5. SENTIR SU MIEDO
SENTIR SU MIEDO
Ronan
La imponente mansión de estilo clásico pintada de un blanco impoluto parecía desafiarme con su elegancia.
Si ya había estado impresionado durante las horas de viaje que había conducido hasta la parte este de los Hamptons, ahora, mientras recorríamos un césped infinito y milimétricamente cortado, tragaba con dificultad.
Quise decir algo, intentar disimular los nervios que empezaban a materializarse en el sudor frío que me bajaba por la espalda, pero mi boca estaba sellada.
Delilah, que iba ataviada en uno de sus minivestidos veraniegos, me cortó el paso antes de que subiéramos los escalones de la puerta principal.
—¿A qué viene esa cara? ¿No soñabas con ver los Hamptons? —preguntó ella colgándose el bolso al hombro.
—Ni en mis sueños más delirantes pensé que conocería a una de las divas más legendarias de Hollywood.
—A Alan nunca le presenté a mi abuela, por si te interesa saberlo.
Mis cejas se arquearon por la sorpresa y esa pequeña información me distrajo lo suficiente de la tensión del momento.
—Me interesa saberlo, Del.
—Ella es la gran actriz de todas esas películas. Pero también es mi abuela.
Asentí y me coloqué a su lado cuando llamó al timbre.
Nos abrió una mujer de mediana edad, que Delilah me presentó como Sarah, la gobernanta de la casa.
Cuando terminó de abrazar con cariño a Delilah, nos invitó a pasar.
Y entonces nos adentramos en la casa más espectacular que había tenido el placer de ver, con un parqué que brillaba más que las estrellas.
Las estructuras con arcadas, las vigas de madera al descubierto y los grandes ventanales eran algunos elementos que constituían la vasta estancia.
Apenas pude fijarme en nada más a medida que el pulso se me aceleraba empeñado como estaba en seguir a Delilah.
Salimos a un gran jardín exterior que me abrumó por su inmensidad y su paisaje armonioso. Más y más hectáreas de césped en perfecto estado que desembocaba en la orilla de un lago lejano que, a su vez, limitaba con un bosque.
Aquello era espectacular.
Ni siquiera había visto algo parecido en las películas.
Y me puse aún más nervioso cuando Delilah bajó la voz y dijo:
—Debe de estar en los rosales, por aquí.
Continué a su lado en completo silencio hasta que llegamos a un patio apartado con unas impresionantes columnas blancas que resguardaban un comedor. Me fijé en que la mesa estaba puesta, con cubiertos de plata y copas de cristal. Tres servicios perfectamente preparados para el almuerzo.
—¡Ahí está! —exclamó Delilah señalando con la cabeza hacia el otro lado.
Odessa Williams se encontraba de espaldas ante un enorme rosal. Las flores blancas trepaban por una pared de hojas y, justo en ese momento, la mujer estaba cortando uno de los tallos para sumarlo al ramo que agarraba en una mano.
—¡Abuela!
—¡Niña bella! ¡Ya habéis llegado! —Al volverse y ver a Delilah, cayó presa de una alegría descomunal.
Se fundieron en un abrazo tan emocionado que por un instante me olvidé de mi situación. De que tal vez podría perderme para siempre en aquella mansión de los Hamptons si me despistaba un segundo.
—Abuela, este es Ronan —me presentó Delilah mientras arrastraba a su abuela hacia mí—. Tenía muchas ganas de conocerte.
La expresión que se dibujó en su semblante me clavó en el suelo.
Era evidente de quién había heredado Delilah su elegancia.
Aquella mujer, una actriz espléndida que había hecho historia, me observó como lo hace un verdadero intérprete.
Con intención. Con garra. Sin embargo, su gesto también me pareció cálido y curioso, y el brillo de su sonrisa rivalizó con las lujosas perlas que le decoraban las orejas.
—Encantado de conocerla, señora Williams —la saludé dando un paso adelante y tendiéndole la mano.
Pero ella no dudó en apartármela con perspicacia antes de abrir los brazos y acogerme entre ellos. Olía a flor recién cortada mezclada con un intenso perfume.
—No me llames señora, jovencito. ¿No te parece que tengo un nombre precioso?
—Ya lo creo que sí.
—Pues Odessa, entonces. Ahora lo entiendo todo, Ronan O’Connell.
Delilah la tenía agarrada del brazo con cariño y devoción, y en ese momento, me di cuenta de cómo el nerviosismo se reflejaba en sus ojos ante aquella situación.
Joder. Había sido egoísta no pensando en ella.
¿Estaría yo a la altura de un acontecimiento como aquel?
Esperaba que sí. Al menos, iba a poner todo mi empeño en ello.
—¿Ahora entiendes qué, abuela? —quiso saber Delilah mientras nos dirigíamos hacia la mesa.
—La fiebre que hay contigo, chico —respondió sin dejar de contemplarme con unos ojos grandes y vivos—. Tienes un atractivo que te arrastra. Y encima eres todavía más guapo en persona. Es comprensible que seas al primer chico que Delilah trae a esta casa.
A esas alturas, yo estaba del mismo color que los labios de Delilah. Absurdamente rojo.
—¡Abuela! ¡No lo intimides!
—Yo no lo intimido. Las verdades no deberían intimidar, ¿no crees, Ronan? —preguntó ella haciéndome partícipe.
