23. EL MIEDO COMO MOTOR
EL MIEDO COMO MOTOR
Ronan
No sé cuánto tardé en encontrarla. Desconocía si pasaron varias horas después de que se fuera tras él, o si tan solo fueron treinta minutos.
La verdad era que me había movido entre saludos de gente conocida y el rechazo que me generaba una fiesta tan clasista como aquella.
Mi cuerpo, exaltado desde el enfrentamiento con el capullo de Alan Jones, necesitaba cerciorarse de que Delilah estaba bien.
De que se había ido con él porque quería y no porque la estuviese chantajeando.
No tenía ni idea del tiempo que había pasado desde que nos habíamos separado, pero me pareció una eternidad.
Así que decidí terminar con la duda y les pregunté a varias personas dónde se encontraba Alan.
Todas coincidieron y me señalaron el reservado que estaba al fondo de la azotea.
Cuando llegué a la puerta, un guardaespaldas hasta arriba de esteroides me detuvo el paso.
—Voy a entrar —lo avisé alzando la voz.
El tío dudó un momento, pero luego decidió echarse a un lado y dejarme pasar.
Allí dentro había sofás y sillones por todas partes y contaban con su propia mesa con camareros que suministraban las bebidas.
No conocía ninguna de las caras con las que me encontraba.
Ni rastro de Delilah; tampoco de Alan. El corazón empezó a latirme tan fuerte que dudé de si me había metido en el lugar equivocado, pero yo solo quería asegurarme de que ella estaba bien.
Cuando llevaba un rato dando vueltas, me subí a un escalón para tener mejor visión de la sala y lo divisé.
Alan estaba tirado sobre un sofá rodeado de chicas a las que les mostraba su sonrisa cautivadora.
Ninguna era rubia. Ninguna era Delilah. De repente, una sensación insoportable se adueñó de mi tráquea y la boca se me secó.
Empecé a buscarla por el reservado como un loco ante la mirada perpleja de las personas que estaban allí reunidas.
La encontré dos minutos más tarde, y su imagen me impactó tanto que me llevé una mano al pecho.
El miedo y el terror amenazaron con bloquearme como aquella vez, cuando era tan solo un niño.
Pero tenía que actuar. Y hacerlo rápido, porque Delilah estaba en un rincón, sentada en un sofá con la cabeza entre las piernas y el pelo arrastrándole por el suelo.
Me abrí paso entre los desgraciados que había a su alrededor y que ni siquiera habían reparado en ella porque estaban demasiado ocupados en reír a carcajadas y disfrutar de la fiesta. Al llegar, me coloqué de rodillas ante su cuerpo.
—Del —la llamé, alzándole la cabeza y buscando sus ojos—. Soy Ronan, ¿puedes oírme? Estoy aquí.
Su azul conectó conmigo un segundo antes de desplomarse en mis brazos. Quizá sí que había pasado demasiado tiempo antes de que hubiera decidido ir a buscarla, porque estaba hasta arriba de alcohol. Joder.
—Del..., mírame, cariño. Vamos, levanta... Te voy a llevar al hotel, ¿vale?
Oí las risas a mi lado y reprimí el impulso de levantarme y arrasar con aquellas personas que ni siquiera habían pensado en socorrer a una chica que era evidente que necesitaba ayuda.
Delilah estaba semiinconsciente, con la cara aplastada sobre un cojín.
Parecía ida. Y yo estaba acojonado. Alguien se detuvo a un lado y le puso una mano en la rodilla.
Aparté de un golpe esa mano mientras un hombre mayor de pelo cano me decía:
—La conozco. Soy Clark, un amigo de Tim Johnson —me explicó—. No sabía que ella estaba aquí...
—¿Cuánto habrá bebido para que esté así?
—Ayúdame a llevarla a un lugar tranquilo y la examino. Soy médico —me informó Clark mientras sujetaba la muñeca de Delilah para tomarle el pulso.
Cogí en brazos a Delilah, pasándole una mano bajo las rodillas y sosteniéndole la espalda con la otra.
Luego me concentré solamente en seguir a aquel hombre entre la gente.
Todos nos miraban y, en un gesto inconsciente que surgió de un lugar desconocido, escondí la cabeza de Del en mi cuello.
El terror se apoderó de mí de un modo tan incontrolable que incluso dudé si llegaría hasta la puerta, porque no notaba su aliento en mi piel.
Tras recorrer varios salones llenos de gente y un pasillo llegamos a una habitación que estaba vacía y que parecía un despacho.
—¿Puedes sentarla en ese sillón?
Con extremo cuidado hice lo que me pedía y le sujeté la cabeza, que le colgaba. Ella parpadeó muy lentamente y era evidente que no lograba enfocar nada.
—Los médicos siempre preferimos que vayáis a un hospital, pero sé cómo son las actrices con su privacidad y todo eso.
