28. EL MÁRMOL TAMBIÉN ARDÍA
EL MÁRMOL TAMBIÉN ARDÍA
Ronan
Delilah susurró mi nombre como si de un rezo se tratara y me vi arrastrado por la fuerza de mi liberación. Enterré la cabeza en su cuello mientras me aferraba a su olor, a su cuerpo medio desnudo bajo el mío. A esos puñeteros ojos que me habían hechizado.
Cuando salí de aquel trance, me separé de ella para quedarme tumbado a su lado. Ambos mirábamos el techo.
—Joder —murmuró con una voz irreconocible.
—Joder —repetí yo.
Me sentía levitar por la jodida habitación.
—Lo siento, Ronan. Tú no querías que pasara nada y yo...
—Sí que quería, Del. Lo deseaba más que nada. No dudes de eso.
—¿Pero...?
—Pero no podemos complicar esto aún más. No podemos implicarnos a ese nivel. Sobre todo, porque tú estás en un momento delicado. Y no quiero que la cosa acabe mal y terminemos haciéndonos daño.
—Vale.
Nos quedamos allí, deshechos por la intensidad de lo que había pasado. Tratando de no desvelar lo mucho que nos había gustado. Lo mucho que habíamos disfrutado. Pero era innegable. Se percibía en el aire, en el olor, en el aspecto satisfecho y brillante de nuestras pieles.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté al cabo de unos minutos.
—Somos actores. Podemos fingir que no ha pasado.
Mi corazón se quejó y, tan solo un momento después, Delilah se levantó de la cama. Se abrochó la camisa y me miró con el pelo revuelto y los labios hinchados. Estaba preciosa. Ahora sabía que el mármol, frío y bello como la nieve, también podía arder.
—Será mejor que me vaya, Ronan.