26. LLUVIA DE VERANO
LLUVIA DE VERANO
Delilah
La boca de Ronan me reclamaba de un modo salvaje bajo la llovizna.
Sentía necesidad, sentía deseo, sentía su cuerpo aferrado a mí.
Y, cuando su lengua se encontró con la mía, la fuerza de nuestro apetito nos atravesó.
Él cogió mi cabeza entre sus manos y la giró en el ángulo adecuado para poder devorarme a su antojo.
Le agarré de la camiseta con fuerza tratando de atraerlo más porque su cercanía no era suficiente.
Estaba demasiado lejos de ser suficiente.
Yo gemí cuando me acarició el cielo de la boca con ímpetu.
Él tembló cuando le arañé con las uñas el lugar donde le nacía el pelo.
Y luego recordé que aquello era falso. Que era inventado.
Pero aquel era el beso más real que me habían dado en mi vida.
Estábamos danzando en una coreografía desatada de carne, latidos y saliva.
Porque cuando algo era verdadero nos abríamos como se abría una rosa al florecer.
Capas y capas revelándose para alcanzar la plenitud.
Cuando algo era de verdad, queríamos que el otro nos descubriera, que nos palpara con las manos.
Queríamos compartirlo todo, hasta nuestro último aliento.
Queríamos vivir dentro de esa sencillez donde los impulsos tomaban el control.
Queríamos ser libres. Respirar sobre alguien.
Y, besando a Ronan, yo me sentía escuchada.
Me sentía valorada. Cuando el oxígeno se esfumó de nuestros pulmones, nos vimos obligados a separar nuestras bocas.
Aunque Ronan no apartó las manos de mi cuello.
Me acarició la nariz con la suya antes de abrir los ojos y encontrarse con los míos.
Nos respiramos el uno al otro en medio de la noche de Dublín con la cara mojada por la lluvia.
Podría decir que aquello era una atracción imparable que me había poseído, aunque estaría mintiendo.
Era atracción, claro que lo era, un reclamo tan grande como demente.
Pero también era el corazón luchando por sentir con todo su esplendor.
Era el corazón gritando: «Por esto vivo. Por esto lato. Por nada más que esto».
Y me asusté de que todo fuese fingido por su parte, por eso me obligué a regresar a mi férreo control:
—Creo que ya le hemos dado bastante contenido —susurré.
Entonces Ronan se apartó de mí y la realidad del mundo cayó sobre nosotros.
El apartamento de Ronan era tal y como él me había dicho: muy pequeño.
Apenas cabían un par de muebles en el salón, una mesa baja encajada entre dos sofás y, a un lado, una pequeña cocina separada por una barra americana.
En el ambiente reinaba un olor a madera y a papel viejo que resultaba hogareño.
Allí dentro abundaban las pilas de libros y más libros desperdigados por cada rincón en el que se atisbaba algo de espacio.
—Pues esto es todo —dijo él sonriendo con nerviosismo y colocándose tras la barra—. El baño está al fondo y, las habitaciones, subiendo por esas escaleritas.
Ronan empezó a abrir armarios de la cocina de un modo compulsivo, preso de una inseguridad poco habitual en él.
—¿Te apetece tomar algo? —me preguntó—. ¿Algún refresco? ¿Cerveza? ¿Té? ¿Una copa de whisky irlandés?
—La copa de whisky, por favor. Ya que estoy en Dublín...
Ronan sonrió de oreja a oreja antes de servir la bebida en dos vasos. Luego caminó hacia mí y me tendió el mío.
—¿Quieres ver mi habitación?
En mi boca aún permanecía el sabor de su beso fingido, así que preferí demorar mi trago un poco más.
—Me encantaría.
Lo seguí escaleras arriba hasta que abrió una puerta y nos adentramos en una estancia que olía a menta y a más papel antiguo.
Encendió la luz y yo me quedé quieta observando a mi alrededor.
La habitación estaba limpia, ordenada, con una cama que no era demasiado pequeña bajo una ventana.
En una de las paredes, un viejo ropero de madera.
En otra, un escritorio diminuto con una silla.
Y, en la pared de enfrente, estantes, baldas y más baldas apiladas que contenían hileras de libros.
El chico que yo conocía, el inteligente, el actor profundo que amaba el arte por encima de todo, había surgido de esas historias.
—Puedes sentarte en la cama. La silla es un poco incómoda —me ofreció Ronan mientras daba un trago a su bebida.
Él se sentó en la silla y la orientó hacia la cama, donde yo ya me estaba acomodando.
Apoyé la espalda contra la pared y por fin di un trago a aquel whisky.
Allí dentro estaba tan absorbida por su mundo que no me importaba perderme el sabor.
Ahora todo lo que era Ronan existía frente a mí.
Su habitación, su aroma, sus pertenencias.
Él mismo, observándome con curiosidad a escasos metros de distancia.
—En esta cama cabemos los dos, aunque no sea tan grande como las del hotel.
—Ya. —Ronan me miró como se miran las cosas indescifrables, y nunca me había sentido tan expuesta en mi vida, ni tan yo—. ¿Tienes sueño?
Negué con la cabeza y tomé otro sorbo de whisky. Era fuerte, irlandés, como él. Pero también era exactamente lo que necesitaba en ese momento.
—Me apetece hablar —comenté—. Dime algo que no sepa nadie y que te dé vergüenza admitir.
—Eliza y sus jueguecitos interpretativos han calado en ti, ¿eh? —Me miró burlón, y yo quise volver atrás, al momento en que habíamos juntado nuestras bocas.
—No sabes cuánto.
Ronan me dedicó una sonrisa de las suyas. De esas que encierran un pasado, una advertencia y un mar de posibilidades.
