30. CANCIÓN DE KARAOKE
CANCIÓN DE KARAOKE
Ronan
Delilah me agarró de la mano y me arrastró por las calles de un barrio rebosante de colores saturados, luces de neón y comercios abarrotados.
Era principios de agosto y las aceras lucían inundadas de turistas.
Y ahí estábamos nosotros. Serpenteando entre la multitud, unidos, sonriéndonos entre palabras desconocidas, y convirtiéndonos en dos extranjeros más en la ciudad de Tokio.
Cuando llegamos a un callejón estrecho y poco iluminado, ella tiró de mí con una emoción contagiosa.
Entramos por una puerta que escondía unas escaleras empinadas.
Bajamos y bajamos, todavía con las manos entrelazadas, hasta que llegamos a un pasillo larguísimo con una hilera de puertas a cada lado.
Delilah se paró delante de una de ellas y, cuando la atravesamos, me vi sumido en una realidad azul que simulaba el fondo del mar.
Había al menos diez personas sentadas en unos mullidos bancos que emergían de las paredes.
En la pared de enfrente, la principal, se proyectaban letras de canciones combinadas con formas y contornos coloridos.
Era un karaoke en Japón. Y Delilah sonrió ante mi reacción de asombro.
Nos sentamos a un lado y observamos a aquella gente cantar, bailar, reírse, servirse bebidas, pasarlo bien, a pesar de que yo solo tenía ojos para ella, para la chica que saludaba a las personas que deambulaban por allí, la que parecía emocionada por mostrarme todo aquello.
Al cabo de un rato, cuando abrí el botellín de mi segunda cerveza japonesa, Delilah se plantó delante de mí con una sonrisa de oreja a oreja.
—Voy a cantar. —En su rostro bailaban las figuras de las proyecciones—. ¿Me acompañas?
—Luego. Ahora me apetece verte desde aquí.
—Espero que lo disfrutes, entonces.
—Seguro que sí.
Se colocó delante de la pantalla, ante las ovaciones y los aplausos de los chicos y las chicas que se encontraban allí.
Le colocaron una flor en el pelo, en esa melena dorada que le caía sobre la espalda en forma de ondas.
Cogió el micrófono, que era rosa y estaba cubierto de purpurina, y la música empezó a sonar.
Reconocí Like a Prayer , de Madonna, en los primeros compases.
Y, un segundo después, simplemente me vi absorbido por la presencia de esa chica vestida con una camisa celeste que le quedaba enorme, y que deseé que hubiese sido la mía, combinada con una falda de tablas.
Estaba guapísima y los calcetines asomando por fuera de sus zapatillas le daban un aire inocente que no le pertenecía.
No podía apartar los ojos de ella. Tampoco quería.
Cuando la canción cambió el ritmo, todo empeoró.
Delilah se dio la vuelta en mi dirección y empezó a cantarme a mí , con su sonrisa, su sonrojo y sus lánguidos movimientos de baile.
El azul, el rosa y el violeta bailaban sobre su piel como si fueran estelas que la convertían en algo etéreo, inalcanzable, recién aterrizada de otra galaxia, cerrando los ojos mientras le cantaba a Dios que estaba cayendo, cayendo, cayendo...
Yo también estaba cayendo. Por ella. Por todo lo que me hacía sentir.
Estaba cautivado por Delilah Williams. Allí sentado, escuchándola cantar mientras me observaba como si fuera un ángel, comprendí que sentía algo por esa chica que me era desconocido.
Nunca antes me había latido el corazón de ese modo.
Nunca antes me había faltado el aire si estaba menos de un minuto sin pensar en ella.
Nunca antes había necesitado tener la certeza de que alguien se encontraba bien.
Nunca antes había dudado de la soledad que llevaba por bandera con orgullo.
Nunca antes había sabido que le daría a alguien todo lo que quisiera.
Nunca antes había deseado caminar al lado de alguien más.
Hasta que llegó ella y me arrastró.
Y todo era tan jodidamente intenso como la emoción que me embargaba cada vez que recordaba que era imposible. Que lo nuestro no tenía futuro. Tampoco tenía presente. A no ser que fuéramos dos kamikazes dispuestos a todo por arder con ese anhelo.