Un amor inventado 22. SUBMUNDO
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22. SUBMUNDO

SUBMUNDO

Delilah

Al llegar al cóctel, en una lujosa azotea de Londres, lo primero que pensé fue que ese tipo de ambientes repletos de personas bebiendo y conversando con sus atuendos escogidos al milímetro ya no me provocaban satisfacción.

No de la manera en que lo hacían antes, cuando eran la excusa perfecta para entablar relaciones impostadas y fugaces.

También para tener la libertad de tomar alcohol y huir de mi propia realidad, para ser otra chica, más confiada y menos consciente de lo que sucedía a su alrededor.

Recuerdo que estaba pensando si la vida iba de eso.

De pasar de un evento a otro, de ganar cantidades ingentes de dinero que nunca llegarías a gastar, mientras los temas de conversación se volvían banales.

Tremendamente insustanciales y soporíferos.

En esas estaba cuando una joven vestida de arlequín se me colocó delante y llamó mi atención.

La reconocí de inmediato. Era Chloe, una actriz de mi generación a la que hacía unos años había creído amiga.

Hasta que filtró la dirección de mi apartamento a los paparazis y tuve que alejarme si no quería salir aún más perjudicada.

—¡Delilah! —reverberó con falsa simpatía—. Qué bueno verte por aquí. El año pasado no viniste.

Asentí con la cabeza antes de que nos diéramos un breve y frío abrazo.

—Supongo que estará siendo difícil para ti... En medio de un momento tan importante en tu carrera y teniendo toda esa presión mediática detrás. Yo no lo habría soportado —me aseguró acercando su rostro al mío y calándome con sus ojos marrones de buitre.

—Son cosas que pasan a veces. —Estaba interpretando el mismo papel que había interpretado durante toda mi vida. El que cada día sacaba a relucir—. ¿Qué tal va todo, Chloe? ¿Estrenas algo nuevo este año?

—Ahora estoy rodando esa serie para adolescentes —respondió—. Llevamos ya tres temporadas.

—Me alegro de que estés experimentando cosas nuevas.

Por su sonrisa supe que no se había percatado de mi sarcasmo. Un segundo después, sentí un cuerpo tras de mí. El olor a menta que flotó a nuestro alrededor no dejaba lugar a dudas. Ronan me colocó una mano en la cintura y extendió la otra hacia delante.

—Hola, soy Ronan O’Connell —saludó con educación.

—Ya sé quién eres, todo el mundo habla de ti... —refunfuñó Chloe estrechándole la mano—. ¿Sabéis que este año es Alan Jones el que ha colaborado con esta iniciativa benéfica?

—¿Con la London Night?

—La misma.

No lo sabía. Y de pronto mi mecanismo de defensa me gritaba que diera media vuelta y regresara al hotel. A poder ser a compartir con Ronan otra de nuestras películas.

Me preparé para contestar, pero mi compañero se me adelantó:

—La verdad es que nunca hablamos de Alan Jones cuando estamos juntos.

La expresión de Chloe cambió, pero volvió a sonreír cuando miró por encima de mi hombro.

Su aparición fue como un fuego que te acorrala en una habitación cerrada.

Cuando lo tuve delante, el aire se paró en seco, reacio a atravesar mi nariz.

El suelo se abrió bajo mis pies y tuve que recomponerme como solo yo sabía hacerlo.

El temor. Y después, la tranquilidad que había ensayado para aplacarlo.

Alan vestía como el fantasma de la ópera, y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no ir hacia él y arrancarle la puñetera careta blanca.

El hijo de puta me miraba con una sonrisa grandilocuente después de lo que se había atrevido a hacer.

Quería zarandearlo, gritarle cosas horrendas y obligarle a pagar por todo el sufrimiento de esos días.

Pero por suerte noté que la mano de Ronan se aferraba con más fuerza a mi cadera.

Y eso me permitió guardar la compostura hasta el final.

—Delilah —saludó él como si no hubiera sido el artífice de mi calvario—. Por fin te pillo. Sabía que no podías decirle que no a la London Night. Y, por cierto, tenemos una conversación pendiente.

