Un amor inventado 6. UNA DECEPCIÓN MÁS
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6. UNA DECEPCIÓN MÁS

UNA DECEPCIÓN MÁS

Delilah

Mi madre estaba frente a mí, envuelta en una furia calmada que infundía terror. La conocía demasiado bien para no saber que esa ira terminaría por brotar en mi dirección. Del mismo modo que era consciente de que una madre trastornada podía ser la mejor maestra de actores. Porque yo era la prueba.

—¿Cuánto más voy a tener que esperar para que se te pase la pataleta?

—Fuiste tú quien me dio la espalda después del fracaso de aquella película, ¿te acuerdas? —Por cómo dobló la boca, supe que había tocado hueso.

Precisamente, había querido rodar esa película como una forma de sobrevivir. Para que fuera ella quien se alejara de mí, porque por aquel entonces yo no tenía la determinación necesaria para enfrentarla. Quizá tampoco la tuviera ahora, a juzgar por el latido enfermizo de mi corazón.

—Me equivoqué —admitió con fervor—. Pero yo sabía que podías arreglarlo. Siempre he confiado en ti. Y por fin estamos otra vez arriba, Delilah.

Me piropeó de esa forma tan fría a la que me tenía acostumbrada. Con el cuerpo rígido en mi asiento y las rodillas temblando, continué observándola. Quería salir de allí, o que ella desapareciera, porque no soportaba un segundo más su presencia ni la influencia que seguía ejerciendo sobre mí.

—Hemos sido mi equipo y yo quienes hemos trabajado para que eso ocurra, para que pudiera volver a la actuación.

Rose lanzó un chasquido de desaprobación y percibí con el rabillo del ojo cómo la espalda de Ronan se tensaba sobre el respaldo de su silla.

—Hubo un tiempo en que tu equipo empezaba y terminaba conmigo, Delilah. Además, teníamos un trato... ¿Lo has olvidado?

Precisamente me costaba dormir por las noches porque aún lo recordaba.

Toda la presión a la que me había sometido durante años, todo el cariño que había anhelado, los horarios y los calendarios seguidos a rajatabla, todos los días del año, el hambre de éxito que me había inculcado desde la cuna, todas esas horas dentro de aquel armario cuando tan solo era una niña...

—Lo recuerdo demasiado bien como para saber que no te quiero cerca. Así que respeta mi decisión.

—Me lo debes todo. Eres una estúpida desagradecida —me acusó alzando la voz.

Todos enmudecimos y, en medio de aquel silencio, yo me hice un poco más pequeña. Porque quizá estaba diciendo la verdad... En el fondo, le debía tantas cosas que...

—Márchate, Rose —dictó mi abuela levantándose de su asiento.

—No me voy a ir hasta que me den lo que merezco.

—¿Y qué es lo que quieres? —pregunté.

—Volver a formar parte de tu carrera.

Me reí, pero solo para mis adentros. Ella quería formar parte de mi carrera, por supuesto que sí. No de mi vida. Porque eso era lo que siempre había sido para ella, un producto. La gloria de alcanzar lo más alto. Un conducto para cumplir sus sueños más obsesivos.

—Eso no va a pasar —le aclaré.

—¡Pues entonces vas a tener que pagarme una millonada!

—La pagaré con mucho gusto.

—Es hora de que te vayas —volvió a presionarla mi abuela—. No lo empeores más.

Pero mi madre no se marchó, sino que dio media vuelta para rodear la mesa y llegar hasta mí.

Con cada paso, me observaba como si me estuviera clavando un puñal a cada centímetro que se acercaba.

Hasta que estuvo delante, ante mi cuerpo.

Y entonces percibí cómo Ronan arrastraba la silla y se levantaba, y yo puse todo mi empeño en mirarlo y hacerle ver que todo estaba bien para así tratar de tranquilizar la furia que brotaba de su interior.

Él no me creyó, a pesar de que yo estaba perfectamente calmada de cara a la galería.

Pero al final Ronan se quedó donde estaba porque se lo rogué sin necesidad de abrir la boca.

El aroma a perfume de gardenias me atravesó en el momento en que la encaré.

—Desde el principio me criaste para que todos me quisieran, para que me admirasen, para que me vieran como una triunfadora... Y yo solo... solo era una niña.

—Sé lo que intentas —vociferó mi madre demasiado cerca—. Quieres alejarte de la imagen que las dos construimos. De todo lo que sacrificamos para que estuvieras siempre en lo más alto. Pero lo que creamos es tan fuerte que nunca vas a poder darle la espalda. Siempre te perseguirá.

—¡Pero yo no soy esa persona! —exclamé—. Quizá nunca lo he sido.

—¿Y quién dice eso? —No pude contestar—. Recuerda que no eres nadie sin una cámara enfrente. Sin todos esos elogios que te llueven por tus películas. Ese es el legado que llevas construyendo todos estos años, eso es lo que te da el poder.

Yo no era nadie .

—Te aconsejo que te calles ahora mismo si no quieres que sea yo quien te saque de aquí. —La voz grave de Ronan rebotó sobre las columnas que nos rodeaban.

Mi madre ladeó la cabeza, solo un poco, para poder escrutarlo de arriba abajo sin ningún tipo de compasión.

—Ella nunca estaría con alguien como tú —clamó con desprecio—. Solo eres una pieza más en el juego. El huérfano al que todos le tienen lástima. Una pieza de plástico que no vale nada.

—¡Ya es suficiente, Rose! —gritó mi abuela—. ¡Márchate!

—Jamás te caí bien, ¿verdad? —Ahora la ira de mi madre se desplazó hacia Odessa—. Nunca aceptaste que tu hijo se enamorara de esa chica que no tenía el talento suficiente para ser actriz.

Crucé una mirada con Ronan, que ahora presentaba un semblante encendido y estaba más allá de cualquier demanda de tranquilidad por mi parte.

—Ella no te quiere denunciar, Rose —le dijo—. Pero a mí no me va a temblar el pulso a la hora de hacerlo. Esta situación se ha acabado, aquí y ahora. La estás acosando y te aseguro que la justicia me dará la razón a mí.

Mi madre dio un paso atrás, dubitativa por primera vez desde su aparición estelar. Frunció el ceño y, entonces, empezó a hablar al tiempo que miraba fijamente a mi abuela.

—Mi último movimiento fue torpe, lo sé. Totalmente fuera de lugar... Pero solo lo hice por la frustración de no estar a su lado y estar perdiéndomelo todo.

—¿De qué está hablando? —Las cejas se me alzaron incontrolables.

Estaba claro que el ambiente se había enrarecido. Ronan me miraba a mí, sin entender nada. Y yo miraba a mi abuela para que me diera una respuesta cuanto antes. Sin embargo, lo único que llenó el aire unos segundos después fue la risa histérica de mi madre.

—Ah, ¿que no se lo has contado?

—¿Qué es lo que no me has contado, abuela?

La mujer a la que quería con todo mi corazón, el verdadero regalo de mi vida, y que también me había inculcado el amor por la actuación, me observaba petrificada.

Busqué entonces la mirada de Rose y en ella atisbé el golpe final.

El dolor que siempre me provocaban sus palabras.

La capacidad que tenía para aplastarme y mantenerme bajo su pulgar.

Todo el poder que infundía sobre mi persona.

—Fui yo quien filtró tus fotos, Delilah. Lo hice para que reaccionaras, para que volvieras a mí. Y tu abuela me descubrió.