3. FESTIVAL DE LA CEREZA
FESTIVAL DE LA CEREZA
Ronan
No sabía cómo habíamos terminado ahí. En ese pequeño pueblo perdido en medio de Pensilvania que se encontraba a un par de horas por carretera de la granja de Delilah.
Aunque sí que lo intuía. Lo que pasaba era que me aterrorizaba pensar en ello.
Me costaba bastante hilar los acontecimientos que nos habían conducido hasta esa situación, a pesar de que estaban demasiado claros.
La noche anterior, cuando Delilah se había quedado dormida, cogí mi portátil y bajé a la sala de estar.
Durante mucho tiempo, tal vez demasiado, me había dedicado a buscar por los alrededores un plan especial para que el día siguiente fuera completamente nuevo para la chica por la que me crecían los latidos.
Después de horas navegando de un sitio web a otro, llegué a la página de una pequeña población llena de encanto.
Y lo mejor de todo: celebraban el día de la cereza con una degustación gratis para todo el que visitara el pueblo.
Me había parecido perfecto. Cuando a la mañana siguiente le conté a Delilah que tenía preparada una sorpresa para ella, saltó de la cama y gritó:
—¡Me encantan las sorpresas, Ronan!
Pero, ahora, delante de un cartel demasiado cutre que se extendía a lo largo de dos postes de luz y en el que rezaba «Bienvenidos al Festival de la Cereza», estaba temblando.
Contemplando cómo Delilah subía la cabeza, miraba a su alrededor y abría la boca.
Empecé a rascarme el cuello pensando si había sido la peor idea que había tenido nunca.
La degustación consistía en algo bastante sencillo.
La calle principal estaba repleta de tiendas ambulantes a ambos lados con toldos donde servían cerezas en conos de cartón.
La gente paseaba feliz, parándose en cada puesto y conversando con los granjeros.
Los niños corrían de un lado a otro gritando de emoción.
Y Delilah... En ese momento, Delilah me miraba muy fijamente.
—No sabía que eras tan detallista —soltó, acercándose.
—Y no lo era. Hasta ayer.
Ella me abrazó con fuerza y luego me agarró de la mano para que nos acercáramos a los puestos.
—Estoy emocionada porque nunca he hecho algo como esto, Ronan.
Con su mano unida a la mía, me relajé y dejé que me guiara por el lugar.
—Me alegro, Del. Solo espero que ese pañuelo en tu cabeza, esta gorra en la mía y nuestras gafas de sol sean suficientes para que no nos reconozcan demasiado.
—¡No me importa! —gritó entusiasmada—. ¡Como experta en la materia que soy, quiero probar cada tipo de cereza en cada uno de los puestos!
El corazón se me relajó de tal modo que todo empezó a parecerme maravilloso porque ella simplemente estaba siendo feliz.
En lo alto de aquel cerro, el pequeño conjunto de calles que conformaban el pueblo se vislumbraba en su totalidad.
Los colores pastel abundaban en las casitas bajas de aquel laberinto en medio de la naturaleza.
El sol había descendido y algunas nubes solitarias manchaban el cielo.
Estábamos sentados sobre el césped, con las barrigas hinchadas por todas las cerezas que habíamos ingerido.
—Gracias por esto, Ronan —comentó Delilah.
—¿A pesar de todas las fotos que nos han pedido en nuestro itinerario de una sola calle...?
—A pesar de eso, sí. Porque la gente de este pueblo es muy agradable.
—Soy yo el que tiene que estar agradecido porque me enseñaras tu casa, Del. Y por presentarme a Hepburn.
—Ha sido un placer. —Ella giró la cabeza para sonreírme—. Lo pasamos bien juntos, ¿no? Pero sé que no estás durmiendo bien, he notado que tienes pesadillas desde que llegamos aquí.
Asentí y, de pronto, una nube negra se me asentó en el esternón.
Tenía razón, algunos recuerdos dolorosos habían empezado a aparecer en mis sueños semanas después de aquel incidente en Londres.
Simplemente habían surgido en mi memoria cuando todo el estrés de la gira acabó.
Podría mentir a Delilah, buscar alguna excusa, pero no me sentía capaz de esconder que ella me importaba y que yo también necesitaba abrirle mis propias puertas.
—Soy muy feliz aquí, contigo... Pero creo que estar tan relajado está trayendo viejos demonios a mi cabeza...
