah asintió relajando su expresión y mostrándome su yo más puro, su esencia.

—Me encantas como actriz, Del, pero me gusta más la persona que está debajo. Muchísimo más.

Y entonces me aseguré de demostrárselo con mis labios.