1. SU HOGAR
SU HOGAR
Ronan
Atravesamos campos y más campos después de cruzar la frontera del estado de Pensilvania.
Algunos eran de color verde intenso bajo la brillante luz del sol, y otros contenían miles de espigas doradas de trigo agitadas por el viento.
Delilah iba al volante, con una sonrisa perenne que había permanecido en su boca desde que habíamos dejado atrás Nueva York.
Estaba nervioso porque no tenía ni idea de hacia dónde nos dirigíamos.
A juzgar por el paisaje que nos rodeaba, y que se alejaba cada vez más de la civilización, íbamos hacia un lugar solitario y apartado.
La cosa empeoró cuando el coche tomó la salida por una pista estrecha que se adentraba en un bosque por el que condujimos varios minutos a velocidad lenta.
—¿Estás preparado? —preguntó Delilah atenta a todos los gestos de desconfianza que yo había mostrado a medida que avanzábamos.
—Me tienes un poco descolocado. A estas alturas esperaba estar achicharrándome al sol en una playa de los Hamptons.
—Siento haberte decepcionado.
Su ironía mostraba que estaba de buen humor.
Llevaba el cabello recogido en una trenza que ella misma se había hecho y su perfil quedaba al descubierto para que yo lo contemplara cada vez que me apeteciera.
Lo que era, en realidad, la mayor parte del tiempo.
Me había enamorado de ese perfil, del contorno de sus labios, de esa simetría que escondía todas las capas posibles de contradicciones.
Delilah aumentó la velocidad antes de que llegáramos al final del camino y aparcáramos junto a una zona arbolada.
Cuando salimos del vehículo, la seguí por un sendero que se abría sobre la hierba salvaje, hasta que, un poco más adelante, los árboles y las ramas se despejaron y nos adentramos en un césped rebosante de cuidados.
Ante mis ojos, se alzó una enorme casa de piedra con tejado a dos aguas que contaba con varias plantas.
Con la boca completamente abierta, observé ensimismado los alrededores.
El entorno era precioso, armónico en su sencillez.
Demasiado rural para lo que yo creía que era Delilah.
Pero, tal como había hecho desde el principio, ella había terminado sorprendiéndome una vez más.
De pronto, se plantó delante de mí enseñándome todos los dientes en una sonrisa que rivalizaba con un arcoíris.
—Este es mi hogar —me dijo, emocionada ante mis cejas levantadas—. Es una granja construida a finales del 1700 y que fue reformada por completo hace unos años por los propietarios anteriores.
Estaba totalmente abducido por su felicidad.
—Como ves, se ha mantenido la estructura original de la casa —evidenció, y luego empezó a encogerse ante mi falta de palabras—. ¿Te gusta...?
Respiré hondo y volví a contemplar todo lo que era la propiedad y los exteriores que la componían.
—Estoy un poco sorprendido, la verdad. Se te veía tan perdida aquella vez cuando llegaste a la cabaña de York... —apunté, bromeando.
—Solo estaba fingiendo, Ronan.
—¿En serio?
—Pues no. —Me fulminó con la mirada y yo solté una carcajada—.
Esto es algo nuevo para mí. Ni siquiera sé cómo sucedió.
Simplemente un día me levanté de la cama y comencé a buscar casas un poco diferentes que estuvieran alejadas de la ciudad.
Aunque tampoco a demasiada distancia de Nueva York.
Y encontré esta. Solo necesité un segundo para enamorarme.
Por eso tomé la decisión, a pesar de que no tenía ni idea de vivir en el campo.
Me apeteció intentarlo. Y la verdad es que me gusta esto...
—A mí me gustas tú, Del.
—¿Y la casa?
—También. Pero más tú.
Ella empezó a caminar con premura hacia la puerta y, cuando giró su cabeza hacia atrás, me lanzó una mirada demasiado irresistible.
—¡¿Vienes o no?! —gritó.
Por supuesto que iba. Adonde fuera. La seguí hasta el interior y un espacio amplio y rebosante de luz matinal nos dio la bienvenida.
Aquella casa era acogedora y poseía una atmósfera relajante.
Todo estaba en calma. Se trataba de uno de esos lugares donde te encontrabas contigo mismo en el silencio que lo envolvía todo.
La estancia en la que estábamos contaba con una cocina de muebles de madera con una gigantesca isla en el centro, una zona de comedor con una amplia mesa adornada con jarrones de flores silvestres y, hacia el fondo, pude observar un acogedor salón, con varios sofás de cuero y alfombras que cubrían el suelo al lado de una gran chimenea de piedra.
La luz entraba por las largas ventanas de guillotina que había en cada una de las paredes.
Era espectacular. Una casa de ensueño en la que no era el lujo lo que destacaba, sino más bien la luz, los materiales acogedores y una cautivadora serenidad.
