10. UNA DESPEDIDA BAJO EL SOL
UNA DESPEDIDA BAJO EL SOL
Delilah
A la mañana siguiente acompañé a Ronan hasta el coche que lo esperaba en la entrada de mi propiedad.
En completo silencio a mi lado, arrastraba su maleta mientras agarraba con fuerza el asa de su mochila, colgada al hombro.
Cuando se detuvo, lejos aún del vehículo, levantó la cabeza y me enfrentó.
Tenía los ojos hinchados y un gesto de duda en su boca tirante.
Seguía luciendo un atractivo espectacular. Y olía a mí, así como yo olía a él.
—Estoy acojonado... —soltó echando una ojeada al chófer de Tim, que lo esperaba en el interior del coche.
—Y cansado. Apenas hemos dormido.
—Han sido las horas mejor invertidas de mi vida, Del. Ya dormiré en el avión.
Por fin, un rayo de felicidad efímera le cruzó el semblante. Me acerqué a él, nuestros pechos se tocaron y lo miré desde abajo alzando la cabeza.
—Delilah.
—Ronan.
—Joder. Ni siquiera sé qué decir. Solo que ojalá las cosas fueran de otra manera.
Le aparté de la frente ese mechón rebelde e incontrolable que me había pasado manoseando toda la madrugada. Lo observé, confiada en infundirle un ánimo que yo tampoco poseía.
—No digas nada. Solo abrázame.
Tiró la mochila al suelo y abrió los brazos para acogerme.
Coloqué la frente en su pecho, que sudaba bajo la tela, y sobre su corazón, que retumbaba.
Su brazo me acunó y me concentré en memorizar todo lo que era él, su esencia, su olor, su escucha sin fin.
Las piruetas que mi cuerpo hacía cuando entraba en contacto con el suyo.
Todo. Hice un esfuerzo sobrehumano para que los ojos no se me llenaran de lágrimas, porque sabía que se tenía que marchar.
Comprendía mejor que nadie el funcionamiento de las cosas.
Quizá incluso desde que había tenido uso de razón.
Pero, muy en el fondo, anhelaba que por primera vez alguien apostara por mí.
Por Delilah. Por Del . Que se quedara a pesar de todo lo demás.
Y deseaba que las cosas fueran diferentes y que mi historia con él no acabara como una decepción más.
Permanecimos allí abrazados unos minutos, hasta que tuve que separarme.
Posé el pulgar sobre sus labios húmedos.
Sus ojos brillantes me miraban con una intensidad tan aplastante que me vi obligada a hablar antes de que el castillo de emociones contenidas que había construido se desvaneciera en el aire.
—Al menos tuvimos un instante —susurré—. Lo bueno de los instantes es que son perfectos porque resisten al paso del tiempo.
—Del, no —me interrumpió anclando sus dos manos en mi cuello—. Necesito que entiendas que te quiero.
Clavé los pies en la tierra para no abalanzarme sobre él y tomar una decisión que tenía mucho que ver con un descenso hacia la locura.
Debía reprimir mis impulsos, por Ronan. Por él.
Atrapé la tela de su camiseta y lo atraje aún más.
Ojos frente a ojos, mientras los míos se encargaban de gritarle que yo también lo quería .
—Eres lo que amas, Ronan. Ve a por ese sueño que tanto significa para ti. Ya lo tienes en la palma de la mano, ahora solo debes cerrar el puño para que no desaparezca.
—Estar aquí —pronunció él observando los árboles que nos rodeaban—, estar contigo, también ha sido un sueño. Un sueño que no sabía que tenía.
Le puse un dedo sobre los labios y él lo besó cerrando los ojos.
—Tienes que irte ya. Henry estará de los nervios dentro del coche. Lo conozco.
Forcé mi sonrisa mientras él asentía sacudiendo la cabeza.
Después, sus labios buscaron los míos. Sabíamos que ese sería el último beso.
Un beso de despedida siempre era breve, era sutil, sabía a tristeza, pero lo recordabas para toda la vida.
Y ese fue perfecto. Ronan se separó y comenzó a caminar de espaldas hasta el coche, sin despegar su mirada de mí.
Sonreí, aunque por dentro estaba destrozada.
Según decían, los dos éramos grandes actores, y aquel era el mejor momento para una exhibición.
Allí, en medio de toda esa corriente de amor de las últimas semanas, tuve la certeza de que ese sentimiento, de que esa emoción que se encontraba en el mismo corazón de la vida, del arte y de las historias, no era para mí.
El amor no era para mí. Nos hacían en amor y desaparecíamos en él.
Llegábamos a la Tierra solo para experimentarlo.
Pero no era para mí. No lo era. Porque ese beso era la última oportunidad para sentirlo. Y aquello había llegado a su fin.
Ronan se subió al coche y yo continué despidiéndolo con la mano mientras se alejaba por la carretera.
El sabor de su beso todavía me acompañaba cuando me adentré en el establo.
Un dolor sordo y punzante se había instalado en mi estómago y había echado raíces.
Suspiré justo antes de silbar para llamar a Hepburn, que acudió a mi encuentro con sus patas golpeando contra la madera del suelo.
Abrí su compartimento y me colé en su morada.
Con cuidado, le rodeé el cuello con los brazos y descansé la cabeza sobre su pelaje.
Aspiré aquel aroma a campo y a tierra lejana, pero el dolor no desapareció.
Los monstruos gritaban cuando se estaban muriendo, pues esa era su última oportunidad de sobrevivir.
Y estos últimos días había aprendido que la única manera de luchar contra ellos era con el arma del amor.
Porque el amor podía estar en todas partes.
Incluso dentro de ti. Y yo quería rebuscar hasta encontrarlo, aunque eso me hiciera sangrar.
—Hola, bonita —susurré poniendo mis ojos a la altura de los suyos. Sus orejas se movieron con familiaridad—. Creo que voy a quedarme por aquí durante un tiempo.
Comencé a acariciar a Hepburn a lo ancho del lomo.
Con cada minuto que pasaba, mi interior se quejaba al ser consciente de todos los huecos que percibían su ausencia.
El día que lo conocí, en esa cafetería de Londres, no imaginaba que me iba a afectar tanto dejar de ver a Ronan O’Connell.
No imaginaba que mis dedos se contraerían por no poder alcanzarlo.
No imaginaba que crecería dentro de mí una necesidad tan desbocada.
Pero él había sido mi compañero, una cárcel donde encerrar la tristeza, y también esa manera de amar que me hacía sentir en calma y bendecida.
—A partir de ahora estaremos solo tú y yo, Hepburn. Pero te prometo que estaremos bien.
Apoyé la frente contra el cuello de mi yegua, cerré los ojos y respiré hondo.
No podía retrasarlo más. Era hora de vivir por y para mí.
Era hora de sanar. De escuchar a mi corazón, únicamente a él.
De confiar en el instinto y respirar mi propio aire.
Pero también sabía que todo empezaba con un pequeño paso: tomar una decisión.