27. MEMORIZAR CADA RINCÓN EN MIAMI
MEMORIZAR CADA RINCÓN EN MIAMI
Delilah
Aquello había sido la peor idea que había tenido en años.
Era incluso peor que habernos bebido tres miami vice antes de esa entrevista para Neon and Miami .
Porque ver Soñadores , de Bernardo Bertolucci, en una calurosa habitación de hotel en pleno verano era un despropósito.
Sobre todo, si teníamos en cuenta que Ronan estaba tumbado a mi lado, en pantalones cortos y con una camiseta negra de tirantes que dejaba al descubierto sus brazos tonificados.
La tensión sexual que se desarrollaba en cada escena tampoco ayudaba.
En absoluto. Menos aún que Ronan oliera tan bien, que me llegara el calor de su cuerpo al que casi rozaba.
Ni que su pelo cayera desordenado sobre la frente de un rostro que hacía de sus rasgos cansados un auténtico deleite.
Una cosa quedaba bastante clara: deseaba a Ronan.
Y no solo desde que me hubiera besado como si fuese el único alimento en una isla desierta aquella noche en Irlanda.
Sino desde mucho antes. Antes incluso de esa caseta de la piscina.
No paraba de preguntarme si él sentía lo mismo.
Era posible que sí, a juzgar por los movimientos involuntarios de su cuerpo, que evidenciaban que era presa de un nerviosismo parecido al mío.
Llegó un momento en el que no aguanté más el sofoco en la garganta y alcancé el mando. Detuve la película y me volví a tumbar boca arriba a su lado. Solté un resoplido de desesperación que resultó un tanto vergonzoso.
—¿Qué pasa? —preguntó Ronan—. ¿No te está gustando?
—No es eso... Es que... —No sabía cómo decirlo—. ¿Bertolucci siempre es tan intenso...?
Ronan entreabrió los labios en una sonrisa que me hizo imaginar al niño que un día había sido.
—Creo que sí —respondió él—. No tenía ni idea de que esta película era así. Si llego a saber que tenía esta clase de escenas, no la habría puesto...
Me coloqué tumbada de perfil porque quería mirarlo, quería verle la cara todo el tiempo. La cumbre que formaban sus labios me desbarató aún más.
Él me imitó colocando su cuerpo frente al mío y sentí que la suave tela de mi pijama me empezaba a sobrar.
—Perdona si ha sido incómodo... —susurró.
—No es incómodo, solo un poco abrumador.
Ronan me escuchaba con tanta atención que lo descubrí agachando la cabeza para huir de mi mirada. Pero lo conocía tan bien, sus gestos, su cuerpo, lo intangible que nos conformaba a cada uno de nosotros, que terminé adivinando el sólido deseo que se desprendía de él.
—No agaches la cabeza, me gusta que me mires.
—Ya lo hago. Todo el tiempo.
Y sus ojos se posaron de nuevo en mí. Estábamos tan cerca que su olor a menta me acariciaba el cielo de la boca. Entonces lo dije:
—También me gusta que me toques.
Como si se tratara de una necesidad acuciante, mi mano se deslizó por la sábana hasta que estuvo sobre la suya.
Entrelacé nuestros dedos y vi cómo su cuerpo se movía en mi dirección.
Él se obligó a detenerse y se humedeció los labios con la lengua.
Me miró, con los ojos entornados, y apartó la vista de nuevo, esta vez para clavarla en nuestras manos.
Empecé a acariciar cada rugosidad de sus dedos, como ya habíamos hecho durante el rodaje de aquella escena.
Comenzamos a moverlas de memoria, ejecutando la misma coreografía.
Solo que ahora nuestras respiraciones se aceleraban cada vez que nos deslizábamos por la piel del otro.
—¿Te pongo nervioso? —Mi voz sonó suave.
—Bueno, si te soy sincero, estoy fuera de mis cabales desde que entraste en mi habitación de París. Y esas piernas desnudas no ayudan. Para nada.
Sonreí. Porque yo estaba en lo cierto. Él también me deseaba. Entonces, ¿por qué se contenía tanto?
—Quiero enseñarte cómo soy, Ronan.
—Ya sé cómo eres —refunfuñó él arrugando el ceño.
Negué con la cabeza y me llevé la mano que tenía libre a los botones de la camisa del pijama. Con una lentitud que arañaba el silencio, empecé a desabrochármelo. Él se aclaró la garganta sin apartar su atención de la mano que yo tenía sobre la tela.
—Quiero que me veas entera.
—Del...
Me abrí la camiseta y le mostré aquello que no había visto, pero que también era parte de mí.
Estaba lejos de sentirme avergonzada. Más bien estaba cerca de morir si él no me tocaba donde latía mi sangre.
Sus ojos se entrecerraron cuando se deslizaron por mis senos.
Se mordió el labio inferior con los dientes y volvió a mirarme.
—Eres preciosa, un puto sueño —sentenció—. Ahora, hazme un favor y tápate.
Sonreí mientras negaba en aquel estado meloso del que no lograba salir.
Mi mente deambulaba perdida en un limbo de calor, respiraciones y todo lo que era Ronan.
Mis manos volaron libres por sus antebrazos.
Con la punta del índice, le recorrí una vena marcada y noté cómo su vello se agitaba bajo mis dedos.
—Quiero que me toques, Ronan.
—No te voy a tocar, Del... Porque la última vez que lo hice todos sabemos cómo terminó la cosa. No quiero volver a eso.
Me sostuvo la mirada, desafiándome, como si fuera un rey que hubiera dictado una orden.
Yo odiaba aquello. Odiaba desearlo y saber que él también me deseaba a mí, pero que su sentido de la responsabilidad mandaba por encima de todo.
