25. DUBLÍN, IRLANDA, MI HOGAR
DUBLÍN, IRLANDA, MI HOGAR
Ronan
Estaba en Irlanda. Había vuelto a casa. Pero ya nada era lo mismo.
Ahora me encontraba en medio de un revuelo mediático, en el ojo público.
Y veía las calles coloridas y repletas de la vida nocturna de Dublín desde una barrera.
Me había pasado ese día de un lado a otro, concediendo entrevistas a periodistas que querían conocer todo sobre el último actor de moda irlandés, reuniéndome con importantes diseñadores que me vestirían en el futuro, y bañándome en la nostalgia que acarreaban los cambios.
Pero era feliz. Tenía todo lo que siempre había soñado.
Y aquello no había hecho más que empezar.
Sin embargo, volver allí me había servido para comprender que nunca me sentiría igual de bien y de conectado que cuando caminaba por las calles de cualquier lugar de Irlanda mezclándome con mi gente.
Tampoco pensé jamás que Delilah Williams podía tener cabida en todo ese engranaje, pero eso no era lo que me indicaba su lenguaje corporal.
En medio de un concierto en una de las salas de Temple Bar, Delilah bailaba y alzaba su refresco cada vez que el grupo alternativo de turno pedía la implicación de su público.
Esa misma tarde, después de terminar con nuestros compromisos profesionales, me había dirigido a su habitación antes de reencontrarme con mi antiguo grupo de teatro.
¿El motivo por el que había hecho aquello?
No tenía ni puñetera idea, pero el corazón me había latido frenético cuando ella abrió la puerta.
—Solo quería preguntarte si te apetece salir —había dicho de manera atropellada—.
He quedado con unos amigos de aquí para ir a un concierto y no sé si...
Tan solo me preguntaba... Como Tim siempre nos dice que tenemos que hacer acto de presencia para que...
—Delilah había sido incapaz de parpadear y yo estaba cada vez más nervioso—.
Perdona, seguro que necesitas descansar después de esta semana.
—Me encantaría ir, Ronan.
—Ah. Vale. Te espero en el hall, entonces.
Y así era como había llegado a esa situación en la que no le quitaba los ojos de encima a esa chica que solo quería bailar y ser libre mientras mis amigos revoloteaban a mi alrededor lanzando coñas a punta pala por mi repentina fama de seductor.
—¡Eh! ¡Ronan! —gritó Stephen—. La próxima vez invítanos a los demás a Los Ángeles. No tendremos problemas con el alojamiento porque Delilah es demasiado simpática y seguro que nos acoge.
Mis amigos se rieron por encima de la música. Y yo simplemente fulminé con la mirada a mi antiguo compañero de tablas.
—No les hagas caso, Ronan —me pidió Martha colocándose a mi lado—. Se nota que la envidia los corroe.
Le di un sorbo a mi pinta y volví a centrar mi atención en Delilah. Porque solo podía mirarla a ella.
—¿Crees que se lo está pasando bien, Martha? —Comprendí que me interesaba más su estado que el mío propio y ahí fue cuando me percaté de que estaba jodido.
—Claro que sí. Ha charlado más de quince minutos con Stephen. ¿Quién cojones ha hecho eso alguna vez?
Solté una carcajada, porque tenía razón.
Desde que había llegado, Delilah se había integrado en mi pandilla como anillo al dedo a pesar de que los idiotas de mis amigos se habían sentido intimidados al principio.
Pero mi compañera de reparto había sabido cómo remediarlo.
Simplemente se había colado en nuestras dinámicas y, con ello, me hizo sentir como si un jardín brotara bajo mi pecho.
—Pero tienes que seguir con la farsa, Ronan... Porque estos están diciendo que eres un muermo y que no eres nada cariñoso con ella. Así que dudan de que estéis juntos en serio... E incluso están apostando por quién la seducirá antes.
—¿Que qué?
—Te lo juro. —Martha abrió mucho los ojos y asintió, solemne.
—¡Ey, chicos! ¡No puedo más! ¿No bailáis? —La voz jadeante de Delilah llegó antes de que se plantara delante de nosotros.
Agaché la mirada y la puse sobre ella. Llevaba una cazadora vaquera de color blanco y, para pasar desapercibida, también se había puesto mi gorra.
Sonreí. Y lo único que me salió fue acercarme a ella y abrazarla.
Lo cual lo empeoró absolutamente todo. Como por arte de magia, ella me correspondió y yo enterré la cabeza en su melena dorada, que olía a canela mezclada con el aire de Irlanda.
Mi cuerpo reaccionó con un anhelo casi enfermizo y tuve que separarme para mirarla a los ojos.
—Hay que actuar un poco —le susurré—. Estos tíos me conocen y no se creen que estemos saliendo. Tal y como está el asunto, no quiero que las cosas se compliquen.
Sus ojos se entrecerraron como estudiándome y respondió con un:
—Está bien.
Luego me agarró de la mano y nos condujo hacia donde se encontraban los demás.
—¡Rubita! —oí que le decía Arty—. Estamos aquí organizando nuestro viaje a Los Ángeles. Porque Ronan nos ha dejado de lado. Solo se llevó al estreno a Finn y a Martha.
—¡Eeeh! ¡Soy su mejor amiga! —gruñó la aludida.
—¡Nosotros también tenemos derecho a ir!
—Podéis quedaros en mi casa de Bel-Air —ofreció Delilah—. Es enorme y la verdad es que no suelo pasar mucho tiempo por allí.
—¿De verdad?
—Sí —respondió ella ante mi mirada perpleja.
