33. ¿DÓNDE ESTÁ EL CIELO?
¿DÓNDE ESTÁ EL CIELO?
Delilah
El frío del cristal me abrasaba la espalda.
La imagen que tenía delante era gloriosa.
Todo lo que era Ronan, su cabello negro, su ceño concentrado, sus ángulos marcados, se revelaba ante mí mientras me contemplaba con ojos salvajes.
Estaba arrodillado a mis pies. Cada caricia de su lengua, cada lametón, cada hazaña que me hacía temblar, o gritar, era supervisada por él con una atención afilada.
A cualquier respuesta que yo emitiera, él alzaba un poco la cabeza y me estudiaba a pesar de que su boca seguía enterrada en mí.
Era erótico. Era excitante. Era brutal.
Y era él.
—No pares. No pares. No pares —rogué cuando me vi atravesada por una avalancha de placer.
Un enajenado Ronan levantó una ceja como si le hubiera ofendido personalmente, y entonces sus movimientos se volvieron más bruscos, tan hambrientos que empecé a jadear en busca de aire.
—Joder, Ronan... —gemí, retorciéndome contra el cristal a la vez que sus manos apresaban mis muslos—. Voy a... Necesito que...
Pero él ya lo sabía. O eso supuse, porque un segundo después uno de sus dedos entró en mí y mis paredes se contrajeron en torno a él.
Me corrí con un gruñido demoledor que eliminó toda la tensión a la que mi cuerpo estaba sujeto.
Abrí los ojos y descubrí a Ronan trepando entre mis piernas, con los labios mojados y una mirada de depredador que me hizo arder.
—Ven. Pruébate. Sabes increíble —murmuró.
Y eso fue lo que hice. Me acerqué a él y lo besé, totalmente embelesada. El sabor dulzón se me pegó a la lengua mientras Ronan me envolvía el torso con sus grandes manos y me alzaba en el aire.
—Rodéame bien, Del. Voy a llevarte a la cama —dijo antes de darme un beso caliente en la mejilla.
Unos segundos después, me dejó caer sobre las sábanas desordenadas mientras él se quedaba de pie.
Se quitó la camiseta de tirantes que utilizaba para dormir y yo comprendí que necesitaba más de él.
No había sido suficiente, ni de lejos. Con los ojos más oscuros que nunca, Ronan se sacó la cartera del bolsillo y empezó a hurgar en ella.
Cuando encontró un preservativo, comenzó a bajarse los pantalones sin dejar de mirarme.
Todo en él era precioso. Su cuerpo. Su cara.
Su tatuaje. Las partes visibles. También las partes a las que nadie llegaría jamás.
Él, por dentro y por entero. Exactamente eso fue lo que mis ojos le transmitieron cuando rompió el envoltorio con los dientes y empezó a colocárselo.
La determinación férrea que mostró al tumbarse sobre mí con sumo cuidado desapareció cuando tuve su rostro delante.
Apenas fue un instante, un pestañeo diferente, pero yo ya lo conocía demasiado bien como para pasarlo por alto.
—Ey —lo llamé con suavidad mientras le apartaba un mechón oscuro que le caía sobre la frente—. ¿Qué pasa? ¿No quieres hacerlo?
Una risa se le atascó en la garganta.
—Del, quiero hundirme en ti desde hace bastante tiempo.
—¿Entonces?
—Estoy nervioso. No quiero cagarla.
—No vas a cagarla, Ronan. Tienes experiencia, acabas de demostrármelo. —Me lamí el labio inferior ante aquel recuerdo reciente—. Créeme, sabes muy bien lo que haces.
Me sentía satisfecha y hubiese dado cualquier cosa porque nuestra noche en Tokio no acabase nunca. Temblando de deseo bajo su cuerpo duro y tonificado. Conectada de un modo celestial al brillo de sus ojos.
—Joder, Del. No es igual —rumió—. No es igual ni de lejos. Jamás me he sentido así. Estoy desatado, nervioso y aterrorizado. Todo a la puta vez. Y no quiero joderlo.
Posé mis manos en sus mejillas. Me apetecía comérmelo entero, pero solo le di un beso suave y fugaz.