—¿Qué te parece si te digo que si abres ese armario te vas a llevar una gran sorpresa con lo que hay pegado en la puerta...?
—¿Puedo?
Él asintió mientras yo me levantaba y caminaba apenas tres pasos hasta llegar al armario.
Agarré el pomo y tiré con fuerza. Pegadas en la cara interior de una de las puertas de madera había varias fotos conocidas de actores y actrices.
Pude distinguir a James Dean, Al Pacino, Meryl Streep o Robert De Niro...
Y, entre todas ellas, destacaba un pequeño póster mío.
Recordaba esa sesión. Tenía quince años y acababa de protagonizar la historia, aclamada por la crítica, de una adolescente políticamente incorrecta.
En esa fotografía arrancada de una revista, yo aparecía con los ojos pintados de negro en medio de un salón destrozado.
—¿Por qué tienes...? —balbuceé.
No supe qué decir, cómo continuar. El puñetero Ronan O’Connell tenía un póster mío pegado en su armario.
—Esa foto me acompañó de una casa de acogida a otra y, cuando me mudé aquí, me dio pena deshacerme de ella. Fue algo fijo en mi adolescencia.
—Me admirabas... —solté a la vez que buscaba su afirmación con la mirada.
—Más bien estaba obsesionado contigo, Del. Y con todas tus películas.
Volví a mi lugar en la cama. Me acomodé con las piernas cruzadas y deposité la bebida en la mesita de noche.
—¿Me cuentas algo tú? —Aquella pregunta era un clarísimo gesto de auxilio.
Estaba abochornado. Y lo único en lo que podía pensar yo era en el chico de quince años que había estado solo en el mundo y que me tenía en su mente. Así que decidí abrirle mi corazón.
—¿Te acuerdas del día en que nos quedamos encerrados en la caravana? —Él asintió—. Tengo una grave claustrofobia y no soporto los armarios, ni los espacios cerrados.
—¿Quieres contarme por qué? —preguntó él, intentando ser cuidadoso.
—No me gustan los armarios porque cuando era pequeña y estaba empezando en este mundo mi madre me encerraba en uno y no me dejaba salir hasta que memorizara todas mis líneas de guion —confesé con la voz trémula.
Sentí su mirada deslizándose sobre mí, pero yo era incapaz de levantar la cabeza. Aquello solo lo sabía Jane. Solo ella. Y ahora le estaba contando mi secreto más íntimo a alguien que hasta hacía poco no me había tenido en mucha estima.
—Delilah...
—No, por favor. No digas nada —le supliqué—. Solo quería contártelo. Ni siquiera sé muy bien por qué.
—Vale.
Levanté la cabeza y entonces me encontré con un rostro pintado de comprensión y también de algo que no podía definir... ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Empatía? ¿Todo a la vez?
—Solo quiero que sepas que esta habitación ni siquiera tiene pestillo. Y nunca cerramos con llave la puerta de casa. A veces en Irlanda las cosas funcionan así —me explicó—. Aquí estás segura.
Asentí y me tumbé sobre la cama. Exhalé un suspiro mientras clavaba la vista en el techo.
Los segundos se fueron sucediendo entre el silencio y la quietud.
Todo me olía a él. Todo me sabía a él. En aquel momento de mi vida, solo necesitaba que alguien me mirara con sinceridad, aunque solo fuera un instante.
Y Ronan lo hacía. Me había vaciado con esa confesión y ahora mi vientre se sentía caliente, tranquilo, sin ese peso contundente que me oprimía.
—No eres como esperaba... —declaró Ronan al cabo de unos minutos.
—¿Para bien o para mal?
—Para bien, Del.
El silencio se posó entre nosotros y deambulamos por él mientras yo asimilaba sus palabras.
—Ronan.
—Dime.
—A veces me gusta imaginarme que soy otra persona.
—De eso va ser actriz, ¿no?
—No de ese modo —Negué con la cabeza mientras notaba la suavidad de las sábanas en mis dedos—.
Me lo imagino de verdad. Hace años que no puedo dormir una noche del tirón y lo único que relaja mi mente es eso.
Cuando estoy en un rodaje es más fácil, porque siempre puedo ser alguien distinto.
Pero por las noches estoy sola, y ahí también necesito no ser yo.
Oí cómo Ronan se movía en su silla y dejaba el vaso sobre el escritorio.
—¿No duermes bien?
—No. A veces me medico.
—Cuando estoy tan nervioso que no puedo coger el sueño, pienso en ese lugar seguro que era mi cama cuando era un niño. Esos días en los que mi madre me arropaba y soportaba el mundo por mí.
—Yo no tengo ese lugar seguro, Ronan. —Agaché la cabeza. Con vergüenza. Con pesar.
—Pues entonces tienes que crearlo. ¿Cuál es ese lugar del mundo en el que mejor te sientes?
—A lomos de Hepburn.
—¿Qué?
—Es mi yegua —le aclaré, sonriendo—. La tengo desde que cumplí diez años. Se llama Hepburn por Katharine, no por Audrey.
—Entonces, por la noche —comenzó a decir Ronan con la voz pausada—, cuando sientas ese peso en el estómago y en tu cabeza se empiecen a formar huracanes, cierra los ojos y cabalga.
Siente que, de algún modo, siempre vas a ser esa persona.
A lomos de Hepburn. El trote. El viento en la cara. Y la nada.
Aquellas palabras de Ronan lograron tocar algo en mí que apenas había sido acariciado antes. Y no recuerdo el momento exacto en el que me quedé dormida, pero lo hice envuelta en unas sábanas que olían a una tierra lejana, que olían a él.