Un amor inventado 29. LAS LUCES DE TOKIO
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29. LAS LUCES DE TOKIO

LAS LUCES DE TOKIO

Delilah

Tokio era una ciudad que despertaba los cinco sentidos.

Caminar por sus calles repletas de colores brillantes y carteles en japonés era lo más cerca que estábamos de viajar fuera del planeta Tierra.

Por eso, cada vez que había pisado Japón, aquella ciudad me había sumido en una especie de trance que me permitía perderme en lo desconocido.

—Me parece fatal que Tim os haya empujado a hacer eso. Hay un límite —dijo Jane mirando primero a Ronan y luego a mí.

Estábamos en uno de los restaurantes más famosos de la ciudad, disfrutando de nuestra cena después de un intenso día de trabajo.

Ronan se había tomado en serio eso de probar la comida tradicional japonesa y saboreábamos un kaiseki por primera vez.

Sonreí cuando le observé: su sitio en la mesa estaba lleno de pequeños platos vacíos.

—¿A qué te refieres? —pregunté volviendo a la conversación.

—A vuestro beso. Ese que está dando tanto de qué hablar. A veces no es bueno rociar con gasolina el fuego. Sobre todo, si no te quieres achicharrar.

—Si te digo la verdad, ese beso no fue idea de Tim —mascullé, centrándome en el curioso manjar que tenía delante—. Nos pareció buena idea para la estrategia que todos aprobasteis.

—¿Qué tienes ahí? —preguntó ella, dirigiendo la mirada a la zona de mi clavícula.

—Nada.

Con un movimiento incómodo, me subí el cuello de la camisa para cubrirme el trozo de chupetón que se vislumbraba. Alcé la vista y me choqué con sus ojos grandes de cervatillo, solo que ahora estaban entrecerrados y daban bastante miedo.

—¿Me estás ocultando algo?

—A ti jamás te he ocultado nada.

—Delilah —me llamó con voz seria—, nos quedan dos semanas para terminar la gira.

Tienes que darle una respuesta a Tim. Siempre estoy de tu parte, pero el equipo está comenzando a desquiciarse porque tenemos que empezar a gestionar los proyectos, los viajes, la organización del calendario... Ya sabes. Lo de siempre.

Menos mal que su móvil comenzó a sonar, porque Jane se levantó y anunció:

—Tengo que contestar. Seguid sin mí.

Cogí el vaso y bebí un trago de agua, pensando que Jane tenía razón y que debía empezar a remediar la situación. Cuando giré la cabeza, los ojos de Ronan estaban sobre los míos, analizándome como un ave rapaz.

—¿Qué te preocupa?

—Más bien lo contrario. —Ladeé la cabeza con cierta desgana—. Nada me preocupa lo suficiente.

—¿A qué te refieres?

—No lo sé, Ronan... —balbuceé—. Esta vez siento que todo pesa demasiado.

Siempre he antepuesto mis obligaciones a todo lo demás.

Incluso a mí misma. Eso fue lo que me enseñaron desde pequeña, así que en realidad no sé hacerlo de otro modo.

Pero empiezo a no encontrarle sentido a nada y, al mismo tiempo, creo que no podría dedicarme a ninguna otra cosa más que esto.

Soy una buena actriz, y todos esperan que siga actuando.

—¿Acaso deberías estar obligada a hacer algo solo porque eres buena en ello? —preguntó—. No me parece un motivo de peso. Deberían ser otras razones, otras emociones, más puras y más libres, las que nos muevan. ¿No crees?

—Sea como sea, tengo que decidir algo pronto.

—¿Sabes qué creo, Del? —Se acercó a mí por encima de la mesa y alcanzó mi mano para acariciarla con sus dedos—.

Creo que hace tiempo que tomaste la decisión.

Y déjame decirte que puedes hacer cualquier cosa.

Puedes embarcarte en cien proyectos nuevos, o puedes no decidirte por ninguno nunca. Hagas lo que hagas, estará bien.

De cerca, su cara era una auténtica obra de arte.

Sus ojos profundos, la angulación de los pómulos, ese labio respingón que yo había probado...

Pero lo que realmente me tenía palpitando de admiración era su capacidad de observación.

Su capacidad para verme por encima de todo el ruido, mucho más allá de la mentira que me veía empujada a interpretar cada día.