4. LA VIDA LENTA
LA VIDA LENTA
Ronan
—Creo que podría acostumbrarme a esto —comenté cuando saqué la cabeza del agua y me sacudí el pelo.
—¿Te refieres a estar aquí?
Delilah estaba sentada en el poyete de la piscina con las piernas cruzadas.
—No. Me refiero a disfrutar de ti. ¿Sabes? —pregunté retóricamente—. Siempre he deseado lo contrario de esto. Siempre he querido una vida acelerada, sin pausa, una vida al límite, sin tiempo siquiera para pensar. Pero ahora, aquí, contigo, quiero vivir con lentitud. Quiero saborear los momentos.
Ella posó las dos manos en la piedra y yo la contemplé desde la distancia.
Estaba perfecta con ese bikini de color azul y con esa pamela blanca en la cabeza.
Y ya hacía demasiado rato que no la tenía todo lo cerca que me gustaba.
Observé cómo alcanzaba un libro que tenía a su lado y, cuando lo abrió, me quedé atónito al ver la portada.
—¿De verdad? —Asintió, comedida—. ¿Estás leyendo Cumbres Borrascosas ? ¿Ahora?
—Ajá...
No pude contenerme más y nadé hasta posarme frente a ella, que me recibió con una sonrisilla avergonzada.
—Tienes que contarme estas cosas...
—¿Por qué?
—Porque me hacen estar aún más loco por ti.
Se rio. Pero luego adoptó una expresión de reproche.
—Y tú me tienes que hablar algún día de lo que escribes con tanta concentración en esas libretas.
—Algún día.
Su olor y el calor en su piel por el sol absorbido me hicieron desearla de nuevo de una forma tan intensa que empecé a darle besos suaves por la cara interna del muslo. Delilah se tensó y me miró con un deseo que comenzaba a despertarse también en su interior.
—¿Puedo...? —le pregunté, totalmente perdido en nuestro mundo.
Delilah abrió las piernas y yo le aparté hacia un lado la tela de la braguita. La besé, la lamí, la saboreé, mientras ella enterraba una mano en mi pelo y jadeaba. Yo solo era un animal hambriento. Un lobo en plena luna llena. Aullando por ella.
—Ronan... Dolores está por aquí, en la casa...
—He hablado con ella hace un rato y me ha dicho que estaría en la última planta —la informé entre lametón y lametón—. ¿Puedo seguir?
—Sigue, joder, sigue —dijo con la respiración acelerada.
—Gracias.
Seguí. Seguí. Y seguí. Cuando ella se liberó envuelta en un silencio contenido, alcé la cabeza y encontramos nuestras miradas.
—¿Puedo seguir?
Sus ojos lucían brillantes, sus mejillas sonrosadas.
—Ven, Ronan.
Me agarró del cuello y pronto me reencontré con su boca.
—Puedo saborearte para siempre y ser feliz, Aguamarina —le aseguré al separarnos.
—Yo también disfruto de esto, Ronan —reconoció—. De cada segundo que tengo de ti.
Me relajé y sentí el agua caliente de aquella piscina construida en piedra.
—Hoy he hablado con mi abuela —me contó—. Nos ha invitado mañana a su casa a almorzar y a pasar el día. Quiero verla, necesito verla porque la echo muchísimo de menos. Y me gustaría que me acompañaras.
—¿Le has hablado a la gran Odessa Williams de mí? —aluciné, aún con su dulce sabor sobre mis labios.
—Más bien ella me ha obligado a que le hable de ti —aclaró, risueña.
—Vale. Me acabo de poner nervioso.
—Te prometo que lo pasaremos bien.