Aquel chico había hecho cosas por mí que yo nunca hubiera imaginado.
Y necesitaba calmar el calor, mirarlo a la cara, grabarme sus facciones, arder con él.
—Pues entonces lo haré yo misma. Me tocaré mientras te miro. ¿Puedo hacerlo?
Su expresión se transformó en algo parecido al fuego de un volcán en erupción. Con un gruñido desesperado, se llevó una mano al pelo y la enterró allí. Se tiró de un par de mechones mientras sonreía moviendo la cabeza de lado a lado.
—Joder, Del. —Su voz ronca rajó el ambiente—. Haz lo que quieras conmigo. Ódiame, mírame, tócame, úsame... Esto se me está yendo de las manos, porque no quiero aprovecharme de que estés pasando por un momento vulnerable, ¿lo entiendes?
Así que era eso... No. Tenía que haber algo más. Porque él jamás se había aprovechado de mí.
—Estoy aquí, contigo. Me haces bien. Nunca me he sentido tan libre como cuando estoy a tu lado.
Vi la barrera caer dentro de él. Pero comprendí que no iba a ceder en su decisión.
Si algo caracterizaba a Ronan era lo consecuente que se mostraba con todo lo referido a sus valores.
A esas alturas, él tenía que saber que yo también lo era con los míos.
Así que separé mi mano de la suya y la dirigí al elástico de mi short.
Cuando la deslicé hacia abajo y aparté la tela de mi ropa interior, escuché un jadeo profundo.
Comprendí que había salido de su boca en el momento en el que un suspiro lastimero había escapado de mis labios cuando enterré un dedo en mi humedad.
Abrí los ojos y lo encontré a mi lado, con el sudor perlándole la frente y concentrado en mi cara de placer.
Me acaricié con mimo calmando mi propio deseo, encendida porque él me estuviera observando mientras hacía aquello.
El fuego lo carcomía tanto como a mí. Y sus ojos, oscurecidos por la excitación, me animaban a seguir.
—Oh, vamos. Tú no eres tímido.
—Cuando se trata de ti, sí lo soy —pronunció arrastrando las palabras con esfuerzo.
Estaba resbaladiza, había encontrado un movimiento que me satisfacía y, cuando vislumbré sus dientes detrás de una pequeña ranura entre sus labios, gruñí con mi cuerpo temblando.
Ronan resopló y se llevó una mano a la entrepierna.
Recorrió de arriba abajo la dureza que se le marcaba por encima de la tela.
Y, mientras me miraba, comenzó a tocarse por encima del pantalón adecuándose a mi ritmo lento, tortuoso.
—¿Puedo besarte? —Más que una pregunta, pareció un ruego.
El corazón me retumbaba como un tambor y la necesidad se iba concentrando sobre ese punto que no lograba alcanzar.
—No... —Él gimió cuando aumentó el ritmo—. Porque si lo haces no podré parar.
Tuve que levantarme sobre las rodillas para encontrar el alivio que anhelaba. Lo miré desde una altura superior y cerré los ojos sumergiéndome en las sensaciones. Entonces noté que el colchón se hundía a mi lado y, cuando abrí los párpados, me lo encontré también de rodillas, frente a mí.
No lo soportaba más. Y él pareció notarlo, porque alzó una mano y acarició mi pezón con el pulgar. Me arqueé ante su contacto, desesperada, cada vez más cerca de alcanzar el clímax. Cuando Ronan retorció el dedo con fuerza, grité de la impresión y me contraje entera.
—A la mierda —soltó.
Después, solo sentí sus manos abarcando todo mi estómago desnudo mientras me empujaba con suavidad sobre el colchón.
Se tumbó sobre mí, desatado, con las mejillas encendidas y los labios entreabiertos.
Se acercó a mi boca y... me besó. Él me besó.
Hasta ese momento no entendí cuánto lo necesitaba.
Hasta que nos convertimos en una danza de dos bocas encontrándose, tentándose, enfrentándose a un hambre que parecía no saciarse nunca.
Sus labios me sabían a frescor. Y, de un momento a otro, esa misma boca ya no estaba sobre la mía, sino sobre mi cuello.
La lengua lamiéndome arriba y abajo. Sus dientes rascándome la piel.
—Sigue tocándote —ordenó él con la respiración descontrolada.
Lo hice. Encontré el camino de vuelta a ese deseo húmedo entre mis piernas.
Notaba su cuerpo presionando el mío y la mano con la que se tocaba agitándose entre los dos.
La presión se incrementó. Solté un grave gemido que amenazaba con hacerme perder el poco temple que me quedaba.
Y Ronan parecía más perdido que nunca mientras me mordía en esa zona que antes había lamido.
—Por favor... Por favor... —supliqué.
Un instante después, lo tuve frente a mí, los labios rojos, el sudor acumulado en gotas sobre sus pestañas. Su respiración agitada impactó contra mis labios mientras se perdía dentro de mi mirada.
—Te gustan mis ojos, lo sé —susurré entre jadeos.
—No son tus ojos, es lo que cuentan. Y ahora mismo lo veo todo de color aguamarina, Del. —Sus movimientos debajo del pantalón se volvieron feroces—. No dejes de mirarme.
—No lo haré.
Enterró su boca en ese pecho que había admirado minutos antes y me acarició el pezón con los labios.
Y me deshice. Entera. Bajo su peso. Me corrí con una fuerza abrumadora que me hizo tirarle del pelo.
Me faltaba el aire, no podía moverme mientras un río de puro fuego me inundaba el vientre.
Con el cabello alborotado y la boca fruncida por el placer, Ronan me contemplaba como si ese instante fuera la respuesta a todas las preguntas.
Solo tuve que susurrar su nombre antes de posar un beso sobre sus labios para que él se deshiciera en torno a mí.