Un amor inventado 32. HAZNOS ETERNOS
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32. HAZNOS ETERNOS

HAZNOS ETERNOS

Ronan

Fueron menos de tres segundos los que necesité para tomar la decisión de ir tras ella.

La fuerza del deseo se me había extendido por toda la sangre cuando llamé a su puerta.

«Si no la hago mía, me voy a morir», rumiaba dentro de mi mente mientras esperaba a que abriera.

Por fin lo hizo, y ser consciente de la tristeza que le había provocado un rechazo que ni siquiera era real hizo que me enfadara conmigo mismo.

Tal vez sí que fuera un poco kamikaze.

Porque no alcancé a decir nada, solo la agarré por la nuca y estrellé mi boca contra la suya.

Delilah gruñó cuando la llevé contra la pared más cercana y cerré la puerta tras nosotros.

La apresé con mi cuerpo y, antes de besarla de nuevo, de adentrarme en su boca, pude ver que la aguamarina de sus ojos había sustituido ese pesar por el deseo más profundo.

Fue un beso largo, minucioso y lleno de promesas.

Cuando nos separamos, suspiré contra su rostro.

Todo en ella era poesía. El cabello cayéndole como un río alrededor, la magia que brotaba de sus ojos, el placer rosado en el que se convertían sus labios.

Su nariz, que ella odiaba, para mí era en un punto de gravedad sobre el que posar la mía.

Sus manos estaban enterradas en mi pelo y mi cuerpo protestaba porque necesitaba sentir esas mismas manos contra mi piel.

Pareció que Delilah dialogaba internamente con parte de mi necesidad, porque empezó a bajar sus dedos en un baile lento por mis mejillas, mi cuello, mi pecho. Y luego, se detuvo.

—Creí que eras igual que él, igual que todos, en realidad —musitó mirándome a los ojos—. Que te acercaste esa noche solo porque querías algo de mí. Cuando todo terminó, te quedaste callado, y supuse que te marcharías como siempre hacía todo aquel al que dejaba entrar.

—Estabas equivocada.

—Ahora lo sé.

—No quiero que perdamos lo que tenemos ahora... —murmuró él cerca de mis labios.

—Yo tampoco quiero, pero estoy cansada de reprimir mis emociones.

En un arrebato incontrolable, apreté mi cuerpo contra el suyo, y Delilah me correspondió encajando sus caderas entre las mías. Percibí cómo sintió mi dureza, cómo se arrastraba hacia arriba para crear fricción entre nosotros.

—Piensa que estamos en otro mundo —me pidió con los ojos brillantes. Como si yo no hubiera decidido ya mandar todo a la mierda—. En cierto modo, Japón lo es, ¿no? Y aquí podemos ser .

—Ya somos ante la mirada de todo el maldito mundo, Del...

—Ser de verdad .

Atisbé tanta honestidad en ella, tanta liberación.

Todo su corazón puesto en una confesión que destrozaba por completo cualquier duda que yo pudiera tener.

Le acaricié el labio inferior con el pulgar, me mojé con su saliva, y volví a la carga.

Le di un pequeño mordisco en la mandíbula que la encendió aún más y luego seguimos besándonos con un apremio enfermizo.

Un momento estábamos en la pared, y al siguiente yo la arrastraba por toda la habitación hasta ponerla contra el ventanal, por donde se observaba la inmensidad de la ciudad desde las alturas.

La luz era tan azul que nos coloreaba la piel.

La senté en el alféizar y seguí mordiéndole la boca, yendo al encuentro de su lengua, saboreando cada rincón por el que pasaba.

Hasta que me separé por pura necesidad de ir más allá. De tenerla contra mí y para mí.

Delilah abrió los ojos cuando percibió la distancia.

Y, joder, era tan guapa que no sabía si iba a poder concentrarme en algo más.

Su pecho se asomaba por el escote del albornoz y llevé mi mano al nudo que lo abrochaba.

Se lo quité sin apartar mis ojos de los de ella.

En ese momento, se estaba mordiendo el labio, sofocada.

La tela se abrió y tuve su cuerpo desnudo frente a mí.

El cielo, el infierno y algo más. Algo que no identificaba pero que olía a canela, al color blanco y a la piedra con la que se tallaban las esculturas.

—Me cago en la puta, Del. —Mi voz sonó ronca y también alterada.

Sus labios dibujaron una sonrisa victoriosa y me atrajo hasta estar de nuevo sobre mi boca. Sentía que me asfixiaba del calor que me invadía. Pero necesitaba hacer algo. Necesitaba estudiarla, saber dónde tocar, dónde lamerla. Dónde se encontraban sus puntos débiles.

—Hoy quiero hacértelo mirándote a la cara —declaré cuando recordé ese primer encuentro en aquella caseta.

—Pues mírame. —Pareció una súplica—. Tócame. Estoy empapada por ti, porque te deseo como nunca he deseado algo.

En aquel instante, supe que estaba viviendo dentro de un sueño. Aquello no podía tratarse de otra cosa. Coloqué la palma de mi mano sobre su vientre. Lo acaricié y ella se arqueó un poco sobre el ventanal, expectante, exigente.

—Lo noto, Del —reconocí—. No sé cómo, pero antes, en mi habitación, te juro que tu humedad me estaba quemando los dedos.

Delilah apoyó la cabeza contra el cristal y me miró a través de sus largas pestañas con los ojos entornados.

—Nos gustan los imposibles, Ronan. Cathy y Heathcliff fueron imposibles, pero también se convirtieron en eternos. Así que haznos eternos.

Me quedé paralizado en medio de toda aquella electricidad que emanaba de nuestros cuerpos, de nuestras mentes, de nuestras almas. Allí existía algo que era inexplicable.

—Creo que no eres del todo consciente de las ganas que te tengo —fue lo único que me atreví a decir.

—¿Y por qué no me lo demuestras?

Ahí fue cuando comprendí que me estaba desafiando y que aquello no había hecho más que empezar.

Me crecí ante esa batalla por el placer, me arrodillé ante ella y luego le agarré la pierna.

Le di un beso suave en el tobillo que la hizo gruñir.

Pero me lo iba a tomar con calma. Por supuesto que sí.

Cuando coloqué su planta del pie sobre mi hombro, su cuerpo tembló de anticipación.

—Sujétate bien ahí —le pedí.

Le planté una mano en el vientre y descendí hasta que mi dedo se coló entre sus pliegues húmedos.

Sus piernas se abrieron y el jadeo que se le escapó fue como una plegaria.

Satisfacer a Delilah era como actuar. Algo instintivo, algo que procedía de un lugar primario.

Con cada caricia que me demandaba justo en ese punto, su torso se contraía, su boca se abría de par en par y sus ojos se cerraban con fuerza.

Quizá no había sido buena idea eso de ir lento, porque algo debajo de mis pantalones amenazaba con explotar.

Pero antes... antes yo tenía que probarla.

Aunque fuera lo último que hiciera en el mundo.

La busqué con la mirada, le sonreí con nuestro desafío particular y agaché la cabeza para colocar mi boca justo en el centro de ella. Y entonces probé el néctar de los dioses.