—Tú y yo no tenemos nada que hablar —respondí airada.

Alan, todo control, elegancia y abuso de poder, dio dos pasos al frente y se colocó delante de nosotros, muy cerca, dejando a Chloe fuera de aquello.

La mirada de deseo con la que recorrió todo mi cuerpo me hizo explotar.

No pude contenerme más. Le estrellé las palmas de las manos en el pecho y reboté hacia atrás.

—¡Maldito cabrón! Lo has vuelto a hacer, me has vuelto a humillar. ¿No podías aceptar que te dejase?

—Estás fuera de ti misma, cariño —dijo él con una calma asesina—. Sonríe y mantén la puta compostura, que hay cámaras y gente por todos los rincones.

Entonces su mirada se inclinó hacia un lado y observé cómo Ronan entraba en su ángulo de visión.

—¿Qué cojones haces tú aquí? —preguntó cargándose todo el dominio que había demostrado—. ¿Y de qué coño vas vestido?

Ronan dio un paso adelante y se colocó entre nosotros, a un lado de mi cuerpo.

—Un cantante que no sabe quién es Axl Rose... No sé si es una buena señal. —La burla en su voz encendió las mejillas de Alan.

Mi ex apartó su atención de Ronan y me agarró del brazo.

—Vamos, Delilah, tenemos que aprovechar la noche.

—No —negué apartándome del ancla que era su mano—. Estoy con él.

Alan se rio de un modo tan enfermizo que me estremecí. Y volvió a cogerme del brazo.

—¿Tú estás sordo o qué? —rugió Ronan acercándose a él—. Te ha dicho que no.

La mirada de Alan se encontró con la mía y yo me hice pequeña porque sabía lo que venía detrás. La trampa. Siempre la trampa para que cediera.

—Tú y yo —empezó a decir Alan, señalándome con el dedo— vamos a hablar en privado a no ser que prefieras que la situación de ahí fuera se descontrole aún más. Así que, si no quieres que todo estalle por los putos aires, ven conmigo.

Como una premonición que me iluminó por dentro, supe que Ronan iba a dar un paso adelante para enfrentarlo por haberme hablado de ese modo. Por eso tuve que ponerle una mano sobre el pecho y emplear toda mi fuerza para apartarlo de allí. Me miró a los ojos y yo intenté tranquilizarlo con los míos.

—No, Delilah... No —gruñó negando con la cabeza.

Él ya lo sabía. Porque me conocía. Tan bien como yo a él.

Y ahora, ante ese chico que había mostrado preocupación por mí en las últimas semanas...

, y tal vez mucho tiempo antes que eso, me daba cuenta, vislumbraba con claridad la espiral donde había estado hundida.

La mano invisible que evitaba que pudiera sacar la cabeza a flote.

Veía con total precisión lo que había sido mi relación con Alan.

Pero no me quedaba más remedio que seguirlo, porque por nada del mundo quería que la imagen de Ronan, el chico con el que compartía películas y momentos, se viera perjudicada.

Con un gesto airado, intenté quitarle importancia a lo que iba a hacer.

Y él me respondió con un ceño lleno de incredulidad.

—Está bien. Vamos, Alan —dije dando un paso al frente.

Lo último que vi antes de agachar la cabeza y seguirlo entre la gente fue la sonrisa diabólica que Alan le dedicaba a Ronan.

Y todo por mi culpa.

Llegamos a un reservado ubicado en un lateral de la azotea.

Allí dentro solo estaban los amigos de Alan charlando entre copas y contándose anécdotas estrambóticas, por lo que mi exnovio me tomó de la mano y nos dirigimos a un sofá para tener más intimidad.

Cuando se sentó, tiró de mí para que lo imitara y me quedara más cerca de él.

Su cabello rubio estaba peinado con todo detalle y la forma en que le brillaban los ojos me prevenía de lo que venía a continuación.

—Estás preciosa esta noche, Delilah... —me piropeó con ese arte que solo poseen las estrellas del rock—. Espero que ese gilipollas te lo haya dicho.

