Un amor inventado 36. #DELAN
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36. #DELAN

#DELAN

Delilah

La mañana siguiente me desperté en la cama de mi apartamento de Nueva York.

La luz filtrándose por las cortinas blancas fue lo primero que mis ojos vislumbraron, y una calma silenciosa se apoderó de mi cuerpo.

Ronan dormía a mi lado, con el pecho al descubierto y las sábanas cubriéndole hasta la cintura.

Suspiré y mi aliento arrastró un mechón que me caía sobre la cara, para volverlo a dejar en el mismo sitio.

Estaba de lado, con el rostro hacia él, y decidí que los primeros minutos de mi día los iba a invertir en observarlo a placer.

Sus párpados lucían hinchados por el sueño tranquilo en el que estaba sumido.

La curva de su nariz muriendo antes de descender por el surco que conducía a sus labios.

Los mismos labios que durante la fiesta habían sonreído tanto.

La noche anterior había sido perfecta. Una velada privada que aprovechamos para ponernos al día con el equipo y donde también hubo tiempo para que Eliza y Ronan hablaran sobre el futuro.

A medida que los minutos iban pasando, me había limitado a estar presente, a observar todo a mi alrededor, poniendo atención en aquella dinámica de admiración y de nuevos caminos que se abrían ante mi compañero y que yo conocía tan bien.

Vi a Ronan existir en ese entramado, con esa emoción primeriza por todos los personajes que llegarían a partir de entonces, y lo tuve claro.

La decisión. La calma que llegaba haciendo estallar mil preguntas.

En más de una ocasión, y de dos, Ronan se había acercado a mí en medio de aquella fiesta para pedirme, más bien suplicarme, que nos fuéramos a mi apartamento.

«Me apetece que me lo enseñes, Del. De verdad que tengo muchas ganas».

Yo sabía que lo que realmente quería era estar a solas conmigo.

Pasar esa última noche que nos quedaba juntos sin tener que atender a compromisos.

Fingí mi mejor sonrisa de rechazo porque lo único que quería era que viviera esa experiencia hasta el final y que estableciera los contactos que iban a ser tan necesarios en la carrera que apenas comenzaba para él.

El rumor del roce de las sábanas me trasladó a ese momento.

Los labios de Ronan se movieron y aparecieron tras ellos esos dientes que tanto me gustaban.

No pude resistirlo más. Quizá estaba a unos segundos de llevarme un bufido de desaprobación, pero moví mi cuerpo y me coloqué encima del suyo con un entusiasmo que no era frecuente en mí.

Posé mis rodillas a cada lado de sus caderas y me cerní sobre él.

Con una suavidad casi dolorosa, le rocé los labios con los míos y uno de mis dedos empezó a trazarle el tatuaje de águila que tenía en el costado.

—Mmm —rezongó Ronan sin abrir los ojos.

—Despierta —le susurré antes de depositar un beso sobre su oreja.

Abrió los ojos y el negro quedó bañado por la luz dorada que se colaba por las rendijas de las ventanas. Estaba guapísimo. Y estaba en mi cama.

—Creo que este es el verdadero sueño americano —sentenció, con un semblante complacido—. E irlandés.

—¿Cuál?

—Despertarme a tu lado.

El rubor me subió a las mejillas y me vi obligada a enterrar la cara en su cuello.

Él me abrazó al instante, apretándome contra su cuerpo.

Al notar su dureza contra mi vientre, lo besé en el cuello porque estaba pletórica.

Habíamos terminado la gira. La película había sido un éxito.

Sabía que tardaríamos años en asimilar todo lo que habíamos vivido, sí.

Pero lo habíamos hecho y eso siempre se quedaría con nosotros.

—Hoy es nuestro último día. —Ante mi ataque de afecto, él consiguió hablar a duras penas—. ¿Qué quieres que hagamos?

—Mmm... —No me apetecía hacer otra cosa más que lamerle el cuello.

—Me parece surrealista que, por primera vez en meses, no tengamos una agenda que cumplir.

Cuando me separé para mirarlo a la cara, Ronan estaba sonriendo. Como un niño. Con sus palas mínimamente separadas al descubierto y todo.

—Quiero proponerte algo... —solté con timidez.

—Me encanta escucharte, Del. Así que dime lo que estás pensando.

—¿Qué vas a hacer estas semanas que tienes libres antes de empezar a rodar de nuevo?

—Volver a Irlanda.

Supe que la decepción se dibujó en mi cara. Y, después, tuvo su efecto en la suya.

—Pero Irlanda puede esperar si se trata de ti, Aguamarina.

—Creo que nos merecemos un descanso —admití.

—Estoy de acuerdo. Cuéntame más.

—Me gustaría enseñarte mi casa y que pasemos unos días allí.

—¿Tu casa? —preguntó arrugando el entrecejo—. Pero ¿este apartamento blanco, lleno de mármol y pomos dorados y ubicado en pleno Greenwich Village no es tu casa...?

—Sí que lo es. Cuando estoy trabajando en Nueva York —respondí, sonriendo ante su sorpresa—. Pero lo otro... Lo otro es lo único que siento como algo realmente mío.

Ronan se irguió apoyando los codos en el colchón y me dio un beso casto en los labios. Un beso que quise continuar durante un rato más.

—Me encantaría que me lo enseñaras, Del.

—Es que apenas hemos empezado a conocernos y... creo que quiero disfrutar un poco más de ti.

—Voy a por mi equipaje.

Su sonrisa iluminó la habitación y supe que había hecho lo correcto hablándole de mi hogar. Ronan saltó de la cama y yo me tumbé de nuevo con una esperanza renovada brotándome en cada poro de la piel.