—¿A qué te refieres?
—Quiero hablarte de algo, Del... —Me observó con atención, a la espera—.
Aquella noche en la London Night, en la que te busqué por toda la fiesta y te encontré casi inconsciente sobre un sofá, me preocupé mucho.
Me preocupé de verdad. Tanto que no pegué ojo en toda la noche porque quería estar pendiente de ti.
—Ronan..., lo siento mucho.
—No quiero que te disculpes, ya te lo dije. Lo único que quiero es abrirte mi corazón como tú lo has hecho conmigo.
—Estoy empezando a preocuparme...
Ante su atenta mirada, doblé las rodillas y las pegué a mi pecho.
—Quiero contarte algo que no le he contado a nadie nunca, y no tenía intención de hacerlo hasta hace muy poco.
Hasta aquella noche, en realidad —comencé a decir—.
El primer recuerdo que tengo de mi infancia es en brazos de mi madre jugando con la piedra del collar que siempre llevaba.
Ella me dejaba hacerlo mientras volvíamos a casa después del colegio.
Siempre habíamos sido nosotros dos. Ella era hija única y se había enfrentado a su familia porque no quiso seguir con unos estrictos valores religiosos que no compartía, y al final terminó mudándose a Dublín.
Allí fue feliz durante un tiempo, hasta que inesperadamente se quedó embarazada de mí.
Fui el resultado de un rollo de una noche.
—Negué con la cabeza, siendo consciente de que, por primera vez, hablaba de ello en voz alta—.
La cuestión es que mi padre no quiso reconocerme ni ayudarla, así que ella, una mujer joven que se ganaba el pan trabajando en un pub, tuvo claro que seguiría adelante con el embarazo y me traería al mundo.
—¿Cómo se llamaba...? —La voz de Delilah se coló entre aquellas grietas antiguas.
—¿Qué?
—¿Cómo se llamaba tu madre? No me has dicho su nombre.
—Se llamaba Maeve. Maeve O’Connell. —Nos miramos durante unos segundos y luego continué—: Mi infancia fue muy feliz.
Es cierto que no teníamos mucho dinero, poco más que para poder pagar el alquiler de un piso minúsculo y tener un plato de comida a diario.
No había lujos. Ni grandes pretensiones.
Y ella se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando, por lo que a veces me dejaba con la vecina.
Pero los domingos eran nuestros y eran sagrados.
Tenía nueve años cuando me enteré, por casualidad, de que mi madre tenía un problema .
«Cada vez va a peor, y debe dinero a mucha gente», había oído decir a una de las vecinas.
Pero yo no sabía de lo que hablaban, solo tenía nueve años...
Era cierto que desde hacía un tiempo mi madre estaba más abstraída que antes, que se pasaba la mayor parte del día tumbada y que la cocina siempre era un desastre.
También que ya no parecía escucharme cuando cenábamos por las noches delante del televisor.
Y los domingos pasaron a ser los días en que sus amigos la visitaban y yo tenía que bajar a la calle a jugar.
Pero mi vida era esa ante mi mirada de niño.
Para un crío, la vida es lo que es. Lo que tiene frente a sus ojos.
No hay nada con lo que comparar, no existen las capas ocultas, ni los dobles sentidos.
»Varios meses después, la situación empeoró.
Mi madre perdió su trabajo porque según ella su compañera era una “puta chivata”, y entonces los días se convirtieron en una sucesión de persianas bajadas, viajes a la beneficencia e incansables llamadas al timbre que nunca atendíamos.
Pero, de nuevo, yo solo era un niño. Y terminé por adaptarme a esa situación.
Porque mi madre me quería y, a pesar de que estaba mucho más delgada y tenía ojeras oscuras, ella seguía acunándome sobre su pecho.
“Eres mi campeón”, me repetía una y otra vez antes de regalarme un beso en la sien.
»Y entonces llegó el día de diciembre en que todo cambió.
Entré en casa y la oscuridad me envolvió.
No le di más importancia mientras encendía la lamparita del salón.
La habitación de mi madre quedaba justo enfrente y la vi tumbada de lado sobre la cama.
“Ya he llegado, mamá”, recuerdo que le dije.
No me contestó y yo tampoco insistí, porque no era raro que estuviera durmiendo.
Pero las horas pasaron mientras veía la tele en el sofá.
Cuando cayó la noche y llegó el momento de cenar, me levanté y fui a despertarla.
