2. SIEMPRE HAS SABIDO LEERME
SIEMPRE HAS SABIDO LEERME
Delilah
Estaba oscureciendo cuando regresamos a los establos.
Ronan permanecía inusualmente callado mientras se desprendía de las botas y de su sombrero.
A medida que libraba a Hepburn de la silla de montar y le cepillaba el pelo, me dediqué a contemplarlo sin ningún tipo de pudor.
Estaba guapísimo con su chaqueta vaquera oscura y los pantalones del mismo color.
Tenía el pelo despeinado por el viento y unos hombros anchos a los que ansiaba agarrarme.
—Buena chica, Hepburn —apremié a mi yegua guiándola hacia su caseta—. Muy bien.
Al regresar, Ronan tenía el mismo aspecto arrebatador, pero su rostro mostraba cierta inquietud que intentaba disimular. Supongo que era algo que no podía llegar a buen puerto si era yo a quien tenía enfrente.
—¿Qué pasa? ¿No puedes soportar un paseo al trote conmigo en las riendas? Soy bastante buena.
Ronan resopló y negó con la cabeza.
—No es eso.
—Oh, vamos —lo pinché—. Hepburn se ha portado genial a pesar de que haya notado que tuvimos nuestras rencillas en el pasado. —Él sonrió y luego se le formaron unas líneas de arrugas en el ceño—. Pero... montar te deja dolorido. ¿Dónde te duele?
—Que no es eso, Del.
—¿Entonces?
La mirada silenciosa que me dedicó después hizo que me preocupara y que pensara que le pasaba algo malo. Hasta que comenzaron a teñírsele las mejillas de color carmesí y habló de nuevo.
—Es que la tengo dura desde que te visto así vestida —se lamentó.
Se refería al chaleco y a los pantalones estrechos combinados con las botas altas de hípica. Cuando levantó una mano para taparse la cara y esconder su vergüenza, yo me encendí por dentro y decidí tomar las riendas.
—¿Y no vas a hacer nada para remediarlo?
Esperé hasta que él me mostró de nuevo su expresión y leí el hambre en sus ojos oscuros. Las rodillas se me aflojaron al percibir cómo la dinámica cambiaba, cómo su cuerpo se cuadraba mientras se iba acercando a mí.
—Podría ponerte contra ese poste de ahí, hundirme en ti y follarte fuerte. —Solté las riendas, por completo. Había rociado con gasolina su fuego y ese era el resultado—. ¿Quieres que lo haga?
Temblé de pura anticipación. Me humedecí los labios antes de lanzarle una mirada cargada de intensidad.
—Sí.
No tuve que repetirlo dos veces, porque Ronan hizo desaparecer la distancia y, unos segundos después, su cuerpo se cernió sobre el mío.
Me besó de un modo descontrolado que me hizo entender el estado de contención con el que había lidiado durante toda la tarde.
Me gustó. Me encantaba resultar así de irresistible para él.
Me vi arrastrada hacia el lugar prometido y, con una determinación de acero, Ronan me colocó de frente contra el poste de madera y con su cuerpo apretado a mi espalda.
Noté su dureza en la zona baja de mi columna vertebral y comencé a gemir por toda la expectación contenida.
Olvidándome de todo lo que no fuera él, empecé a frotar mi trasero contra su miembro.
Y su respuesta fue inmovilizarme al tiempo que me susurraba al oído:
—Me vuelves tarumba, joder... —Me tiró de la trenza y me dio un beso húmedo en el mentón.
—Yo solo quiero..., uf... —Un lametón en el cuello, otra embestida incontrolable—. Solo...
—Sí. Solo quieres que entre en ti. Y yo solo quiero entrar en ti. Todo lo demás me sobra.
Llevó sus manos al botón de mi pantalón y no sé si lo desabrochó o si llegó a arrancarlo porque, en ese instante, mi boca buscaba la suya presa de un ardor incontrolable.
Las juntamos y nuestras lenguas danzaron en libertad.
Hasta que Ronan se agachó llevándose con el movimiento mi pantalón y mi ropa interior, que terminaron anclados al borde de las botas.
—Dios —jadeé cerrando los ojos con fuerza.
Ronan deslizó sus cinco dedos por mi trasero y bordeó la línea de la separación con la única intención de posarse en mi centro.
—Qué puñetera fantasía, Aguamarina —gruñó, con una voz desconocida—. Aquí no tengo condones, Del.
Me arqueé contra él, anhelando más, anhelándolo todo.
—No importa —le hice saber—. Estoy... Estamos...
—Sí, lo estamos.
Acercó su pecho a mi espalda y comenzó a acariciarme la piel del cuello con sus labios. Luego, colocó dos dedos delante de mi boca y ordenó:
—Chúpalos.
Lo hice de inmediato y, después, él coló esos mismos dedos dentro de mí para abrirme poco a poco. Pero yo lo necesitaba cuanto antes, porque era probable que terminara desvanecida sobre el suelo. Así que gruñí, me revolví entre sus brazos y jadeé sobre su boca.
—Quiero que lo hagas ya, Ronan.
—Entonces agárrate fuerte, cariño —me susurró al oído.
Me penetró de un empellón que me hizo gritar cuando lo sentí llegar hasta el fondo.
Eso era justo lo que buscaba. Solo eso, y sus manos presionando mis caderas.
Su aliento sobre mi piel. Durante los siguientes minutos, él y yo destruimos toda la contención, toda la tensión que florecía y se extendía entre el espacio que nos separaba.
Nos entregamos a un baile brutal y placentero que me hizo poner los ojos en blanco mientras gritaba, mientras gemía, mientras le pedía más.
Y Ronan me complacía. Cada maldita vez. Me expandí en torno a él, interiorizando los gruñidos que profería cerca de mi oreja a medida que entraba y salía sin descanso.
—¿Te gusta así? —Mi voz sonó derrotada, como si perteneciera a un mundo más lejano.
—Dímelo tú —me pidió con su sonrisa abriéndose sobre mi mejilla—. Siempre has sabido leerme.
—Noto que estás a punto de desbordarte porque sabes que ahora mismo soy tuya.
Su gemido me vibró en la piel de la nuca.
—Joder. Siempre aciertas.