—¿Eso era lo que tenías que contarme? —Decidí poner distancia entre los dos, inclinándome hacia el otro costado del sofá.

—Tenemos que parar de hacer el tonto, ¿no te parece? —La seguridad de su voz me repelió—. Hacemos una pareja increíble, Lilah. Tú y yo. Puedo dártelo todo. Y quiero dártelo, porque te echo de menos, nena.

—¿Tú te estás oyendo? ¡No paras de echarme a los leones, Alan!

—Si lo dices por esas chicas..., fue pura distracción. Estaba dolido contigo, Delilah. Muy dolido. Apostaste por ese proyecto antes que por nuestra relación.

—Era mi trabajo, Alan.

—¡Yo era más importante que esa puñetera película!

No podía creerme que alguna vez lo hubiera querido. Era enfermizo. Su egoísmo me apelmazaba el pecho. Al principio de nuestra relación mi atención solo estaba puesta en él. Sí. Estaba destrozada, necesitaba un refugio. Y él se había aprovechado de eso.

—Antes del estreno diste esa entrevista en contra de mí y dijiste cosas...

—Me equivoqué, lo reconozco —replicó acercándose más y haciendo chocar nuestras rodillas—. Cuando regresaste de Inglaterra eras otra persona. Te lo juro, Lilah. Discutíamos todo el rato. Era como si ya no te divirtiera nuestra vida.

Y ya no pude más.

—¡Por eso te dejé! ¡Y ahora tú has filtrado mis fotografías! —vociferé.

Mi grito lo cogió tan desprevenido que la copa bailó en su mano.

—Ah, no. No pienso cargar con eso. —Negó con la cabeza al tiempo que me miraba como un depredador—. Yo no he filtrado esas fotografías. Aunque son mías. Y quiero que sepas que no las voy a borrar.

—¡No son tuyas y no tenías derecho a hacerlas públicas! —exclamé con todo el cuerpo temblando—. ¡Eres un puto mentiroso!

—No estoy mintiendo.

Y por una centésima de segundo lo creí. Pero también recordé lo crueles que habían sido sus métodos de manipulación y de chantaje a lo largo de nuestra relación. Emití un gruñido y me levanté como si se me hubiera metido dentro el mismísimo demonio.

—¿En qué jodido universo piensas que voy a volver contigo? —dije con toda la entereza que me quedaba.

Ahora fue él quien comprobó que yo hablaba en serio, muy en serio. Dio un sorbo a su bebida mientras me agarraba de la mano y tiraba de mí para sentarme de nuevo a su lado.

—¿Te gusta ese idiota? —preguntó como burlándose—. Solo es una moda pasajera.

Alan no tenía ni idea... Le sostuve la mirada con orgullo y se percató de que yo no era la misma chica sumisa de antaño, sino alguien que había evolucionado y que, por fin, había tomado la decisión de dejarlo para siempre. El estruendo de su risa me hizo tragar saliva.

—Al final, él también te dejará —vaticinó—.

Estás sola, Delilah. Nadie te quiere. Nadie que te conozca de verdad, quiero decir.

Eres tan débil que eres incapaz de decidir nada por ti misma.

A mí no me puedes mentir. —Sus palabras hicieron que el vestido me apretara, que mis manos temblaran, que el miedo se abriera paso como una infección—.

¿Y sabes una cosa? Nunca vas a ser suficiente para que alguien se quede. Ni siquiera tu madre se quedó.

Agaché la cabeza y empecé a notarme los latidos del corazón en la lengua.

Quería vomitar. Porque aquellas palabras me sabían a verdad en el cielo de la boca.

Los ojos se me aguaron. Busqué la salida, pero no me podía mover, así que me quedé allí mirando a la nada, oliendo el sofisticado perfume con el que mi verdugo se había rociado.

—Pero yo sí sé quién eres. Y siempre he sabido lo que necesitas, Lilah.

Unos segundos después, me ofreció su copa. Y supe que la única salida era aceptar aquella bebida fuerte. Bebérmela toda de un trago. Así que eso fue lo que hice. Porque yo solo quería hacerme pequeña y desaparecer.