Olía a humedad, porque hacía ya meses que teníamos una gotera en el techo que no podíamos arreglar.
Me senté a su lado y le apreté el brazo.
Ella no se movió y yo alcé más la voz. “¡Vamos, mamá! ¡Despierta! ¡Ya es de noche!”.
Nada. Entonces la zarandeé un par de veces más hasta que su cuerpo quedó boca arriba y la cabeza le cayó hacia un lado.
Mis ojos se posaron sobre la jeringuilla que le colgaba del brazo.
No sé cuándo asimilé que lo que le estaba pasando no era bueno.
No sé si fue antes o después de subirme sobre su cuerpo y empezar a tocarle la cara.
Tampoco recuerdo cómo ni cuándo adiviné que no respiraba, pero debió de ser antes de que me sentara en el suelo, me aovillara en un rincón y entrase en el pánico más absoluto.
Estaba perdido por entero en mi recuerdo, pero la mano de Delilah apretando la mía me trajo de vuelta. Estaba junto a mí, pues su particular aroma a canela era demasiado intenso.
—Ronan... —jadeó.
—Me quedé allí, llorando, sin saber qué hacer. Sin llamar a nadie. Con la única persona que tenía en el mundo muerta sobre la cama.
—Por Dios, Ronan... Solo eras un niño.
—Y ella era mi madre —sentencié, compungido—.
No fue hasta mucho rato después cuando me atreví a salir y llamé a la puerta de mi vecina, la que me cuidaba cuando era pequeño.
Y entonces la realidad me golpeó y me vi arrasado por la soledad.
También por una frustración paralizante porque me la hubieran arrebatado de ese modo.
Era adicta a la puta heroína. Me enteré porque los niños del centro de acogida donde acabé lo iban contando por ahí. Y yo... yo... ni siquiera sabía que...
—Chist... —susurró Delilah posando su frente contra la mía—. Déjame abrazarte, por favor.
Sus brazos me rodearon y se encajó sobre mi cuerpo. Respiré con la nariz envuelta en su cabello.
—La noche de la fiesta, cuando te encontré, todos los recuerdos me vinieron de golpe. Porque estas cosas te marcan para siempre. Es algo que no he olvidado, ni tampoco pretendo hacerlo. Tan solo he aprendido a que eso esté conmigo siempre, ¿lo entiendes?
—Lo entiendo, Ronan —reconoció separándose un poco y observándome con una inmensa delicadeza—. Y también comprendo que te afectara de ese modo. Pero estoy bien. Te lo juro. Ese día no pasó nada porque tú te quedaste a mi lado. Y estuviste conmigo toda la noche, aunque yo ni siquiera lo supiera.
—Del... —más que un llamamiento, fue una súplica—, necesito que me prometas que si tienes algún problema de ese tipo me lo vas a contar. Lo afrontaremos juntos, ¿vale?
Delilah me contemplaba con seriedad mientras me acariciaba la espalda.
—Dentro de este mundo, la gente se divierte de muchas maneras —explicó—.
Y una de ellas es tontear con todo tipo de sustancias.
Yo lo hacía antes, porque no estaba bien y era una manera de evadirme.
Pero nunca llegó a convertirse en un problema.
Y ya no lo hago, te lo prometo. Esa noche no tomé nada, solo me pasé mucho con el alcohol...
—Lo sé, cariño. Pero quiero que confíes en mí, ¿vale? Cualquier cosa, cualquier problema, yo siempre voy a estar a tu lado.
—Vale, Ronan. Ahora necesito que me escuches tú, ¿de acuerdo?
Asentí, apartándole varios mechones con los dedos para despejar su preciosa cara.
—Estoy muy orgullosa de adónde has llegado —declaró.
Mi garganta se cerró por completo conteniendo la emoción—.
Y seguro que tu madre también se siente orgullosa, esté donde esté.
Tienes talento, tienes determinación, tienes una sensibilidad impresionante.
Estás hecho de auténtica resiliencia, Ronan O’Connell. Y vas a comerte el mundo.
Me refugié de toda mi tristeza y de todo mi terror renovado en ella.
La abracé con la intensidad de un desastre natural y, sencillamente, me creí cada una de sus palabras.
Creí en Delilah. Porque era real, estaba viva y respiraba frente a mí.
Y pensaba disfrutar de cada uno de los días que me quedaban a su lado.