—En la planta de abajo están la cocina, que es gigantesca y mi parte favorita, y también el comedor y la zona de descanso...
—Es preciosa, Delilah. Y lo más emocionante de todo es que sea tuya.
En ese momento su sonrisa se convirtió en mi respiración. Solo esperaba que no desapareciese.
—Tiene dos plantas más —siguió contando—. La primera, con cuatro dormitorios... Y la última, la buhardilla, con una pequeña biblioteca y una sala de proyección.
Aquella casa me parecía un sueño.
—El caso es que no he tenido mucho tiempo para disfrutarla.
En los últimos años apenas me he podido escapar unos pocos días...
—continuó diciendo Del yendo de un lado a otro con emoción—.
Son los guardeses, que viven en un anexo, los que se encargan de ella.
Luego, si te apetece, te los presento. —Asentí, con ganas—.
Pero ahora quiero hacer algo en lo que no he podido dejar de pensar durante todo el viaje.
—Ah, ¿sí? —Sentí un calor abrasador y la sed de ella me invadió el cuerpo.
—Sí... —murmuró—. Sígueme, Ronan.
Siempre iría tras ella. Siempre.
Cinco minutos después, estábamos frente a las puertas de un establo. Delilah se detuvo antes de entrar y se colocó un sombrero de cowboy que alcanzó de un poste.
—¿Me vas a presentar a Hepburn? —pregunté mientras la perseguía sintiéndome el corazón en la garganta.
—Sí. Y te advierto que mi preciosa yegua odia a las personas con las que no me llevo bien...
—Genial. Ahora estoy acojonado.
Dejamos atrás varias caballerizas individuales que albergaban algunos caballos, hasta que ella se paró delante de una. Silbó una sola vez y, de pronto, la cabeza de un animal emergió hacia fuera. Delilah apoyó su frente en la cara de la yegua y las dos cerraron los ojos.
—Ya estoy aquí, preciosa —canturreó ella sobre el pelaje mientras la acariciaba con una mano—. He vuelto.
Aquella yegua era el ejemplar equino más bonito que había visto en mi vida.
Su pelaje, moteado de manchas circulares negras sobre la piel blanca, era de una belleza que recordaba a la de su dueña.
El animal relinchó suavemente a la vez que frotaba sus carrillos contra la cabeza de Delilah.
La conexión que había entre las dos era evidente.
Y el amor y el respeto que se profesaban también.
—Es muy bonita, Del. ¿Puedo tocarla?
Ella asintió y me acerqué con cuidado para posar una mano sobre su crin clara.
—Toda una belleza.
—Es un appaloosa. —Fruncí el ceño, confundido—. Una raza de caballo en los que el pelaje suele ser de este tipo.
—Me recuerda a ti. —Ella volvió a sonreír y palmeó el cuello de Hepburn con cariño.
—¿Te apetece que demos un paseo por los alrededores?
El sol impactaba sobre nuestros sombreros mientras atravesábamos caminos sin arar a lomos de Hepburn.
Delilah poseía un dominio absoluto sobre su yegua, y yo me sentía un afortunado por ir agarrado a su cintura, calzado con las botas hípicas que me había prestado.
Cada vez que transitábamos por una nueva zona, en ocasiones arbolada y, en otras, a campo abierto sobre el precioso horizonte, se encargaba de señalarme las cosas que tenían interés.
Las montañas inalcanzables y colosales en la lejanía.
La amplia llanura que te alejaba de todo y te anclaba a la tierra.
La brillante valla blanca que iba delimitando el terreno.
Y yo solo escuchaba como un idiota y apretaba más mis brazos alrededor de ella.
Hepburn nos condujo por una preciosa ruta que concluyó a la orilla de un lago en el que remojó las patas.
—¿Puedo hacerte una pregunta, Del? —hablé.
—Claro.
—¿A él también le enseñaste la granja, los alrededores y todo eso?
El cuerpo de Delilah se tensó y me enfadé conmigo mismo por haber roto aquella atmósfera perfecta. Pero, por alguna extraña razón, necesitaba saberlo...
—Sí —contestó.
—¿Por qué?
—Porque estaba enamorada de él. Creía que lo estaba. Creía que eso era el amor.
—¿Y cuándo te diste cuenta de que no era así?
—Cuando llegaste tú.
Deposité un beso en su cuello. La estreché contra mi pecho y respiré su olor.
Toda mi vida había pensado que había que vivir por y para el arte.
En cierto modo, lo seguía pensando. Mi vida en adelante se centraría en ello, en alcanzar ese sueño que me había acompañado desde siempre.
Pero ahora también quería vivir para eso.
Para acariciar con mis labios el suave cuello de Delilah mientras cabalgábamos.