—No hace falta que... —le empecé a decir.
—Lo hago de corazón, Ronan. Me caen bien, no me tratan como si fuera diferente. Como si estuviera en un puto planeta que no pueden pisar o algo parecido.
Que Delilah se sintiera cómoda con los míos era algo que no me habría esperado ni en un millar de años. Era algo para lo que no estaba preparado. Era algo con lo que no contaba y que me hacía sentir tan pleno que no pude contenerme más.
—Voy a fingir, ¿vale?
Ella asintió con una sonrisa. Le pasé un brazo por los hombros y la coloqué con su espalda pegada a mi pecho mientras la abrazaba delante de mis amigos.
Creo que nunca antes me habían embargado ese tipo de sensaciones.
Porque tocarla era sentirme parte de algo.
Rodearla con los brazos significaba pertenencia para una persona que nunca había contado con nadie.
Y no pude evitar que mi boca viajara hasta su oído.
—Perdón por esto —susurré.
Le di un beso en el cuello que todos vitorearon apartando la mirada y murmurando obscenidades en un tono jocoso.
La mano de Delilah se aferró a mi brazo cuando un escalofrío le recorrió la columna.
Y percibí cómo su cuerpo se pegaba más al mío.
Las ganas de tenerla como la había tenido en el pasado en aquella caseta de la piscina me nublaron la puta mente.
Tanto que me vi obligado a tratar de distraerme charlando con mis amigos, hablando sobre mis planes de futuro, contándoles cada nueva idiotez en la que se embarcaba Finn.
Durante todo el tiempo que estuvimos en aquel local, la mano de Delilah no abandonó mi brazo.
Su olor inundó mis fosas nasales. Y yo me sentí completo por primera vez en la vida.
Horas más tarde, verla de ese modo tan despreocupado delante de mí seguía teniendo el mismo efecto devastador. Estaba a un segundo de perder la cordura, mandarlo todo a la mierda y pedirle que me volviese a tocar.
—Voy a acompañarte al hotel, no está muy lejos de aquí —le ofrecí en cambio.
—¿Tú no duermes allí hoy? —preguntó ella mirando el espesor de las nubes en el cielo.
—Qué va. Esta noche me quedo en mi apartamento con Finn.
Delilah metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y esbozó un mohín de labios demasiado adorable.
—¿Puedo quedarme allí yo también? —preguntó como si le diera vergüenza.
Delilah solo se había tomado un par de refrescos, porque yo había estado atento a cada paso que daba, a cada sonrisa que había ladeado su boca. Había estado pendiente de todo lo que había hecho. Aun así, después de su pregunta, llegué a plantearme si estaba un poco ebria por querer venir a mi piso.
—Eh... Si te apetece, sí, claro —dije con una emoción difícil de esconder—. Pero te aviso de que es muy muy pequeño. Y viejo.
—Me parece bien —contestó riéndose.
—Genial.
Delilah me miró, esperando que tomara la iniciativa, pero yo estaba paralizado. Paralizado por ella en medio de una calle de Dublín. Porque ella me observaba como si yo fuera algo importante.
—Solo está a quince minutos caminando —la informé poniéndome en marcha.
Paseamos por las calles, plagadas de vida a esas horas de la noche, mientras Delilah me preguntaba acerca de los lugares que íbamos dejando atrás.
Atravesamos el puente sobre el río Liffey recordando las locuras a las que mis amigos habían dado rienda suelta esa noche.
Entre risas, nos adentramos en una zona verde, llana, que rodeaba un castillo, un lugar al que solía ir a leer cuando hacía buen tiempo.
De pronto, empezó a llover y las gotas humedecieron la hierba que íbamos pisando.
—Ya queda poco —me disculpé como si aquella lluvia fuera culpa mía.
—Los paparazis nos están siguiendo —avisó ella.
Con un giro brusco de cabeza, empecé a otear a nuestro alrededor, pero no divisé nada ni a nadie.
—¿Estás segura?
—Sí. Conozco todos sus trucos. Están justo detrás de esos árboles, pero no mires. Podemos usarlo en nuestro beneficio. A Tim le encantaría.
El agua de lluvia que me mojaba la cara se convirtió en lava. Pura quemazón.
—¡Estoy de coña, Ronan!
—Deberíamos hacerlo. Así nadie más dudará.
La sonrisa de Delilah desapareció y en su incomprensión descubrí una belleza tan abrumadora que quise plantarme de rodillas.
—¿Te refieres a que...?
—Sí.
Nos miramos a los ojos. Ella, con los suyos expectantes. Yo, perdiendo todo el dominio que me quedaba.
—Aún no sé si me apetece meterte en esto —se sinceró humedeciéndose los labios—. Porque me importas, Ronan.
Y luego me caí del precipicio sin paracaídas. Quería volar. Quería volver a sentirlo.
—Yo sí quiero meterme —confesé—. Claro que quiero meterme, joder.
Di un paso hacia delante, le giré la visera de la gorra para colocársela en la parte de atrás de su cabeza, y la besé.
Aterricé con mis labios sobre los suyos y el sabor que yo rememoraba cada madrugada estaba otra vez ahí, a mi alcance.
Era dulce y era caliente, y quise recrearme en los detalles.
Le acaricié el cuello y Delilah me rodeó la cintura con sus brazos.
Cuando me apretó para aunar nuestros cuerpos, me olvidé de todo.
De nuestra película, de las fotografías que nos estarían tomando, del mundo en el que vivíamos.
Lo único que pude hacer fue arrastrar mi lengua por sus labios para abrirle la boca y adentrarme en ella.