Un amor inventado 35. EL FINAL DE ALGO
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35. EL FINAL DE ALGO

EL FINAL DE ALGO

Delilah

Habíamos abierto una puerta. Un rincón en el que él y yo podíamos ser .

Los dos deseábamos dar rienda suelta a ese impulso que nos llevaba a fundirnos, en cualquier momento, en cualquier lugar.

Hacía apenas dos horas que habíamos aterrizado en Nueva York.

Esa ciudad iba a ser la última parada de la gira promocional de Heights y, para ello, habían organizado un gran evento que iba a contar con todos los miembros del cast y los jefes de equipo para que lo compartiéramos todo sobre la película.

Apenas quedaban unos minutos para entrar en la gran sala donde se celebraba el evento, pero Ronan era incapaz de apartar su boca de la mía.

Yo no me quejaba. Al contrario, correspondía a sus empellones con la misma vehemencia y las mismas ganas con las que él me apretaba contra un rincón de nuestro camerino.

Cuando habíamos terminado de pasar por maquillaje, él se había colado dentro y había cerrado la puerta.

—No puedo esperar más —había dicho viniendo a mi encuentro.

Habíamos perdido la noción del tiempo, pero la alarma que anunciaba que quedaba poco para empezar ya había sonado. Le colé una mano bajo la camiseta y acaricié su vientre duro y plano. Él me cogió de la mandíbula para inclinarla en un ángulo nuevo y colarse más adentro, adentro, adentro.

No sé cómo encontré la disciplina para parar aquello, porque estaba demasiado cómoda navegando por aquel río de calor, ansiosa por adentrarme en la siguiente fase.

Pero el deber nos llamaba. Todos nos esperaban fuera y teníamos que dar la cara.

Así que me separé como pude, con la respiración descontrolada y la boca de Ronan pidiéndome más.

—Estás preciosa, Aguamarina —me piropeó penetrándome con la oscuridad de sus ojos.

Aunque me derretí con el apodo que me había puesto recientemente, alcé las cejas hacia el cielo.

—Tenemos que irnos, Ronan...

—Quiero aprovechar cada segundo —gruñó, atrapándome el labio inferior entre sus dientes—. La gira se acaba, Del. Y creo que no estoy listo.

No nos habíamos separado desde aquella noche en Tokio en que habíamos sucumbido.

Pero también habíamos hablado sobre el futuro de ese algo que compartíamos.

Estaba claro que nunca nos saciábamos, que siempre queríamos más.

También era evidente que aquello tenía que terminar cuando la gira lo hiciera.

Ronan ya había organizado su siguiente año al milímetro con las grabaciones de nuevas películas, reuniones, campañas de publicidad, más reuniones, viajes de un país a otro, días libres contados con los dedos de una mano... Y yo, supongo que lo mismo.

Era imposible pensar en algo más allá de eso.

Dedicarse a la interpretación, labrarse una carrera dentro del sector, significaba entregar hasta el último segundo de tu tiempo.

Sacrificar ciertas cosas de tu vida. Yo lo sabía mejor que nadie porque desde que era solo una niña siempre había antepuesto mi profesión a todo lo demás.

Por eso había querido atajar las dudas desde la raíz.

Él y yo íbamos a divertirnos, a disfrutar del otro hasta que acabara la gira. Y Ronan estaba de acuerdo.

Le froté con el pulgar un borrón rojo que tenía en la barbilla por culpa de mi pintalabios y posé mi frente sobre la suya.

—Tenemos que salir. Se lo debemos a Heights .

El asentimiento que vino detrás estuvo acompañado de un mohín que me resultó irresistible. Cuando nos calmamos un poco, le cogí de la mano y lo saqué de allí a rastras, porque temía que, si no lo hacía pronto, iba a ser yo la que se negara a salir.

La sala estaba abarrotada de una multitud que empezó a gritar cuando atravesamos el patio de butacas.

En el escenario había una mesa alargada con varios asientos de la que sobresalían micros de atril y botellas de agua.

Muchas de las jóvenes que estaban repartidas por el lugar portaban carteles en alto.

«Nuestra historia de amor es mucho mejor que la de Cathy y Heathcliff», alcancé a leer en uno de ellos. Sonreí recordando aquella respuesta de Ronan y seguí caminando entre chillidos que nos reclamaban.

«¡Delilah!».

«¡Ronan!».

«¡Delan!».

Llegamos a las escaleras que nos conducían al escenario y noté que la mano de Ronan se posaba sobre la parte baja de mi espalda con una ternura que me derritió.

Sin embargo, el estruendo que se alzó hasta el techo, provocado por un conjunto enloquecedor de gritos y berridos, terminó asustando al equipo.

Jamás había oído nada así. Y, cuando todos ocupamos nuestros lugares, con Ronan a mi izquierda, la sonrisa que lucía en su semblante era contagiosa.

El coloquio se sucedió entre anécdotas del rodaje, preguntas sobre la poderosa historia de Emily Brontë y comentarios acerca de los inolvidables planos de Eliza Grey.

Hablamos sobre los entresijos de la creación de la película ante un público que se mostraba receptivo a seguir indagando en más y más detalles.

—Mi siguiente pregunta es para Ronan —nos llegó la voz de una chica a través del micrófono.

Mi compañero de reparto asintió a mi lado y esperó atentamente.

—¿Cómo es Delilah Williams dentro del set?

Varios silbidos rompieron el silencio. Ronan me miró y yo le sonreí sin poder evitarlo. Después, devolvió la atención a la chica que le había preguntado.

—Cuando Eliza me llamó para ofrecerme el papel de Heathcliff y le pregunté quién iba a ser Cathy, ella me dijo: Delilah Williams. Me quedé en blanco un par de minutos con el cuerpo temblando, porque yo había seguido su carrera desde siempre.

Admiraba sus actuaciones... Y ahora la iba a conocer.

Íbamos a compartir escenas. Para mí, ella era simplemente la mejor actriz de su generación.

Entonces, en los meses siguientes, las dudas y el miedo llegaron, porque yo no tenía experiencia, pero sin duda deseaba estar a su lado en esta película.

Al final, Eliza decidió confiar en mí y entré en el proyecto.

Y, cuando llegamos al set... cuando llegamos al set y empezamos a actuar, Delilah me demostró que yo no estaba equivocado.

Que ella es la mejor. Y verla interpretando cada día a Catherine ha sido la verdadera oportunidad de mi vida.

La sala enmudeció mientras yo observaba su perfil, ensimismada, sintiendo aún el sabor de sus besos en mi boca, con una sensación de plenitud tan grande que me tenía apartada de la propia realidad.

No sabía a qué estábamos jugando. Si estábamos fingiendo o no en medio de toda esa marabunta.

Pero empezaba a ser feliz. Y el tiempo corría en nuestra contra.