—Por supuesto, seño... —Entrecerró solo un ojo y yo me detuve en seco—. Por supuesto, Odessa. Me siento halagado.
—Déjame decirte dos cosas más.
Delilah me miró con una disculpa pintada en su preciosa cara, pero tan solo pude sonreír por tener la oportunidad de estar allí acompañándola.
—Estás espléndido en la película. Es evidente que esa sonrisa ladeada que ahora me dedicas a mí confabuló para formar todo ese fenómeno de masas en el que estáis envueltos.
—Diría que no sonrío en toda la película... O, en cualquier caso, lo hago muy poco.
—Sí —concordó ella—. Solo sonríes una vez. Pero qué sonrisa, chico. Las cosas espectaculares si se atisban solo un poco se vuelven inolvidables.
No pude evitar reírme. Mejor eso que echarme a llorar por estar recibiendo aquel elogio de semejante actriz.
—¿Qué era la otra cosa, Odessa? —Mi interés se impuso en el ambiente cuando nos plantamos frente a nuestros asientos.
—¿Te gusta el pastel de marisco? Es el favorito de mi nieta. Y también lo era de su padre.
—Me encanta.
Lo cierto era que nunca lo había probado, pero quería que todo fuera perfecto. Por Delilah. Solo por ella .
Las rosas blancas resplandecían encerradas en un jarrón de cristal.
Habíamos arrasado con toda la fuente del pastel de marisco, porque estaba espectacular.
También porque el tiempo había pasado como un cohete entre anécdotas antiguas de los rodajes de Odessa y de cómo se forjó su meteórico camino al estrellato.
Al final, el relato había llegado a la depresión en la que se había sumido cuando el padre de Delilah había fallecido en un accidente de vela.
Comprobé que recordarlo en las palabras y las vivencias de su abuela pintó cierta tristeza en la expresión de Delilah.
La misma chica con la que el mundo se me estaba abriendo se levantó de la mesa para alcanzar un pastel de queso con una abundante capa de mermelada de fresa en la superficie.
Nos sirvió una porción a su abuela, a mí y a ella misma, y volvió a tomar asiento mientras me dedicaba una sonrisa de complicidad.
—Como parte de la familia que soy —comenzó a decir Odessa desde el sillón presidencial—, debo avisaros de que en este mundo del espectáculo es bastante difícil mantener una relación sentimental.
Me puse lívido y tragué con dificultad el primer trozo de tarta, sin poder siquiera apreciar lo rico que estaba.
—La distancia, el estrés, los compromisos a los que no puedes negarte vete tú a saber por qué...
—Abuela, para —la interrumpió Delilah con cierta rigidez en la voz—. No estamos en ese punto. Solo pasamos tiempo juntos y nos divertimos.
La mujer posó su mirada infinita e intimidatoria en cada uno de nosotros antes de volver a la carga.
—Vuestros ojos no me dicen lo mismo —insistió—. Y los ojos nunca mienten. Sé reconocer cuándo algo es real.
—Las cosas no funcionan como antes —rebatió Delilah mientras rebañaba un poco de mermelada con el tenedor—. Y doy gracias todos los días por ello.
—¿A qué te refieres?
—A que lo más importante ahora es centrarse en uno mismo, en tu propio crecimiento, y no echar por tierra los logros personales por anteponer las relaciones.
—Bueno, querida. A mí me parece que cuando uno se enamora de verdad importan más bien poco los tiempos. La sensación es la misma. Puedes rebelarte contra ella, sí. Pero no conseguirás nada. El amor es difícil de encontrar, Delilah, y más difícil aún de conservar.
—¡Abuela! ¡¿Quién demonios está hablando de amor?! —gruñó Delilah tapándose los ojos con la palma de la mano, muerta de vergüenza.
—Estamos bien juntos y eso es lo importante. No podíamos decir lo mismo hace unos meses... —intervine intentando relajar el ambiente y virar la conversación hacia otro camino.
Odessa se dispuso a hablar de nuevo, lo que seguramente era el inicio de otro de sus pícaros comentarios, pero se detuvo cuando llegó hasta nosotros el ruido de unos tacones repiqueteando cada vez más cerca.
Los tres giramos la cabeza hacia la entrada del comedor exterior.
Un par de segundos más tarde, apareció una mujer alta, vestida con un traje gris que hacía juego con sus enormes ojos.
No tenía ni idea de cómo lo supe. Pero lo supe.
Aquella recta mujer que había trastocado nuestra paz era Rose Andersen.
La madre de Delilah. Un tenedor impactó contra la mesa y miré hacia el frente, hacia la chica que ya no agarraba el cubierto en su mano.
Su rostro era el mismo que el de un espectro, y el temblor de su labio inferior no vaticinaba nada bueno.
—Me gustaría saber por qué no he sido invitada a esta preciosa reunión familiar. —Su voz era igual de afilada que el borde de una navaja—. Pertenezco a esta familia.
—No has sido invitada porque no eres bienvenida, Rose —protestó Odessa, claramente molesta.
—Pues me temo que vas a tener que aguantarte, porque esta es la única manera que he encontrado para estar cara a cara con mi hija.
Entonces la mujer apoyó las manos en la mesa y ladeó la cabeza en la dirección de Delilah. El miedo que percibí en ella debió de enquistarse en uno de mis pulmones, o en los dos, porque de pronto noté que me faltaba el aire. Y que las aletas de mi nariz se dilataban por la rabia.