24. DESPERTAR
DESPERTAR
Delilah
Mi cuerpo sufrió un intenso espasmo que me obligó a despertar.
Abrí los ojos y la luz eléctrica del amanecer me dio la bienvenida.
Luego lo hicieron el dolor de cabeza y los mareos.
Me senté en la cama y la habitación tembló a mi alrededor.
Aquella no era mi suite. Empecé a estudiar el lugar y me detuve en el instante en que Ronan entró en mi campo de visión.
Llevaba la misma ropa del evento y su pelo era un desastre absoluto.
Sentado en un sillón a un lado de la ventana, me observaba con unos ojos repletos de preocupación que provocaron que me hundiese en el colchón.
Entonces recordé cómo había empezado la noche anterior, con esa aparición estelar de Alan.
Un tsunami de vergüenza se apoderó de mí y las palpitaciones me golpearon con fuerza en las sienes.
—¿Qué ha pasado? —solté notando el sabor de la bilis en la garganta.
Él continuó observándome con ojos serios, como si me estuviera evaluando.
—¿Estás bien, Del? —preguntó.
La verdad era que no, pero no se lo dije. En lugar de eso, aparté la mirada, incapaz de enfrentarlo más.
—Solo recuerdo que Alan me llevó a un reservado y que luego empecé a beber... —Me cansaba hablar, me pesaba la lengua, estaba aturdida.
Ronan arrugó el ceño y apoyó los codos en las rodillas, dejando a un lado el libro que tenía en la mano.
—Fui a buscarte un rato después y te encontré casi inconsciente en un sofá —me contó él mientras yo palidecía—. Estabais en medio de toda esa gente y te dejó ahí, sola y demasiado perjudicada. Y yo me acojoné cuando te vi...
—Lo siento muchísimo, Ronan. Una vez que empecé a beber, ya no pude parar. Todo aquello era demasiado y solo quería dejar de pensar, olvidarme... —Me llevé una mano a la cara para ocultar mi bochorno.
Noté el peso de la noche posándose sobre mis ojos y cómo las lágrimas pugnaban por aparecer.
—No lo sientas, Delilah, joder... Menos mal que te encontré —sentenció él con tono de ultratumba—.
Verte allí de esa manera... Que él te hubiera dejado en ese estado tocó algo dentro de mí.
Y solo me tranquilicé cuando Clark, un médico amigo de Tim, te examinó...
Bueno, no me tranquilicé del todo. No me he tranquilizado hasta que has abierto los ojos hace un minuto.
El silencio cayó sobre nosotros como una mole, al igual que la lágrima solitaria que se deslizó apresurada por mi mejilla.
Me la sequé al instante. Con rabia, con dolor.
Con pena de que mi compañero hubiera pasado por algo así por mi culpa.
Una vez que había abierto el dique de la tristeza, no había podido detenerlo y me sentía culpable por ello.
—¿Sabes...? —Al cabo de unos minutos comencé a hablar, completamente rota—. Él solía llamarme «la Reina de Nueva York».
Ronan bufó y se removió sobre su asiento, incómodo.
—No necesitas ser una reina para que te quieran, Del.
—Ha pasado mucho tiempo de eso.
—Pues quizá tengas que empezar a ver la mentira que había detrás.
Intentó decirlo con delicadeza, pero me escoció en el pecho de todos modos.
—¿Y cuál es la verdad, Ronan? —le pregunté, reclamándole que me mirara a la cara.
Pero lo cierto era que en todo ese tiempo no había apartado sus ojos de mí.
—La verdad es que te mereces a alguien mucho mejor.
No a alguien que disfruta con tu sufrimiento.
No a alguien que te ve como si fueras un puto complemento —graznó—.
Eres mucho más que eso, Del. Eres real, eres compleja.
Y quiero que sepas que eres buena. Desde el principio lo has sido.
No estás podrida por dentro como él quiere que creas.
Estás hecha de resiliencia, de personajes que te habitan, y luchas cada día por esconder toda la tristeza que llevas dentro.
Y, aun así, no hay una jodida persona que pueda hacerte sombra.
Esas palabras calaron en mí como un bálsamo que te calmaba el dolor. Me sentí más ligera por dentro, como si el peso que me aplastaba hubiera desaparecido. La voz de Ronan me parecía una pequeña isla en medio del océano.
—Ya se ha acabado, Ronan —declaré.
Debió de percibir algo en mi mirada que lo hizo asentir en silencio y dejar el tema. En cambio, en ese momento era yo quien necesitaba quitarle de encima toda esa angustia que lo consumía.
—¿Puedo preguntarte por qué te has disfrazado de Axl Rose? —Intenté sonreír para aligerar la tensión.
—Leí por ahí que Lana del Rey estaba obsesionada con él.
Me reí... ¿Qué otra cosa podía hacer?
—¿Dónde has leído eso?
—Mejor no preguntes.
—Lana del Rey solo está obsesionada con el color azul.
Cuando Ronan se levantó, mi sonrisa desapareció.
—¿Necesitas algo? ¿Quieres que avise a Jane? —preguntó colocándose a los pies de la cama.
—Vale... —asentí—. Menos mal que volviste, Ronan. Gracias por no dejarme sola.
Nos quedamos mirándonos durante unos segundos que se cargaron de electricidad. Hasta que él rompió de nuevo el silencio:
—Del, tengo que decirte que hay algo que pasaste por alto sobre mí.
—¿El qué?
—Nunca abandono a los míos. Siempre estoy con ellos hasta el final.
—¿Soy una de los tuyos, Ronan O’Connell? —pretendí sonar serena a pesar de que me ardían las mejillas.