—Mientras hablaba, Clark empezó a examinarle las pupilas y a soplarle aire en la frente—.
Está muy desorientada y no coordina, pero las constantes están bien, respira a buen ritmo y no es preocupante.
Solo se ha pasado bastante con la bebida... ¿Sabes si ha vomitado?
Justo en ese momento, Delilah estiró su cuello hacia delante y echó hasta la primera papilla al lado de sus pies. Me apresuré a apartarle el pelo de la cara y miré con preocupación a Clark.
—Mierda..., estoy... —murmuró Delilah con las piernas temblando.
—Llévala al hotel, chico, y no la dejes sola durante unas horas... Acuéstala de lado, por si acaso necesita vomitar más.
El miedo me martilleaba la cabeza y aquel hombre se percató.
—Ella está bien... Solo muy desorientada. Pero no ha perdido la consciencia, aunque esté quedándose dormida. —Suspiré aliviado y me apoyé en el respaldo del sillón—. Si ves que dentro de unas horas no mejora, llévala al hospital.
—Vale... Gracias, Clark.
—Pero no podemos dejarla sola, y debería estar en observación.
—Me quedaré con ella hasta que esté bien —le aseguré, notando cómo el subidón de adrenalina descendía dentro de mi cuerpo—. Me la voy a llevar.
—Pediré un coche para que os recoja dentro del parking —informó él.
Y yo solo asentí a la vez que levantaba a Delilah y la cogía entre mis brazos de nuevo.
Quería dar media vuelta e ir a buscar a Alan, pedirle explicaciones por haberla dejado en ese estado miserable, pero me resistí con todas mis fuerzas.
Porque lo único importante en ese momento era esa chica que no era capaz ni de abrir sus preciosos ojos.
Le había tomado el pulso por lo menos diez veces en los últimos quince minutos.
A esas horas, sin apenas coches por la carretera, el conductor pisó el acelerador.
Pero yo necesitaba que corriera más. La ansiedad me tenía la espalda empapada de sudor bajo la chaqueta de cuero y las extremidades flácidas de Delilah me cortocircuitaban la mente.
Había intentado contactar con Jane hasta en cinco ocasiones, pero no había dado señales.
No supe por qué, pero cogí la mano de Del y la coloqué en mi regazo.
Durante todo el tiempo que duró aquel trayecto, mantuve presionado mi pulgar sobre el latido en su muñeca como había hecho Clark.
Un rato después, abrí la puerta de mi habitación de una patada y la llevé directamente al baño. La senté en el borde de la bañera y le sostuve la espalda. Me coloqué delante de ella y le aparté el pelo de la frente.
—Ey..., Del... —Posé una mano fría en su mejilla—. ¿Me oyes?
—Sí —murmuró ella con la voz tomada.
Por fin abrió un poco los ojos y fijó sus pupilas dilatadas en mí. Abrí el grifo y mojé una toalla. Se la pasé por la cara para refrescarla y ella se volvió a desvanecer sobre mis brazos.
Necesitaba que estuviera a salvo, que no dejara de respirar.
Estaba asustado, tan acojonado que ni siquiera me di cuenta de que yo también estaba mareado, joder.
Por toda aquella intensidad y todo aquel terror inexplicable.
Me empeñé en traerla de vuelta. Le palmeé el cuello, le soplé sobre la boca, le quité la corona de flores de la cabeza.
Luego, le dejé la toalla fría sobre el cuello y por fin pareció reaccionar.
—Vamos, cariño, tenemos que hacer un último esfuerzo, ¿de acuerdo? —la animé.
—¿Ro-n-an...? —murmuró con la voz pastosa.
—Sí, soy yo. Tu irlandés favorito. —Esbocé una sonrisa forzada porque me estaba matando lentamente verla así.
La levanté y la agarré de la cintura para guiarla hasta la habitación. Su cuerpo no podía más y sus manos débiles me apretaban los antebrazos.
—Venga, muy bien, ya casi lo tienes, Del. —Sus piernas temblaban—. Vamos a acostarte.
Cuando llegamos a la cama, le puse la palma de mi mano en la espalda y la empujé con suavidad para tumbarla de costado. Era una campeona. Era una chica de la hostia. Lástima que ese desgraciado no la hubiera valorado nunca.
Me deshice de sus zapatos blancos y la cubrí con las sábanas.
Sabía que dormir con ese vestido no iba a resultarle cómodo, pero me negaba a quitárselo.
Permanecí a su lado hasta que vi cómo su respiración se normalizaba, y poco después dormía profundamente.
Solo entonces respiré. Solo entonces fui al baño y metí la cabeza bajo el grifo.
Solo entonces me permití pensar en ese niño que había velado el cadáver de su madre en un piso oscuro hasta que encontró el valor para llamar a una vecina.