—Mírame —le pedí, y él obedeció de inmediato—. Vamos a vivirlo. Vamos a sentirlo, Ronan. Vamos a liberar el instinto.
—Yo sé que voy a encontrar el puto cielo cuando me hunda en ti, pero... ¿y tú?
—Yo encontré el cielo en ti hace tiempo.
La sorpresa le bailó en la cara y preguntó:
—¿Cuándo?
—Aquella vez que me cogiste la mano en el tráiler y me juraste que no me soltarías.
Posé una mano sobre su hombro y con la otra empecé a acariciarle el pecho, una costilla que marcaba su piel, el vientre, el tatuaje que ya me sabía de memoria de tanto mirarlo.
—Dime que no estás actuando, Del.
—No lo estoy.
—Bien —acordó—. Porque quiero verte del todo. Quiero que te muestres entera.
El beso que me dio después sabía a confianza.
A menta fresca. Y a mi sabor en su boca.
Su mano viajó hasta uno de mis muslos. Lo abrió y luego lo sujetó contra el colchón.
No podía dejar de mirarlo cuando se enterró en mí.
Coloqué mi mano en su nuca, le arañé la piel y me acerqué a él.
Tenía la mandíbula apretada y varias gotas de sudor surcaban su frente.
Gemimos al mismo tiempo cuando nuestras caderas se tocaron al fin.
Llevó sus manos a mis pechos, me acarició los pezones, los pellizcó, los lamió...
Yo me sentía entera, lejos de todo lo terrenal, pero necesitaba que él se moviera.
Y, justo entonces, empezó a hacerlo, con una profundidad que me tocaba un alma que ni siquiera sabía que poseía.
Sus ojos estaban fijos en los míos mientras la danza de sus caderas me hundía en el colchón con una sed animal.
Posó los antebrazos a cada lado de mi cabeza y se sumergió en mí mientras sus movimientos iban in crescendo .
La boca se le abrió del goce y deslicé mi lengua por esa separación en sus dientes que también me pertenecía.
—Esto es algo más que el cielo. Joder —gruñó, acelerado.
Con un movimiento brutal, cambió el ángulo de la pierna que me sujetaba. Y creí que me moría cuando sus empellones se volvieron más veloces, más profundos, porque su boca estaba contra la mía, su pecho contra el mío, y solo éramos él y yo, un principio y también un final.
—Ronan... —gemí perdiéndome dentro de mi propia espiral.
—Sí... Es algo más, Del. ¿No crees?
Lo creía sí, pero no podía responder. Las palabras me parecieron inalcanzables.
Cerré los ojos, superada por esa sensación tan imparable que me arrastraba con ella, que era capaz de hacerme perder la cabeza.
Y la perdí. Durante unos gloriosos segundos clavé mis dedos en su espalda y me aferré a su piel, arañándola mientras me resbalaba hacia abajo, hasta la cumbre de su trasero, que no dejaba de mecerse.
Sí. Aquello era algo más. La gloria, el deleite, el rayo.
Era el agua cayendo sobre un fuego, la primera gota en el universo, el momento antes de sucumbir por entero.
Ronan enterró la cabeza en mi cuello y, a pesar de que su cuerpo se sacudía por su propia liberación, comenzó a repartir pequeños besos por toda mi piel hasta que el orgasmo se lo llevó y lo obligó a alzar la cabeza y a gemir en alto.
Un instante después, lo único que se oía en la habitación eran nuestras respiraciones sofocadas. Nos miramos durante la eternidad que nos llevó calmarnos. Y, en ese rato, aprendí lo que era vivir dentro de los ojos de otra persona.
—Joder —jadeé yo, con su cuerpo aún sobre el mío.
—Joder —respondió con una sonrisa.
—Joder.
—Eres preciosa.
—¿Soy preciosa?
—Eres preciosa, Del. Lo digo en serio.
—Soy preciosa. Y lo dices en serio.
Sonreímos como dos idiotas cuando comprendimos que estábamos jugando con la técnica Meisner. Solo que en otro contexto. En otro mundo. En uno que yo no quería abandonar.